Capítulo 22 La escala de las luces
ALIA
Barcelona, vista desde las alturas del Tibidabo, ya no parece una red de calles estrechas ni un laberinto de piedra.
A esta hora de la noche de sábado, la ciudad es un tapiz inmenso de luces doradas y blancas que se extiende hasta perderse en la negrura del mar.
El viento aquí arriba es más limpio, más fresco, y arrastra el olor a pino de la sierra de Collserola.
Hemos buscado la calma de la zona alta, huyendo del ruido del centro.
Estamos sentadas en la terraza de un restaurante suspendido sobre la ladera, con una botella de vino tinto y la ciudad entera rindiéndose a nuestros pies.
Tras la conversación cruda de la tarde en la Tamarita, el ambiente se ha aligerado, como si vaciar las mochilas del pasado nos hubiera devuelto el derecho a respirar sin calcular el peso de las palabras.
De pronto, mi móvil vibra sobre la mesa. Lo giro y miro la pantalla. Después miro a Cristina. Ella guarda un silencio respetuoso, desprovisto de reproches pero cargado de expectación.
Deslizo el dedo por la pantalla hacia el botón rojo. Silencio el teléfono y lo guardo.
—¿No vas a cogerlo? —pregunta Cris, con una ceja sutilmente alzada.
—París puede esperar al lunes —respondo, y la certeza con la que lo digo me sorprende incluso a mí—.
Una sonrisa lenta y cálida ilumina el rostro de Cristina. Levanta su copa, recortada contra el abismo luminoso de la ciudad.
—Propongo un trato, Alia —dice, sosteniéndole la mirada a través del cristal—. Prohibido hablar del lunes. Prohibido hablar de París, de Madrid o de los billetes de tren.
—Me parece una buena propuesta, Cris. Brindemos por el presente. Por el sábado por la noche.
—Alia... ¿tú crees que habríamos funcionado?
—suelta de pronto, con una curiosidad genuina, despojada de la amargura de la tarde—.
Si no me hubiera marchado a Barcelona, si hubiéramos sido más valientes en aquella habitación de Lavapiés...
¿crees que habríamos tenido una oportunidad a los veinte años?
Dejo la copa sobre la mesa, meditando la respuesta. El viento de la sierra me acaricia el rostro.
—Sinceramente, no —confieso, y la verdad se siente como una tregua—.
A los veinte años yo estaba demasiado asustada, Cris.
Estaba obsesionada con demostrarle al mundo que merecía estar donde estaba.
Habría terminado utilizando mi agenda como un escudo contra ti, y tú habrías acabado odiando mi necesidad de cuadricularlo todo.
Necesitábamos aprender a andar solas antes de saber cómo caminar juntas.
—Tienes razón —admite ella, estirando la mano por la mesa para rozar mis dedos—. Éramos dos fuerzas opuestas intentando encajar en el mismo espacio pequeño. Hacía falta que el mundo nos ablandara un poco.
Nos reímos. Es una risa libre, desprovista de las defensas habituales.
Hablamos de tonterías, de las manías de Bruna con los calcetines, de la comida de plástico de los aviones y de lo absurdo que resulta que hayamos necesitado tantos años para volver a sentarnos a cenar sin tirarnos los trastos a la cabeza.
Antes de que traigan el postre, Cristina saca su teléfono del bolsillo.
—Ponte cerca —me pide, inclinándose hacia mi lado de la mesa—. Tenemos que registrar que sobrevivimos a la tormenta de la tarde.
Me acerco a ella, rompiendo la distancia física de la mesa.
Cris levanta el brazo, buscando el ángulo perfecto donde la cuadrícula centelleante de Barcelona quede a nuestras espaldas.
Me rodea los hombros con el brazo libre y, justo antes de que el obturador suene, me susurra algo gracioso al oído que me hace soltar una carcajada espontánea.
El teléfono captura el instante. Cuando Cris me muestra la pantalla, me quedo mirando la imagen durante unos segundos largos.
En mi teléfono solo hay retratos corporativos de LinkedIn, capturas de gráficos financieros y fotos de billetes de avión.
La mujer de la pantalla de Cris no se parece a ninguna de ellas: tiene los ojos achinados por la risa, el pelo ligeramente despeinado por el viento del Tibidabo y una expresión de absoluta ligereza que no recordaba haber tenido jamás.
