Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 19 La uva de los viernes
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Capítulo 19 La uva de los viernes

CRISTINA

El chasquido del pestillo suena definitivo en el silencio del recibidor.

Me quedo quieta un segundo, con la espalda apoyada en la madera de la puerta.

Bruna suelta un bufido largo, se sacude con fuerza haciendo tintinear la chapa del collar y camina hacia la cocina con el paso cansado de quien ya ha cumplido con su última obligación del día.

A mi boca todavía le queda el rastro del beso. Ha sido un beso extraño, denso, con el sabor áspero de las verdades que nos hemos lanzado en el parque y esa contención de quien quiere agarrarse a algo pero teme romperlo por el camino.

Alia tiene miedo. Lo sé porque la conozco desde que compartíamos apuntes y frustraciones en cafeterías de estudiantes, y sé que su primera línea de defensa siempre ha sido el orden, la estructura y la utilidad.

Pero escucharla admitir en la Ciutadella que esto le da pánico porque no quiere que termine me cambia algo por dentro.

Camino hacia el salón, enciendo la lámpara pequeña de la esquina y recojo las dos tazas del desayuno que se han quedado sobre la mesa. Siento una opresión sutil en el pecho.

El domingo está ahí, flotando en el calendario como una fecha de caducidad ineludible, y yo todavía no sé si estoy dispuesta a dejar que Alia vuelva a Madrid sin haber tirado abajo la última pared que nos separa.

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El viernes por la tarde en el ateneo tiene un ritmo ingobernable.

Es el momento de la semana donde la burocracia de los talleres se diluye y el patio se llena de mujeres que no vienen a aprender nada concreto, sino simplemente a dejar caer el peso de la semana.

Hay botellas de vino blanco abiertas sobre la mesa alargada, boles con patatas fritas y un murmullo constante de risas y conversaciones cruzadas que reverbera en las paredes desconchadas.

Estoy detrás de la barra improvisada, sirviendo un par de copas, cuando Núria se acerca y apoya el codo en el mostrador. Me observa de reojo, con esa mirada suya que parece haber visto pasar tres generaciones de desastres sentimentales y administrativos.

—Tienes la cabeza en otra parte, Cris —dice, dando un trago a su copa—. Has puesto tres vinos tintos a gente que te ha pedido blanco y llevas diez minutos limpiando el mismo trozo de barra.

—El trapo está sucio, Núria. Solo intento ser eficiente.

—Ya. Y yo soy concejala de Urbanismo —sonríe de medio lado, dándome un golpecito en el hombro—. ¿Es la chica de Madrid?

Me detengo, dejando el trapo sobre la madera. No me molesta que lo sepa; en La Casa los secretos duran lo que tarda en vaciarse la primera botella.

—Ayer tuvimos una conversación de las suyas. De las de ponerle etiquetas a todo y asustarse porque el lunes tiene que volver a su vida real.

Núria asiente despacio, mirando hacia las mujeres que charlan en el patio.

—Dale espacio para que decida —dice Núria—. Pero no te hagas pequeña para que ella tenga menos miedo.

Sus palabras se quedan flotando en el aire mientras ella se aleja hacia el grupo del club de lectura. Sé que tiene razón. Ella me conoce bien.

Si Alia quiere quedarse, o si quiere inventar una tercera vía entre Madrid y Barcelona, tiene que ser una decisión suya, no un favor que me haga entre reunión y reunión.

A las ocho y cuarto, Alia aparece por el umbral de la puerta. Lleva unos pantalones de sastre oscuros y una americana azul marino bien cortada.

Se queda parada en el umbral del patio, parpadeando ante la luz de las guirnaldas y la densidad del ambiente. Busca con la mirada entre la multitud hasta que sus ojos topan con los míos detrás de la barra.

Camina despacio entre los grupos de mujeres, esquivando una carcajada aquí y una conversación allá, hasta que se detiene frente a mí, al otro lado de la madera.

—Hola, Cris —dice.

Su voz suena un poco más baja de lo habitual, amortiguada por el ruido de la Casa.

—Hola, Alia —respondo—.

Le sirvo una copa de vino blanco sin preguntarle y la deslizo por la barra hasta que toca sus dedos.

Alia toma la copa, da un sorbo corto y mira a su alrededor. Observa a dos mujeres mayores que discuten acaloradamente sobre una exposición de fotografía, y a una chica joven que se ríe con la cabeza apoyada en el hombro de su pareja junto al panel de las cartulinas.

No detecto en sus ojos el juicio analítico de los primeros días; hay una curiosidad limpia, una voluntad explícita de entender el código de este refugio.

Alia toma otro sorbo y vuelve la copa entre los dedos.

—¿Qué vino es?

—La uva de los viernes.

—Eso no responde a la pregunta.

