Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 20 La inclinación del viento
74%

Capítulo 20 La inclinación del viento

ALIA

El sol del sábado por la mañana sobre el Port Olímpic es cegador, reflejado en un millón de destellos blancos sobre el agua del Mediterráneo. El aire huele a sal, a protector solar y a neopreno húmedo.

Tras la densidad de la noche de ayer, el cambio de escenario es radical: hemos dejado atrás las baldosas hidráulicas y las luces cálidas del Born por la cubierta limpia de un monocasco de vela ligera de la escuela municipal.

Antes de las auditorías y los fondos de inversión, pasé todos los veranos de mi infancia y juventud en Mallorca.

Las horas en el club náutico de Pollença, el olor a cabo húmedo y la memoria muscular de cómo reaccionar ante una racha de viento no se eliminan por pasar diez años metida en un despacho de la Castellana.

Por eso, cuando organizo este bautismo de vela ligera a través del centro municipal, no lo hago como una turista atrevida; sé exactamente qué barco estamos alquilando.

El instructor del centro, al comprobar mi titulación y ver la soltura con la que hago el nudo de ocho para asegurar la escota, se limita a sentarse en la proa con los brazos cruzados, cediéndome el control absoluto de la maniobra.

Asumo que Cristina se sentirá cómoda de inmediato. Ella es la mujer fluida, la que se mueve por Barcelona con una libertad orgánica que envidio. Pero en cuanto pasamos la bocana del puerto y nos adentramos en mar abierto, noto que se tensa.

Está sentada en la banda de barlovento, con los nudillos completamente blancos por la fuerza con la que se aferra a la cincha de sujeción. Su respiración se ha vuelto corta, fija, y sus ojos oscuros miran el agua con una rigidez que le desconozco.

Verla desarmada me provoca un vuelco extraño en el estómago; una necesidad casi violenta de protegerla.

—Vale, la capitana de tierra firme necesita un respiro —digo con voz suave, metiendo el timón para ponernos al pairo, con las velas flameando sin fuerza. El patrón, desde la proa, nos hace un gesto de aprobación y nos deja nuestro espacio.

Nos quedamos flotando en una zona tranquila, resguardadas por el espigón, donde el mar se convierte en una balsa de aceite que sube y baja con una cadencia perezosa.

Cristina suelta aire por la boca de golpe, dejando caer los hombros, aunque no desclava las manos de la madera. Tiene las mejillas encendidas por el sol y unos mechones de pelo rebeldes le cruzan la cara, pegados por el salitre. Está demasiado guapa despeinada por el mar.

—Eres una sádica, Bensaïd —murmura, intentando recuperar su tono irónico, aunque la voz le tiembla un poco—. En Mallorca os entrenan para matar turistas, ¿verdad?

Me río, una risa limpia que se pierde en el horizonte, y me deslizo por la cubierta hasta sentarme justo a su lado. La proximidad de nuestros cuerpos es inmediata. Siento el calor irradiando de su muslo contra el mío, a pesar del viento marino.

Abro la pequeña nevera de a bordo y saco un táper con uvas que compré antes de salir. Le tiendo una.

—Toma. Es para el estrés postraumático marítimo.

Cristina acepta la uva, rozando mis dedos con los suyos.

El contacto dura un segundo de más, una corriente sutil que me eriza la piel de los brazos.

El contraste de su piel cálida por el sol y el frío de la fruta la hace sonreír.

Se lleva la uva a los labios, apoyando la espalda en el casco, y me mira de reojo, ya más relajada por el balanceo rítmico del velero.

Sigo con la mirada el movimiento de su garganta al tragar, sintiendo una sed que no tiene nada que ver con la sal.

—Te ha dado miedo perder el suelo —digo, no como un reproche, sino como un descubrimiento.

Cristina deja de jugar con una uva que le queda en la mano. Su mirada se vuelve más densa, perdiendo el tono de broma.

—No estoy acostumbrada a los veleros.

—No, Cris. No es solo el mar —continúo, arriesgándome—.

Llevas años exactamente en el mismo trabajo de la fundación, controlando cada variable.

Tienes ideas brillantes, proyectos enteros diseñados en cuadernos que no le enseñas a nadie.

Ayudas a todo el mundo en La Casa, pero siempre desde la retaguardia, sin exponerte.

Cristina me mira en silencio. El viento mueve suavemente su camisa.

—Se me da muy bien ayudar a otras personas a arriesgarse —dice Cristina—. Desde fuera siempre veo con claridad que el miedo no es una razón suficiente para renunciar.

—¿Y cuando eres tú?

—Encuentro motivos muy razonables para esperar. Que el proyecto necesita más trabajo. Que no es el momento de cambiar nada en la fundación. Que en La Casa ya soy útil donde estoy.

—Motivos impecables.

—Los mejores escondites suelen parecer decisiones sensatas. —Sus ojos se clavan en los míos con una lucidez que me desarma—. Igual que los tuyos, Alia. Llenar tu agenda para no tener que pensar en lo que echas de menos también es un escondite impecable.

