Capítulo 21 Cuenta atrás
CRISTINA
El ambiente en los Jardines de la Tamarita es un bálsamo de sombra y piedra vieja.
Después de la inmensidad cegadora del mar de esta mañana, el cuerpo me pide este recogimiento.
Caminamos despacio entre los parterres de mirtos, rodeadas por balaustradas de piedra cubiertas de hiedra y el sonido limpio y constante de las fuentes que salpican en los estanques escondidos.
Este rincón de San Gervasio tiene una elegancia discreta, casi secreta, muy lejos del bullicio turístico del centro. Es el lugar perfecto para buscar un respiro, pero la rigidez con la que Alia camina a mi lado me dice que la tregua del velero ha caducado antes de cruzar la verja.
Nos sentamos en un banco de piedra resguardado por la copa enorme de un roble centenario.
La luz de la tarde se filtra entre las hojas, dibujando líneas doradas sobre los adoquines.
Espero que el letargo del sol la ablande, pero Alia mantiene la vista fija en una escultura de mármol desgastada que hay frente a nosotras.
Tiene las manos entrelazadas en el regazo, apretadas con tanta fuerza que los nudillos vuelven a estar blancos.
—Me han escrito de París —dice de pronto. Su voz suena plana, desprovista de cualquier inflexión, con esa frialdad que utiliza para dar malas noticias en el trabajo.
Me giro un poco en el banco para mirarla de perfil.
—¿Una crisis?
—Una propuesta de nombramiento —corrige, y por fin me mira.
Hay una sombra de cansancio absoluto en sus ojos—.
La Dirección Europea de Expansión y Alianzas del grupo.
Con sede en París. Quieren que esté en París el lunes a las nueve para formalizar la propuesta.
El puesto tiene sede allí y esperan una respuesta definitiva esta semana.
El agua de la fuente cercana parece volverse más ruidosa de golpe. Me quedo inmóvil, procesando las palabras.
—Es lo que querías, ¿no? —pregunto, y noto cómo una distancia física, gélida, empieza a abrirse entre las dos sobre el banco de piedra—.
Alia suelta un suspiro amargo y apoya la espalda en el respaldo de piedra, mirando hacia las ramas del roble.
—Eso es lo que yo creía, Cris. Pero estar aquí contigo estos días lo ha cambiado todo. Y me asusta darme cuenta de que el pasado está volviendo a ocurrir exactamente de la misma manera.
La mención al pasado, esa palabra que llevamos bordeando como un precipicio desde que nos reencontramos en La Casa, rompe el último dique que nos queda.
Ya no estamos en un jardín de Barcelona en 2026; la inercia del calendario nos arrastra de golpe a las aulas de la universidad, a los pasillos estrechos y a las verdades que nunca tuvimos el valor de poner sobre la mesa.
Tamarita desaparece. En su lugar, el peso de un recuerdo nítido, con la definición cruel que solo tienen los traumas guardados a oscuras, se materializa entre nosotras.
Veo la última noche. Finales de junio de hace más de veinte años.
El aire de Madrid era una masa de plomo y asfalto recalentado que se colaba por el balcón minúsculo de mi piso de estudiantes en Lavapiés.
Habíamos cenado en el suelo, rodeadas de cajas de cartón a medio embalar porque el contrato de mi alquiler terminaba al día siguiente.
No había música, solo el zumbido de un ventilador barato de plástico que apenas movía el aire.
Recuerdo la luz ámbar de la farola de la calle entrando por la ventana, recortando la silueta de Alia.
Estábamos sentadas tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su piel.
El ambiente estaba cargado de una tensión invisible.
Me incliné hacia ella, despacio, con el pulso martilleándome en las sienes.
Ella no se movió. Sus ojos fijos en los míos, la respiración suspendida.
Llegué a sentir el roce sutil, casi molecular, del aire cálido entre nuestros labios.
Un milímetro. Estábamos a un solo milímetro del abismo.
El olor a jazmín de mi terraza se mezcló con el aroma de su piel, y cerré los ojos esperando el impacto.
Pero el impacto nunca llegó.