—Pásamela —le digo, sacando mi propio teléfono solo para recibir el archivo—. Quiero guardarla.
—Pensé que no guardabas recuerdos digitales que no fueran eficientes —bromea ella, enviándola por mensajería.
—Esta es una excepción muy poco eficiente —respondo, configurando la fotografía como fondo de pantalla antes de bloquear de nuevo el dispositivo. Se siente como un pequeño trofeo, una recompensa tangible por haber dejado caer la guardia.
En la esquina de la terraza, cerca del mirador, suena una música suave, un jazz de ritmo perezoso que se mezcla con el rumor lejano de la ciudad abajo. Cuando terminamos de cenar, Cristina se levanta y me tiende la mano sin decir nada.
La sigo hasta el borde de la barandilla.
No hay nadie más en este rincón. La rodeo con los brazos por la cintura y empezamos a movernos despacio, apenas un balanceo rítmico que acompaña la música.
Sus manos se apoyan en mi nuca, su cuerpo se amolda al mío con una familiaridad que me calienta el pecho y siento el olor en su pelo del salitre de esta mañana en el velero.
Cristina se inclina hacia atrás, mirándome con una ternura limpia, con los labios entreabiertos por la sonrisa.
—Me encantaba eso de ti cuando éramos estudiantes —murmura, y su voz suena arrastrada por el viento de la altura.
—¿El qué?
—Esa manera que tienes de olvidarte de todo cuando te ríes de verdad. Sin pensar en la siguiente jugada, sin intentar controlar el mundo. Eras así cuando nos quedábamos hasta las tres de la mañana en el césped del campus. Me alegra ver que esa Alia sigue ahí dentro.
Me quedo mirándola, con el corazón latiéndome a un ritmo espeso. La pego más a mí, dejando que el beso que nos damos detenga el tiempo del todo, suspendidas entre el cielo de Barcelona y las luces de abajo.
El trayecto en el taxi transcurre entre caricias silenciosas, con nuestras manos entrelazadas en el asiento trasero. Cuando el coche nos deja en la puerta de mi hotel, ninguna de las dos hace amago de despedirse.
Subimos a la habitación. La estancia está en penumbra, iluminada solo por las farolas de la calle que entran por el ventanal.
Saco dos vasos y sirvo un poco de licor que tengo en el mueble bar.
Nos sentamos en el borde de la cama, compartiendo el espacio en un silencio cargado de una electricidad inconfundible.
Miro la cama. Miro a Cristina, que da un sorbo corto al vaso mientras observa el techo de la habitación, con una duda flotando en la postura de sus hombros. La complicidad de la cena sigue ahí, pero la proximidad del domingo empieza a proyectar su sombra.
—Quédate —le propongo. Mi voz sale baja, desvestida de cualquier autoridad, casi como una petición desesperada.
Cristina deja el vaso en la mesilla. Se gira hacia mí y me observa durante un segundo eterno. Sus ojos recorren mi rostro, mi camisa a medio abrochar, y veo la batalla que se libra detrás de su mirada. Quiere quedarse; lo sé por cómo se le acelera la respiración, por cómo sus dedos rozan mi muñeca.
Pero entonces, suspira despacio y niega con la cabeza, regalándome una sonrisa agridulce que me encoge el estómago.
—No lo veo claro, Alia. Si me quedo aquí esta noche, mañana no voy a saber cómo marcharme. Y no quiero que hagamos esto fingiendo que el lunes no existe.
—Habíamos quedado en no hablar del lunes.
—Durante la cena. No durante todo lo que viene después.
Se levanta de la cama con movimientos lentos, recoge su chaqueta de punto y se la echa al hombro. Se acerca a mí, me da un beso corto en la comisura de los labios —un beso que sabe a despedida prematura— y camina hacia la salida.
—Buenas noches, Alia.
La puerta de la habitación se cierra con un clic suave.
Me quedo sentada en el borde de la cama, con dos vasos sobre la mesilla y el lugar vacío que Cristina ha dejado a mi lado.
Mañana es domingo. Después vendrán París, Madrid y todas las decisiones que he pasado la semana intentando aplazar.
Por primera vez en años, la agenda no me sirve de nada para saber qué va a pasar cuando salga el sol.