El golpe me deja sin aire. Desvío la mirada hacia las velas porque, si me quedo un segundo más sosteniéndole la mirada, voy a acortar los quince centímetros que nos separan y la voy a besar en mitad del Mediterráneo. Maniobro con destreza hasta adentrarnos en una zona resguardada, una pequeña cala.

El velero cabecea suavemente, acunado por el agua mansa de la cala.

Cristina se pone de pie sobre la cubierta con un poco de tiento, buscando el equilibrio, y se lleva las manos a los botones de su camisa de rayas finas.

Se la desabrocha despacio, dejando al descubierto un biquini negro simplísimo que contrasta con la palidez de su piel.

Me quedo dedicada a una tarea ridículamente inventada con un cabo e intento, de una manera educada —y completamente inútil—, mirar hacia otra parte. Fijo la vista en una gaviota que descansa sobre una roca lejana, pero mi periferia está llena de ella.

Cristina se gira de golpe para recogerse el pelo en una coleta alta, atrapándome con los ojos clavados en su cintura. Arquea una ceja, con una lentitud exasperante.

—¿Qué pasa, Bensaïd? Anda, vamos a bañarnos.

Antes de que pueda responder, Cristina se lanza al agua en un salto limpio.

El impacto rompe la superficie de la cala en un estallido de espuma blanca y gotas que brillan como cristales bajo el sol.

Emerge un par de metros más allá, resoplando, con la cara lavada por el salitre y una sonrisa radiante que le borra de golpe cualquier rastro de la tensión del puerto.

—¡Está buenísima! —grita, chapoteando—. ¡Venga, Alia, que no hay gráficos de Excel esperándote ahí abajo!

Me quito la camiseta de lino y los pantalones rápidos, quedándome en el biquini verde que traía debajo, y me lanzo de cabeza desde la banda.

El golpe del agua fría me saca un jadeo del pecho, una sacudida de pura energía que me limpia las sienes de correos electrónicos, reuniones estratégicas y previsiones de fondos. Es una sensación de absoluta lucidez.

Emerjo cerca de ella, sacudiendo la cabeza para apartarme el pelo mojado. Cristina ya está nadando a mi alrededor, ágil como un pez en su elemento.

Nos quedamos flotando un rato largo, balanceándonos al ritmo perezoso de la marea, hablando de tonterías y dejando que el sol del mediiodía nos caliente la piel tirante por la sal.

A veces, la corriente nos acerca tanto que nuestras piernas se enredan bajo el agua.

Ninguna de las dos se aparta de inmediato; nos dejamos mecer por ese roce ingrávido y eléctrico.

Subimos de nuevo a bordo del velero pasadas las dos de la tarde, exhaustas de reír y con esa lasitud maravillosa que solo deja el mar en los músculos.

Nos secamos al sol en la cubierta limpia, casi en silencio, escuchando el golpeteo rítmico del agua contra el casco de fibra.

Vuelvo a tomar el timón para enfilar la bocana del Port Olímpic, pero esta vez Cristina no se agarra a las cinchas con los nudillos blancos; se recuesta contra la banda, con los ojos cerrados y la cara expuesta al viento, disfrutando del viaje.

La costa de Barcelona vuelve a crecer frente a nosotras. Amoldamos el barco al pantalán, devolvemos las llaves en la oficina del club y caminamos de regreso hacia el Born.

Al volver a tierra firme, un eco de alarma laboral se me asoma por la mente. Mientras Cris va un segundo al servicio, desactivo el modo avión del teléfono corporativo.

La pantalla tarda apenas unos segundos en llenarse de notificaciones. Entre ellas hay un correo de la sede europea del grupo educativo, con copia al rectorado de San Griselmo.

Propuesta de nombramiento: Dirección Europea de Expansión y Alianzas.

Me quedo inmóvil. El pulso se me acelera, pero esta vez no es por la adrenalina del mar.

Abro el mensaje. El comité ha adelantado su decisión tras aprobar la nueva estructura regional. Quieren reunirse conmigo el lunes a las nueve para formalizar la propuesta. El cargo tiene sede permanente en París y esperan una respuesta antes de que termine la semana.

Leo el correo una segunda vez. París. A mil kilómetros de Barcelona. A mil kilómetros de la Casa de las Golondrinas. A mil kilómetros de ella.

Es el puesto por el que llevo compitiendo durante los últimos tres años. La cima exacta de la estructura que he construido bloque a bloque, renuncia a renuncia, vuelo a vuelo. El billete de ida definitivo hacia mi escondite perfecto.

Detrás de mí se abre la puerta del vestuario.

—¿Todo bien? —pregunta Cristina, mientras se pasa una toalla por el pelo húmedo, con esa sonrisa tranquila que empieza a desarmarme las defensas.

Bloqueo la pantalla con un movimiento torpe, sintiendo el peso del teléfono como si fuera de plomo.

—Sí —respondo demasiado deprisa—. Todo bien.

Miento. Miento descaradamente porque acabo de conseguir todo lo que siempre he querido, y la sola idea de aceptarlo me está partiendo el corazón en dos.