Capítulo 16 El límite de la marea
ALIA
El olor a salitre y a brea se intensifica a medida que el taxi se acerca al frente marítimo.
Son las ocho y media de la tarde de un miércoles que se ha estirado como un chicle.
Tras dejar a Cristina en su portal por la mañana, he pasado el día vagando por la ciudad con una sensación nueva de ingravidez, pero ahora, al bajar del vehículo, el aire del Mediterráneo me espabila de golpe.
Barcelona se abre aquí de otra manera. El Born es estrecho y umbrío; La Barceloneta es puro horizonte.
Cruzo entre las terrazas ruidosas y me adentro en las calles interiores del antiguo barrio de pescadores, donde la ropa tendida cuelga de los balcones mínimos y el eco de las conversaciones vecinales reverbera en los adoquines.
Hemos quedado en la terraza de una taberna marinera escondida en una plaza peatonal, lejos del circuito turístico de primera línea. Cuando llego, Cristina ya está allí. Ha cambiado la ropa formal de la oficina por una camisa de rayas finas y lleva el pelo suelto, todavía húmedo de la ducha.
La mesa es de madera lavada por el salitre, iluminada apenas por una vela dentro de un vaso de vidrio grueso. El camarero nos trae unas almejas al vapor, pescadito frito y una botella de vino blanco del Penedès que condensa el agua del ambiente en el cristal.
A nuestro lado, el viento mueve con suavidad el toldo de lona y, a lo lejos, se escucha el tintineo rítmico de los mástiles de los veleros amarrados en el Port Vell. Es una estampa perfecta, casi cinematográfica, diseñada para que cualquier persona se olvide del resto del mundo.
—Tienes cara de haber caminado mucho —dice Cristina, sirviendo el vino—. ¿Dónde te has metido hoy?
—He estado en la playa del Bogatell —admito, apoyando los codos en la mesa—. Me he sentado en la arena a leer. Dos horas enteras, Cris. Creo que no hacía algo así desde los veinte años.
—Eso es un delito civil en tu escala de valores, Bensaïd. Estarás horrorizada.
—Estoy... extrañada —sonrío, sosteniéndole la mirada a través de la llama de la vela—. Mi cerebro seguía buscando una entrega trimestral que justificar, pero la arena no emite informes.
El ambiente entre nosotras ha cambiado respecto a la mañana. El beso en su recibidor ha eliminado la distancia de los años, pero ha instalado una tensión nueva, más densa y deliberada.
En mitad de la cena, llega una ráfaga de aire más fresca.
Cristina nota mi leve estremecimiento. Sin decir nada, estira el brazo y deja su chaqueta de punto sobre mis hombros.
Sus dedos rozan la línea de mi clavícula durante un segundo de más.
El contacto es tibio, eléctrico, y me obliga a contener la respiración.
Cristina sonríe de medio lado, consciente del efecto que produce su cercanía. Inclina la cabeza hacia mí, reduciendo el espacio entre nuestros rostros.
—Te sienta bien Barcelona, Alia —murmura, y su voz suena más baja, arrastrada por el rumor lejano de las olas—. Estás perdiendo esa fijeza de Madrid. Te estás mimetizando con el paisaje.
La frase, que pretende ser un halago íntimo, resuena en mi cabeza con el impacto de una alarma de incendios.
Mientras Cristina vuelve a llenar las copas, consulto la hora casi sin pensarlo. Las ocho y cuarenta y siete. El miércoles está prácticamente terminado. Después quedarán el jueves, el viernes y el sábado. El domingo ya no cuenta: el tren sale por la tarde.
Tres días completos.
La cifra aparece en mi cabeza con la nitidez incómoda de una cuenta atrás.
De repente, la lona del toldo ya no me parece romántica; me parece inestable. El olor a salitre se vuelve pesado y el tintineo de los barcos empieza a sonar como un metrónomo que descuenta los minutos.
—Es solo un espejismo de vacaciones, Cris —respondo, y mi tono recupera de golpe una frialdad que la sorprende—. Dentro de tres días volveré a Madrid y todo esto dejará de encajar en ninguna parte.
Cristina deja la botella sobre la mesa.
—¿Encajar dónde?
—En mi vida. El lunes tengo la revisión de tres programas internacionales y una junta extraordinaria a las nueve. No he mirado el teléfono desde las dos de la tarde.
—¿Y eso es una tragedia?
—Para alguien en mi puesto puede serlo. Si hay una incidencia con el consorcio educativo de París y no respondo, la responsabilidad es mía. Llevo cuatro días flotando por Barcelona como si mi vida real no tuviera consecuencias.
Cristina deja los cubiertos sobre el plato.
—¿Tu vida real? ¿Esto qué es entonces? ¿Un simulacro?
—No he dicho eso.
—Ya sé qué haces cuando algo empieza a importarte demasiado.
La frase me alcanza antes de que consiga levantar otra defensa.
—No conviertas esto en una repetición de la universidad.
—No necesito hacerlo. Tú acabas de llamar «vida real» a todo lo que existe lejos de mí.
—No metas mi matrimonio en esto.
Cristina se queda inmóvil.
—Yo no lo he mencionado, Alia.
Bajo la mirada hacia el bolso. El teléfono continúa apagado dentro.
—No hace falta que lo menciones —continúa—. En cuanto algo amenaza la vida que sabes explicar, corres a refugiarte en ella.
Quiero responder que está siendo injusta. Que mi carrera no es un escondite, que amo mi trabajo y que todas las responsabilidades que menciona son reales.
Todo eso es cierto. También lo es que tengo miedo.
No de perder una llamada ni de llegar el lunes con varios correos acumulados. Tengo miedo de volver a desear una vida que no sé cómo justificar ante nadie.
Meto la mano en el bolso. Mis dedos rozan el metal frío del teléfono móvil corporativo. Noto una pulsación de pura adrenalina, la necesidad neurótica de encender la pantalla y ver las decenas de correos acumulados para sentir que vuelvo a tener los mandos de mi existencia.
Cristina me mira las manos, adivinando el gesto, y una sombra de distancia definitiva cruza sus ojos oscuros.
—Si necesitas hacer una llamada de trabajo, Alia, hazla —dice, con una voz extrañamente tranquila, desprovista de la calidez de hace diez minutos—. No quiero ser la responsable de que perjudiques tu carrera.
Se da la vuelta para pedir la cuenta al camarero, retirando su mano de la mesa. La tregua de la Barceloneta se ha roto.
Me quedo bajo su chaqueta, sintiendo todavía el calor que conserva de su cuerpo.
El teléfono continúa apagado dentro del bolso.
Ni siquiera he recuperado el control. Solo he conseguido que Cristina retire la mano.