Alia se apartó como si no lo hubiera notado. El movimiento fue tan seco que el aire frío se coló de golpe entre las dos como un bofetón. Se puso de pie en un acto reflejo de pura supervivencia militar.
Lo primero que hizo, lo que se me quedó grabado a fuego en la retina, fue mirarse la muñeca izquierda y ajustarse la correa de su reloj con manos temblorosas.
Después, con una frialdad mecánica que me heló la sangre, se pasó las palmas de las manos por los muslos para alisarse los pantalones de pinzas, se abrochó el botón superior de la camisa que se había soltado por el calor y empezó a recoger sus carpetas de la mesa.
Durante semanas esperé que Alia mencionara aquella noche. No lo hizo. Cuando intenté acercarme, consiguió que todo pareciera un malentendido que ninguna de las dos necesitaba aclarar.
Unos meses después empezó a salir con Adrián. Años más tarde se casó con él.
No fue el matrimonio lo que consiguió que dejara de esperarla. Fue comprender que Alia había elegido una vida tan perfectamente comprensible que empecé a creer que aquello que ocurrió entre nosotras solo había sido real para mí.
El recuerdo se disipa, devolviéndome el aroma a tierra húmeda de La Tamarita. Respiro hondo, clavando las uñas en las palmas de mis manos para anclarme al banco de piedra, al año 2026, a la mujer madura que soy ahora.
—No está ocurriendo de la misma manera, Alia —digo—. Porque esta vez yo no soy la chica que espera a ver qué decides hacer con lo que sientes.
Alia se gira hacia mí.
—Yo pensé que te agobiaba lo que había entre nosotras —continúo—. Después de aquella noche te apartaste. Luego apareció Adrián y acabaste casándote con él.
Alia abre la boca, pero necesito terminar.
—Durante años pensé que yo había confundido nuestra amistad con algo que nunca existió para ti. Que había convertido unas miradas, un baile y un casi beso en una historia que solo estaba ocurriendo dentro de mi cabeza.
—No lo imaginaste, Cris.
La respuesta llega sin vacilación.
—Entonces ¿por qué?
Alia baja la vista hacia sus manos.
—Porque contigo sabía exactamente qué estaba sintiendo. Y a los veinte años esa verdad no cabía en la vida que creía que tenía que construir.
—Pero te casaste con él.
—Sí. Y lo quise. Adrián fue bueno conmigo.
No hay defensa en su voz. Tampoco nostalgia. Solo una honestidad difícil.
—Pero era una vida que sabías explicar —digo.
Alia levanta los ojos.
—Sí. Mi familia la entendía. Yo sabía qué se esperaba de mí y cómo cumplirlo. Con él podía seguir siendo la mujer que llevaba toda la vida preparándome para ser.
—¿Y conmigo?
—Contigo tenía que preguntarme quién quería ser de verdad.
El agua de la fuente parece volverse más ruidosa.
—¿Fuiste feliz con él? —pregunto.
Alia tarda unos segundos.
—A veces sí. Pero durante demasiado tiempo confundí estar tranquila con estar completa.
Se acerca un poco más sobre el banco.
—No me aparté porque no sintiera nada, Cris. Me aparté porque no sabía qué hacer con todo lo que sentía por ti.
La miro fijamente, sintiendo el pulso desbocado en la garganta. La propuesta de París sigue ahí, flotando en el aire como una amenaza real para el lunes por la mañana.
—¿Y ahora sí lo sabes? —pregunto en un susurro.
Alia no responde enseguida. Mira nuestras manos, todavía separadas sobre la piedra del banco.
—Sé algunas cosas.
—¿Cuáles?
Desplaza la mano lentamente hasta encontrar la mía. Sus dedos se entrelazan con los míos.
—Sé que lo que pasó entre nosotras no fue insignificante. Sé que esto tampoco lo es. Y sé que no quiero volver a protegerme fingiendo que no está ocurriendo.
—Eso no responde a lo de París.
—No —admite—. Todavía no.
Aprieta ligeramente mi mano.
Por primera vez, no confundo su falta de respuesta con falta de sentimiento.