Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 17 La ley de la gravedad
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Capítulo 17 La ley de la gravedad

CRISTINA

El ventanal de la planta alta de la fundación, a pocos metros del Museu d'Art Contemporani de Barcelona, ofrece una vista limpia de la plaza, pero hoy mi atención se queda atrapada en el parpadeo del cursor en mi pantalla.

Todavía noto en la yema de los dedos el frío de la mesa de madera de La Barceloneta. O, mejor dicho, el frío que se instaló entre las dos cuando la cuenta llegó a la mesa.

Me recuesto en la silla de oficina, cruzo los brazos y miro el teléfono móvil que descansa junto al teclado. Pantalla negra. Silencio absoluto.

Anoche, cuando la vi rebuscar en su bolso persiguiendo ese teléfono como si fuera un respirador artificial, sentí una mezcla de rabia y un cansancio viejísimo.

Conozco ese gesto. Sé lo que es sentir que si te detienes a respirar el aire de una terraza, el mundo entero que has construido con un esfuerzo milimétrico se viene abajo.

Pero ver a Alia recuperar esa coraza de directiva implacable en mitad de un bocado de pescado frito, justo después de haber tenido su piel a milímetros de la mía bajo mi propia chaqueta, me duele en un lugar que creía tener bien protegido.

Conozco esa retirada.

Después de aquella última noche en mi piso de Lavapiés, Alia pasó semanas fingiendo que nada había ocurrido. Cuando intentaba acercarme, encontraba una excusa: los exámenes, las prácticas, una entrevista, cualquier obligación capaz de devolvernos a un terreno seguro.

Poco después empezó a aparecer con Adrián. Primero en los pasillos de la facultad. Después en cenas, fotografías y celebraciones familiares. Juntos formaban una imagen tan comprensible que nadie parecía necesitar hacer preguntas.

Años más tarde vi una fotografía de su boda. Alia sonreía junto a él con un traje impecable y una serenidad que no le había visto nunca cuando estaba conmigo.

No pensé que hubiera elegido a otra persona.

Pensé que yo había confundido una amistad intensa con una historia de amor que solo había existido en mi cabeza.

Suelto un suspiro largo y me froto las sienes. No me asusta su ritmo de vida; me asusta que use su agenda como un escudo para no tener que mirar lo que le está pasando por dentro cuando está conmigo.

A las once y cuarto, el teléfono vibra sobre la mesa. El zumbido me sobresalta y tardo medio segundo de más en agarrarlo.

Es un mensaje de texto de Alia.

«Buenos días, Cris. Siento lo de anoche. Me asustó darme cuenta de que la semana se está acabando y lo convertí en una discusión sobre trabajo. No fue justo contigo. Tengo llamadas de tres a cinco. Si sigues queriendo verme, me gustaría terminar bien la conversación».

Leo las líneas tres veces. Es un mensaje pulcro, redactado con esa precisión casi arquitectónica que tiene para todo, pero hay una disculpa real escondida entre la jerga de consultoría.

Quiere arreglarlo, pero lo hace desde su zona de confort, proponiendo una franja horaria limpia entre sus bloques de reuniones como si nuestro reencuentro fuera otro punto en su orden del día.

Me quedo con los dedos suspendidos sobre el teclado táctil, debatiéndome entre las ganas de ceder y la necesidad de mantener mi propia posición.

Si acepto de inmediato su horario fragmentado, valido que nuestro espacio común es algo que se gestiona en los huecos que le deja su vida real.

Borro la primera respuesta que escribo y tecleo algo más corto, más firme.

«Buenos días, Alia. Hoy no saldré de la fundación antes de las ocho. Después tengo que sacar a Bruna. Puedes venir con nosotras».

El pulso me va un poco más rápido de lo normal.

No voy a desplazar mi trabajo para encajar en la franja que le ha quedado libre. Le digo cuándo puedo verla y dejo que decida qué hacer con esa información.

Miro de nuevo el informe de viabilidad en la pantalla del ordenador, pero ahora el cursor ya no me parece estático.

La tensión sigue ahí, suspendida entre las dos, esperando a que hagamos algo más difícil que ceder: decir la verdad.