Capítulo 14 Quiero volver a…
ALIA
El martes por la mañana descubro que un lunes sin instrucciones altera de forma drástica la percepción del tiempo.
Me despierto sin la mediación del despertador y, en lugar de encender el portátil para atajar los correos acumulados de la noche anterior, salgo a caminar por el barrio de Sant Antoni.
La luz matinal cae oblicua sobre los toldos de los comercios y el olor a café recién hecho impregna las esquinas.
Me siento en una mesa exterior de una pequeña cafetería. Pido un desayuno completo sin mirar de reojo las notificaciones del móvil y, por primera vez en años, permanezco media hora observando el tránsito pausado de los vecinos que acuden al mercado.
Después, entro en una librería de la zona. Recorro los estantes. Escojo una novela de una autora que no conozco y que me ha llamado la atención.
La sensación de consumir tiempo sin la obligación de rentabilizarlo se asemeja a una pequeña e ilegal forma de lujo.
A media tarde, el teléfono vibra sobre la mesa de la terraza donde he comenzado el tercer capítulo.
Cris: Estaré en La Casa preparando una actividad. Puedes venir cuando te apetezca.
Alia: Perfecto, nos vemos en un rato.
Guardo el libro en el bolso, pago la cuenta y enfilo las calles que suben hacia el metro. Me descubro caminando a un ritmo regular, desprovisto de la urgencia ejecutiva que suele pautar mis trayectos en Madrid.
Al cruzar el umbral del patio de La Casa de las Golondrinas, me detengo unos pasos antes de que me vean entrar.
Cristina y Núria están trabajando junto al gran muro de ladrillo visto del fondo.
Han colgado un panel de corcho inmenso y están distribuyendo decenas de tarjetas de cartulina blanca.
En la parte superior de cada una de ellas, impreso en tipografía limpia, destaca un mismo encabezado.
Me acerco con sigilo, leyendo las anotaciones manuscritas que ya ocupan parte de la superficie. Son respuestas de las mujeres del centro, trazos heterogéneos que configuran un mapa de deseos cotidianos, pequeños y repetitivos.
En la parte superior de cada una de ellas, impreso en tipografía limpia, destaca un mismo encabezado: QUIERO VOLVER A…
...pintar con óleo.
...nadar en el mar de noche.
...viajar sola sin dar explicaciones.
...cantar aunque desafine.
...ponerme aquel vestido rojo.
...dormir una mañana entera.
Comprendo al instante que estoy presenciando el origen físico de uno de esos proyectos que Cristina me confesó tener guardados en el cajón de su escritorio.
Núria se gira al notar mi presencia, sosteniendo una caja de chinchetas en la mano.
—Alia, pasa, por favor. Estábamos terminando de dar forma a la propuesta de Cristina —dice, antes de entregarle una carpeta de cartón kraft a su compañera—. Aquí tienes la carpeta con el formulario para presentar el proyecto al consejo de la fundación. Rellénalo antes del viernes.
Cristina se recoloca un mechón de pelo detrás de la oreja, un gesto que delata su deseo de regresar a un segundo plano.
—Solo es una actividad piloto, Núria. Tampoco hay que darle una trascendencia institucional.
Núria no discute; se limita a sonreír con una paciencia antigua. Después, recoge sus cosas y se despide de nosotras con un gesto afectuoso.
Me quedo sola frente al panel mientras Cristina se aleja hacia el almacén para guardar el material sobrante. Sostengo un rotulador negro entre los dedos, con la vista fija en el espacio en blanco de una cartulina libre.
Mi primer impulso es pensar en el baile. Pero ya he vuelto a bailar. Pienso en descansar, en perder el tiempo, en dejar de calcular qué utilidad tiene cada hora.
Finalmente, apoyo la punta del rotulador y escribo con mi caligrafía angulosa y precisa:
Quiero volver a disfrutar.
Coloco la tarjeta en una de las esquinas inferiores del corcho, mezclada entre las demás, con la esperanza de que se camufle antes de que Cristina regrese al patio.
Al caer la tarde, las últimas mujeres abandonan los talleres y el patio va quedándose en silencio. Núria se despide, le entrega las llaves a Cristina y se marcha.
Ayudo a recoger las copas, guardo los rotuladores y apilo las tarjetas sobrantes en una caja. Antes de marcharnos, vuelvo la vista hacia el panel.
Cerramos la verja y empezamos a bajar calle abajo.
El aire conserva el calor del día, aunque una brisa ligera empieza a moverse entre los edificios.
Poble-sec recupera poco a poco el ruido de la noche: persianas que se levantan, conversaciones desde las terrazas, el golpe de las copas sobre las mesas.
Caminamos sin una dirección concreta.
—¿Cuándo se te ocurrió lo de la pared? —pregunto.
Cristina tarda unos segundos en responder.
—No fue la pared primero. Fueron las frases.
—¿Qué frases?
—Las que dicen muchas mujeres cuando llegan a La Casa. “Yo antes pintaba.” “Yo antes viajaba.” “Yo antes escribía.” Siempre hablan de esas partes de sí mismas en pasado, como si hubieran pertenecido a otra persona.
La observo mientras camina. Lleva las llaves todavía cerradas dentro del puño y mueve el pulgar sobre el metal.
—Empecé a apuntarlas —continúa—. No los nombres. Solo las cosas que habían dejado de hacer. Después pensé que quizá no necesitaban empezar una vida completamente distinta. Quizá solo necesitaban encontrar el camino de vuelta hacia algo que ya había sido suyo.
—Volver a nosotras.
Cristina asiente.
—Exacto.
Hay algo en su forma de pronunciarlo que me hace comprender que el proyecto no nació únicamente de observar a otras mujeres. También hay una parte suya allí, aunque todavía no me corresponde pedirle que la explique.
Seguimos bajando. Nuestras manos se rozan al mismo tiempo que esquivamos a una pareja que sube por la acera. Esta vez ninguna se aparta deprisa.
—Yo he escrito una tarjeta —digo.
Cristina vuelve la cabeza hacia mí, pero no pregunta cuál.
Eso hace que quiera contárselo.
—He escrito que quiero volver a disfrutar.
Las palabras suenan distintas fuera de mi cabeza. Más vulnerables de lo que parecían sobre la cartulina.
—Me parece un buen lugar al que volver.
Miro hacia la calle. Una mujer riega las plantas de un balcón. Dos niñas persiguen una pelota frente a la puerta de un bar. Alguien se ríe en una terraza con una intensidad que hace girarse a las personas de las mesas cercanas.
—No sé muy bien cuándo dejé de hacerlo —admito—. No fue una decisión. Creo que simplemente fui sustituyendo las cosas que disfrutaba por otras que consideraba más importantes.
—Así suelen desaparecer las cosas —dice Cristina—. No de golpe. Les vamos quitando espacio hasta que un día creemos que ya no forman parte de nosotras.
Caminamos unos metros en silencio.
—Estos días estoy disfrutando —añado.
Cristina baja la mirada hacia nuestras manos, que vuelven a rozarse.
—Me alegro.
Esta vez soy yo quien gira la palma y busca sus dedos. Cristina los entrelaza con los míos sin detener el paso.
Continuamos bajando hacia las luces de la avenida, sin saber todavía dónde vamos a cenar ni cuánto tardaremos en llegar.
Por primera vez, no necesito saberlo.