Capítulo 15 La vida antes de las nueve
ALIA
La propuesta llegó anoche, justo antes de que nos despidiéramos en la puerta de mi hotel. Cristina se detuvo con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo, mirándome con una mezcla de timidez y resolución.
—Mañana trabajo, pero puedes venir a desayunar antes —me dijo.
—¿A qué hora?
—A las nueve.
El miércoles por la mañana, el taxi me deja en una esquina del Born a las ocho y cincuenta y cinco.
Me quedo parada junto al escaparate de una tienda de lámparas apagadas, contemplando la fachada del edificio de Cristina y dándome cuenta de lo profundamente absurdo que resulta esperar en la acera para no pulsar un timbre antes de tiempo.
A las ocho y cincuenta y ocho, decido que dos minutos de cortesía son un margen tolerable y llamo al interfono.
Cuando el pestillo electrónico cede, subo los peldaños desgastados de piedra hasta el segundo piso. Cristina me espera con la puerta abierta.
Su piso no parece una casa de revista de diseño, de esas que suelo hojear en las salas de espera de los aeropuertos. Es un espacio cálido, vivido y profundamente personal, donde la estructura responde a una lógica orgánica.
Antes de que pueda dar un paso hacia el pasillo, una silueta peluda emerge de la cocina.
Es una mestiza mediana de pelo color miel. Se detiene a un metro de distancia, ladea la cabeza y, al ver que le sostengo la mirada con una sonrisa, avanza hacia mí moviendo la cola con un ritmo pausado.
La perrita me olfatea las zapatillas, sube hasta la palma y apoya el hocico húmedo contra mis pantalones oscuros antes de soltar un resoplido de satisfacción.
—Veo que has pasado el primer filtro sin pestañear —dice Cristina, que asoma la cabeza desde la cocina sosteniendo una cafetera italiana en la mano—. Bruna no suele ser tan entusiasta con las visitas.
—Tengo debilidad por los perros —respondo, mientras me siento de cuclillas para acariciarle—.
Mientras avanzo hacia la cocina, me detengo frente a la estantería del pasillo.
Entre dos hileras de libros, descubro una fotografía enmarcada que me llama la atención.
El patio de La Casa aparece allí casi irreconocible: las paredes están desconchadas, hay cajas de herramientas abiertas y el suelo está cubierto por una capa de polvo blanco.
En el centro, varias mujeres aparecen pintando paredes y montando muebles improvisados.
—¿Estabas allí desde el principio? —pregunto, señalando el marco.
Cristina deja la cafetera sobre la mesa de la cocina y se acerca a mirar la fotografía sobre mi hombro.
—No. La Casa existía antes de que yo llegara —explica, con un tono nostálgico—. Pero aquello fue la reapertura después de unas obras de rehabilitación bastante desastrosas. Durante tres meses vivimos entre andamios, pintura y problemas con los permisos municipales.
Entro a la cocina y me siento en una de las sillas de madera mientras ella sirve el café y prepara unas tostadas.
—Me parece que sé lo que hacéis allí, pero no sé si entiendo exactamente lo que es la Casa de las Golondrinas —admito.
Cristina se sienta frente a mí, entornando los ojos mientras recuerda.
—Es un ateneo cultural para mujeres. Lo fundó un grupo de lesbianas del barrio.
Estaban cansadas de que los únicos espacios donde podían encontrarse fueran bares nocturnos o asociaciones donde todo giraba exclusivamente alrededor del activismo político.
Querían un lugar para presentar libros, organizar talleres, bailar, aprender cosas y tomarse una copa tranquilas, sin tener que explicar quiénes eran a nadie.
—¿Y ahora sigue siendo solo para lesbianas? —pregunto.
—Nació de ellas y esa identidad sigue en el centro, porque es nuestra historia, pero entra cualquier mujer que respete el espacio —explica, pasándome una tostada—.
Hay clubes de lectura, exposiciones, rutas por el barrio, talleres de todo tipo, presentaciones…
y una cantidad alarmante de vino los viernes por la tarde.
—¿Y tú cómo llegaste?
—Fui a una presentación de un poemario y, al terminar, me ofrecí a ayudar a recoger las sillas que habían quedado desperdigadas por el patio.
—Un error de cálculo.
—Gravísimo —admite, entornando los ojos con fingida gravedad, mientras muerde una tostada—. Siete años después todavía tengo las llaves del centro en el bolso.
—Núria ya parecía estar al mando entonces —digo.
