Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 23 La velocidad del domingo
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Capítulo 23 La velocidad del domingo

CRISTINA

El domingo por la mañana en el Born tiene un ritmo espeso, perezoso, como si al barrio le costara despertar. A través de los balcones abiertos de mi piso entra el traqueteo de las persianas metálicas de los comercios que abren tarde, el eco de los primeros turistas y el olor a café recién hecho.

Anoche tomé la decisión correcta al volver a casa.

Lo supe en cuanto me metí en mi propia cama y respiré el olor a limpio de mis sábanas.

Si me hubiera quedado en la habitación de Alia, el despertar habría sido una cuenta atrás insoportable, empañada por la luz blanca del hotel y la presencia física de su maleta ya cerrada junto a la puerta.

He preparado algo sencillo para comer: una ensalada de pasta fría con tomates de huerto, mozzarella fresca, rúcula y un pesto casero que ha llenado la cocina con un olor intenso a albahaca y piñones. Mientras remuevo la pasta en el bol de cerámica, suena el timbre.

El corazón me da un vuelco absurdo.

Abro la puerta y ahí está ella. Alia lleva una camisa de lino azul claro con las mangas remangadas y un pantalón claro. Trae colgada al hombro una bolsa de viaje de cuero negro, pequeña, compacta.

—Huele a gloria —dice, dando un paso hacia el interior.

Comemos en la mesa pequeña de madera junto al balcón. El pacto del presente que firmamos anoche en el Tibidabo sigue vigente, pero hoy el silencio es más denso.

Observo cómo se mueve en mi cocina para dejar los platos en el fregadero, cómo encaja su silueta de ejecutiva madrileña en este piso desordenado del Born, y me asalta una punzada de nostalgia anticipada que me cuesta disimular.

—¿Me acompañas a sacar a Bruna y damos un paseo? —pregunto, apoyándome en la encimera con la taza de café entre las manos.

Al llegar al Parc de la Ciutadella, caminamos despacio bajo la sombra de los tilos y las magnolias, esquivando a las familias que hacen pícnic en el césped y el sonido lejano de unos tambores cerca de la cascada monumental.

Nuestras manos se buscan de forma automática. No es el agarre firme de los días anteriores; es un roce de dedos, un sostenerse suave mientras avanzamos por los caminos de tierra blanca.

—Odio los domingos por la tarde —admito en voz baja, mirando cómo el polvo del camino se pega a mis sandalias—. Siempre me han parecido los días de las despedidas, incluso cuando no tengo a nadie de quien despedirme.

Alia se detiene bajo el arco de un árbol inmenso y me obliga a girarme hacia ella. Su mirada es limpia, despojada de esa distancia analítica que suele usar como escudo.

—No quiero que esto sea una despedida, Cris —dice, rodeándome la cintura—. Tengo que ir a París mañana, escuchar la propuesta y decidir qué quiero hacer. No puedo fingir que ese correo no ha llegado. Pero lo que ha pasado esta semana es real. Tú eres real.

—No quiero volver a ser algo que sientes cuando estamos solas y descartas cuando recuperas la vida que sabes enseñar.

Alia contiene el aire.

—No estoy casada, Cris. No estoy ocultando quién soy.

—No necesitas un marido para esconderte, Alia. Te basta una agenda.

La frase le duele. Lo veo en el pequeño movimiento de su mandíbula, pero esta vez no se aparta.

—Tienes razón —admite—. He aprendido a esconderme en cosas que desde fuera parecen responsabilidad.

—París está a mil kilómetros. Y hace una semana ni siquiera sabíamos que volveríamos a vernos.

—Lo sé.

—No quiero que me llames durante unos días, te absorba el nuevo puesto y esto termine convertido en otra cosa que casi ocurrió.

Alia baja la mirada hacia nuestras manos.

—No puedo prometerte hoy cómo va a funcionar.

La sinceridad me duele, pero agradezco que no intente ofrecerme una solución que todavía no existe.

—Entonces ¿qué puedes prometerme?

Levanta los ojos.

—Que no voy a desaparecer mientras intento averiguarlo. Que no decidiré desde París que esto es inviable sin hablar contigo. Y que no volveré a dejar que el silencio te obligue a interpretar por mí lo que siento.

Caminamos hacia la salida del parque, subimos a mi piso, y Bruna corre hacia la cocina. Alia saca el móvil, pulsa la pantalla dos veces y suspira. Su taxi ya está llegando a la esquina.

La acompaño en el ascensor hasta la puerta principal.

Casi al instante, un taxi se detiene junto al bordillo, con las luces parpadeando. El conductor se baja de inmediato para recoger la maleta de Alia y meterla en el maletero.

Nos quedamos paradas junto a la puerta trasera del vehículo. El motor al ralentí emite un ronroneo sordo que parece acelerar los segundos.

Alia se gira, me toma la cara con las dos manos y me besa.

Es un beso desesperado, hondo, que intenta concentrar toda la sal del mar, el sabor del vino en las alturas y la intimidad de mi cocina en un último segundo de contacto.

Me aferro a sus brazos de lino, deseando por un instante ridículo tener la fuerza suficiente para retenerla en este lado de la acera.

—Te llamo esta noche —murmura contra mis labios cuando nos separamos.

—Buen viaje, Alia —le digo, intentando sostenerle la sonrisa.

Sube al asiento trasero y la puerta se cierra con un sonido seco, hermético. El coche arranca y se aleja, perdiéndose entre el destello del sol sobre el asfalto.

Me quedo sola en la acera, con los brazos cruzados sobre el pecho. El silencio que deja su ausencia es instantáneo, inmenso.

Subo al piso con la sensación absurda de que todo parece más vacío que hace una hora. Sobre la mesa siguen las dos tazas de café y, junto al plato de Alia, encuentro un sobre doblado por la mitad.

En el exterior solo ha escrito mi nombre.

Cris.

Me quedo de pie en mitad de la cocina, con el sobre entre los dedos.

No lo abro enseguida.