Capítulo 18 Gestión de demoras
ALIA
A las tres en punto, me encierro en la habitación del hotel y abro el ordenador portátil. Hablo con París, cierro la revisión del programa de Lyon y termino tres informes de viabilidad. Mi voz suena firme, asertiva, impenetrable; soy la Alia Bensaïd que cobra por tener todas las respuestas.
Pero a las cinco y un minuto, cuando cierro la pestaña de la videollamada, el silencio de la habitación me cae encima con el peso de una losa.
Miro la hoja de cálculo con los objetivos del próximo trimestre.
Por primera vez en diez años, los números me parecen una abstracción sin importancia, una barandilla a la que me agarro para no admitir que el suelo se está moviendo bajo mis pies.
Tecleo la respuesta rápido, antes de que la inercia racional me obligue a borrarla:
«Me va bien a las ocho. Nos vemos en tu portal».
A las ocho menos cinco, estoy apoyada en la pared de piedra frente a su edificio. El aire del Born empieza a refrescar y los escaparates de los talleres de los artesanos comienzan a bajar las persianas metálicas.
El portal se abre y aparece Cristina. Se ha cambiado los zapatos de oficina por unas zapatillas de lona y lleva una chaqueta vaquera de hombros caídos.
A su lado, Bruna sale al trote, arrastrando la correa de cuero floja.
Al verme, la perra no duda: avanza recta hacia mí, moviendo la cola con entusiasmo y apoyando las patas delanteras contra mis rodillas.
Me agacho de manera natural, dejándole espacio y rascándole el lomo mientras ella resopla, encantada con el reencuentro.
—Definitivamente, te ha comprado —dice Cristina, deteniéndose a dos pasos.
Me incorporo despacio. Su mirada es indescifrable; no hay rastro del enfado de anoche, pero sí una distancia prudencial, como si estuviera midiendo cuánta energía está dispuesta a invertir en las próximas horas.
—Tengo buenas aptitudes para la negociación —respondo, intentando rebajar la tensión con una sonrisa ligera—. Hola, Cris.
—Hola, Alia. Vamos hacia la Ciutadella, allí Bruna puede ir más suelta.
Caminamos por las calles estrechas que desembocan en el paseo del Born. El trayecto es extrañamente silencioso, una calma tensa que no se parece a la complicidad de la mañana de ayer.
Hablamos de cosas pequeñas: me cuenta que el montaje de la nueva sala de la fundación ha sido un caos por culpa de un transportista y yo le resumo de forma escueta que las llamadas de mi tarde han sido puramente operativas.
Evitamos tocar el frente marítimo, evitamos mencionar el teléfono corporativo y, sobre todo, evitamos cualquier tema que nos recuerde el beso del recibidor.
Entramos en el Parc de la Ciutadella justo cuando el cielo empieza a teñirse de un violeta espeso. Cristina suelta la correa de Bruna en una de las zonas de tierra y la perra sale disparada hacia un grupo de árboles.
Nos quedamos paradas junto a un banco de piedra, bajo la sombra de las palmeras. A pocos metros, una pareja comparte unos auriculares sentada en el césped y el eco lejano de un músico callejero que toca el violonchelo amortigua el ruido del tráfico de la ciudad.
—Siento lo de anoche —digo de pronto, rompiendo la tregua incómoda—. No quería que pareciera que estaba cronometrando el tiempo que paso contigo.
Cristina se gira hacia mí, apoyando una mano en el respaldo de piedra del banco. Me observa con una lentitud que me desarma, deteniéndose en el cansancio que sospecho que se me nota en los ojos.
—El problema no es el tiempo, Alia —dice, con una voz suave que corta más que cualquier reproche—. Es que parece que necesitas que todo tenga una utilidad. Ya pasaba igual en la universidad.
Sus palabras me duelen como un golpe en el centro del estómago.
—No sé hacerlo de otra manera, Cris —admito, y la confesión me suena áspera, desprovista de cualquier adorno—.
Se queda callada. Doy un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que nuestras chaquetas se rozan.
—Ayer estaba muy bien contigo —continúo—. Demasiado bien. Y de pronto pensé en el lunes, en Madrid, en todo lo que vuelve a empezar. Necesité convencerme de que esto era solo una excepción para no preguntarme qué significa que no quiera que termine.
Cristina no se aparta. Al contrario, da el medio paso que falta.
—No necesito que sepas ahora mismo qué ocurrirá después. Solo te pido que no rebajes lo que está ocurriendo para sentirte más segura.
Caminamos de regreso. Al llegar al portal, me detengo.
—¿Puedo besarte? —pregunto.
—Puedes. Pero no va a solucionar la conversación.
—No pretendía que lo hiciera.
Me acerco despacio, dejando que sea ella quien decida la última distancia. Cristina apoya una mano en mi cintura y me besa.
No hay urgencia. Su boca se mueve contra la mía con una cautela nueva, como si ambas supiéramos que el deseo sigue intacto, pero ya no basta para esconder las preguntas.
Cuando empiezo a acercarla más, Bruna tira de la correa y nos obliga a separarnos.
Cristina se ríe apenas, aunque el miedo no ha desaparecido del todo de su mirada.
—Mañana nos vemos—digo.
—Sí.
Cristina entra en el portal con Bruna y la puerta se cierra entre nosotras.
Durante años he sido experta en gestionar retrasos, renegociar plazos y recuperar el tiempo perdido.
Mientras regreso hacia el hotel, comprendo que hay una decisión que no puedo seguir aplazando hasta que encuentre el momento perfecto.
El domingo continúa acercándose. Y todavía no sé qué voy a pedirle a Cristina cuando llegue.