—Ella puede parecer al mando incluso cuando no sabe dónde han dejado el destornillador —replica Cristina, y noto un afecto profundo en sus palabras—.
Pero sin ella La Casa habría cerrado tres veces.
Consigue financiación de donde no la hay y negocia con el ayuntamiento con una mano izquierda envidiable.
Después se pasa media mañana buscando las gafas que lleva sobre la cabeza.
Bruna aparece de nuevo bajo la mesa y apoya el hocico sobre mi muslo, observando la tostada con una concentración que rivaliza con la mía durante una negociación compleja.
—No le des nada —advierte Cristina.
—No tenía intención.
La perra desplaza los ojos desde la tostada hasta mi cara.
—Está intentando modificar mi posición.
—Esa es su principal habilidad profesional.
En ese momento, el ritmo de la cocina se interrumpe. El teléfono móvil de Cristina, situado sobre la encimera, empieza a vibrar con insistencia. Ella lo toma y atiende la llamada en manos libres mientras termina de recoger los platos del desayuno.
Observo a Cristina transformarse en cuestión de segundos. Escucho a un hombre decirle que el ponente principal de un ciclo previsto para el mes siguiente acaba de cancelar por un problema de salud.
Sin alterar el tono de voz, sin un solo signo de nerviosismo, Cris empieza a dictar soluciones precisas.
Reorganiza las fechas, propone a una sustituta local que ya tiene en el radar, da instrucciones para detener la impresión de los folletos y tranquiliza al coordinador al otro lado de la línea en menos de cinco minutos.
Cuando cuelga el teléfono, la miro con un respeto renovado.
—¿Te gusta tu trabajo?
—Sí. Mucho —responde, apoyándose en la encimera—. Me gusta conseguir que las cosas ocurran. Lo que ya no sé es si quiero pasarme toda la vida consiguiendo que ocurran únicamente las ideas de otras personas.
—Eso explica la carpeta que te dio Núria —le digo.
—Exacto.
En lugar de sugerirle planes de negocio o estructuras de viabilidad, le hago la única pregunta necesaria:
—¿Qué necesitas para terminarla?
Cristina suspira, mirándome con una gratitud que me recorre el pecho.
—Tiempo. Y dejar de fingir que todavía estoy pensando si quiero presentarla o no.
Mientras ella se retira al baño para terminar de vestirse y arreglarse para la oficina, me quedo sentada en la cocina. Saco la novela y abro donde me quedé, tratando de concentrarme en las líneas.
Unos quince minutos después, Cristina vuelve a entrar en la cocina. Ya lleva unos pantalones oscuros de vestir, una camisa de sastre bien cortada y zapatos formales; la versión profesional lista para enfrentarse a las reuniones de la fundación.
Al mirar a Cristina recortada contra la luz del pasillo, comprendo que mi deseo ha mutado de categoría. No quiero únicamente otro museo, otra cena o una noche de baile. Quiero saber qué café compra, a qué hora saca a Bruna y cómo suena su casa cuando llega cansada del trabajo.
Nos dirigimos al recibidor para despedirnos. El horario de la fundación manda y ninguna de las dos hace ademán de sabotear las obligaciones de la otra.
—¿Nos vemos cuando salga? —pregunta Cristina, con la mano ya en el bolso buscando las llaves.
—Cuando salgas del trabajo —respondo.
—Alia… —murmura, sin terminar la frase.
—Ayer escribí en la cartulina que quería volver a disfrutar —le digo, dando un paso hacia ella.
Levanta los ojos hacia mí.
—Y esta mañana estoy disfrutando —añado.
Doy el paso que llevo aplazando desde que crucé el umbral de su casa y la beso.
Cristina responde de inmediato. Es un beso cálido, hondo, limpio de grandes declaraciones románticas o escenarios ensayados, simplemente dos personas encontrándose en mitad de un miércoles antes de ir a trabajar.
Su boca resulta cálida y conserva un leve sabor a café. Cristina me toca la nuca y el beso se vuelve más firme, más seguro, como si ambas hubiéramos pasado los últimos días acercándonos a este punto sin atrevernos a nombrarlo.
Dura lo suficiente como para borrar el ruido de la calle hasta que Bruna, reclamando su cuota de atención, se abre paso entre nosotras empujando con el hocico.
Cristina se ríe contra mi boca, rompiendo el contacto pero sin alejarse.
Hay migas sobre la mesa de la cocina, una cafetera todavía caliente y una jornada laboral esperándola al otro lado de la puerta. Nada en esta mañana es excepcional. Quizá por eso no quiero que termine.