—Es una tradición —explico—. Cada viernes alguien escoge una botella y cuenta por qué la ha traído. No hace falta saber de vinos. De hecho, es preferible no saber demasiado porque algunas explicaciones pierden bastante prestigio cuando se analizan.

Núria golpea suavemente una copa con una cucharilla y el murmullo del patio va apagándose.

Esta semana ha elegido el vino Marta. Cuenta que lo probó durante el primer viaje que hizo sola después de separarse y que, aunque no recuerda el nombre del pueblo ni la mitad de lo que visitó, sí recuerda la primera cena en la que dejó de mirar la silla vacía frente a ella.

Las mujeres levantan las copas. Alia también.

La observo beber bajo las guirnaldas, más atenta a la historia que a la calidad del vino.

—El próximo viernes puedes escoger tú —le propone Marta desde el otro lado de la mesa.

La frase cae entre nosotras con una sencillez cruel.

Alia baja despacio la copa.

—El próximo viernes estaré en Madrid.

Marta asiente y continúa hablando con otra mujer. La conversación general recupera su cauce enseguida, pero algo se ha quedado inmóvil entre Alia y yo.

Durante casi una hora trabaja a mi lado. Habla con Núria, escucha la discusión del club de lectura y permite que una de las socias veteranas le explique durante quince minutos por qué la última adaptación cinematográfica de su novela favorita debería considerarse un delito.

Alia no mira el reloj. Tampoco el teléfono. Y, aun así, cada vez que alguien menciona la semana siguiente, noto una tensión pequeña en su mandíbula.

Cuando se terminan las botellas frías, le indico la puerta del almacén.

—Quedan dos cajas dentro. ¿Me ayudas?

El cuarto está iluminado por una bombilla amarilla y apenas hay espacio entre las estanterías. Alia entra detrás de mí y la puerta se cierra amortiguando las conversaciones del patio.

Me agacho para sacar una botella de la caja inferior.

—No tienes que poner esa cara cada vez que alguien habla del próximo viernes —digo.

—¿Qué cara?

—La de quien acaba de comunicar una mala noticia.

Alia permanece de pie junto a la puerta.

—No me siento culpable por volver a Madrid.

—No he dicho que debas sentirte culpable.

—Entonces no sé qué esperas de mí.

Dejo la botella sobre una caja y me incorporo.

—Que no conviertas tu marcha en una demostración de que esto nunca podía significar nada.

Su expresión se endurece durante un instante.

—No estoy haciendo eso.

—Ayer lo llamaste una excepción. Hoy, cada vez que alguien te imagina aquí dentro de una semana, recuerdas en voz alta que te vas.

—Porque me voy, Cris.

—Lo sé.

La palabra sale más seca de lo previsto.

Alia se acerca un paso. En el almacén, su perfume se mezcla con el olor a madera, cartón y vino.

—No sé marcharme sin que parezca que nada de esto ha importado —dice—. Pero tampoco sé hacerte una promesa que todavía no estoy segura de poder cumplir.

La honestidad de la frase me desarma más que cualquier promesa.

—No te he pedido ninguna.

—Lo sé. Ese es el problema. Siento que cada minuto contigo me está haciendo una pregunta que todavía no sé contestar.

—Entonces deja de intentar responderla antes del domingo.

Alia sostiene mi mirada.

—¿Y qué hago mientras tanto?

—Estar aquí.

Da el último paso. Su mano se apoya en mi cintura, pero no me besa todavía.

—Eso sí sé hacerlo —murmura.

Esta vez soy yo quien acorta la distancia.

El beso empieza despacio y se vuelve más intenso cuando Alia me atrae hacia ella.

No tiene la cautela del recibidor ni la tristeza del portal.

Su mano asciende por mi espalda y durante unos segundos solo existen su boca, el borde de una estantería contra mi hombro y el sonido apagado de las mujeres al otro lado de la puerta.

Alguien golpea dos veces.

—Cris —grita Núria—. ¿Os habéis perdido buscando el vino o tenemos que mandar un equipo de rescate?

Alia apoya la frente contra la mía. Su respiración se convierte en una risa contenida.

—Tu amiga tiene un sentido de la oportunidad impecable.

—Es una de sus cualidades menos apreciadas.

Cojo las botellas y abro la puerta. Antes de salir, Alia recupera mi mano.

No intenta besarme otra vez ni pregunta qué significa el gesto. Entrelaza los dedos con los míos y regresamos así al patio.

Se apoya a mi lado en la barra. Su teléfono vibra dentro del bolsillo de la americana, doblada sobre una silla. Alia vuelve la cabeza hacia el sonido, pero no se mueve para buscarlo.

En lugar de eso, levanta la copa hacia mí.

—Por la uva de los viernes.

Choco el cristal contra el suyo.

—Por este viernes.

Alia sonríe y bebe.

Esta vez ninguna de las dos necesita pedirle a la noche que prometa algo más.