Capítulo 13 La geometría del laberinto
CRISTINA
Recibir un mensaje de Alia que contiene únicamente la palabra «Sorpréndeme» es lo más increíble que me ha pasado en mucho tiempo.
Durante los años de universidad, Alia era la mujer de los horarios y los apuntes subrayados con tres colores distintos. Que ahora deje el lunes en blanco y me entregue los mandos de su tiempo es un giro de los acontecimientos que me altera el pulso desde primera hora de la mañana.
Paso un buen rato pensando adónde llevarla.
Descarto el paseo de Gràcia, las terrazas del Born y las paradas inevitables del circuito de postal de Barcelona.
No quiero que nos rodee el ruido de los autobuses turísticos ni la arquitectura de siempre; quiero algo que rompa por completo con la inercia de la ciudad vertical y corporativa que ella habita.
Termino citándola en la entrada de los Jardines del Laberinto de Horta, en la parte alta, donde Barcelona empieza a fundirse con la falda de la sierra de Collserola. Es el jardín conservado más antiguo de la ciudad, un lugar al que nadie llega por casualidad.
Cuando la veo aparecer por el paseo, me doy cuenta de que la versión experimental de Alia sigue ganando terreno.
Ha dejado los zapatos de salón en el hotel; lleva unas zapatillas de piel blanca, unos vaqueros rectos y una chaqueta ligera de lino.
Sigue manteniendo esa prestancia innata, esa forma de levantar la barbilla que la hace destacar, pero ya no parece que esté cruzando un vestíbulo para llegar a una junta de accionistas.
Me acerco a ella con una sonrisa.
—Sin alarma —le digo a modo de saludo, observando su rostro despejado.
—Sin alarma —confirma, y por primera vez noto que no lleva el reloj inteligente en la muñeca, solo una fina pulsera de plata—. Aunque mi reloj biológico se ha empeñado en despertarme a las siete. He tenido que obligarme a seguir en la cama leyendo. Ha sido... extraño.
—Se llama no tener obligaciones, Alia. Ven, entra.
Cruzamos el umbral del parque y el rumor del asfalto se amortigua por completo, sustituido por el crujido de la gravilla bajo nuestros pasos y el sonido constante del agua que corre por los canales de piedra.
Caminamos sin prisa, subiendo por las terrazas neoclásicas hasta llegar a la explanada del laberinto de cipreses.
Los setos, altos y tupidos, forman paredes verdes que ocultan por completo los caminos interiores.
Alia se detiene en seco ante la entrada.
La veo calcular las posibilidades, escaneando la primera bifurcación como si buscara un patrón lógico.
—¿Hay alguna regla fija para resolverlo? —pregunta, mirándome de reojo—. ¿La técnica de la mano derecha pegada a la pared funciona aquí?
Suelto una carcajada limpia que resuena en el claro. Le pongo una mano en el hombro, notando la calidez del lino bajo mis dedos.
—Alia, la idea de un laberinto no es optimizar el tiempo de salida. Es precisamente lo contrario. El propósito es entrar, equivocarse de pasillo, dar la vuelta y disfrutar del hecho de no saber dónde estás durante un rato. Olvídate de la ruta eficiente.
En su rostro aparece una mezcla de diversión y aprensión, la misma que tienen los niños justo antes de subir a una montaña rusa. Aun así, da el primer paso entre los muros de ciprés.
—Empiezo a sospechar que no has elegido este sitio por casualidad —murmura, contemplando la primera bifurcación—. Madre mía…
Nos adentramos en los pasillos verdes. El aire aquí dentro huele a resina, a tierra mojada y a sombra. El espacio es tan estrecho que caminamos muy juntas. A veces, nuestros hombros se rozan al girar en una esquina ciega.
Damos un par de vueltas equivocadas y regresamos al mismo cruce, hasta que el muro de ciprés se interrumpe de pronto.
El cambio se siente antes de comprenderse.
Después de tantos pasillos estrechos, el aire vuelve a circular alrededor de mi cuerpo y la luz me alcanza de lleno en la cara, los hombros, los brazos.
La tensión que llevaba pegada a la piel se afloja con una facilidad inesperada, como si también dentro de mí acabara de abrirse un claro.
Desembocamos en una plazoleta circular presidida por un estanque ovalado.
El agua tiene un tono verdoso bajo el sol, salpicada de hojas flotantes, y en el centro sobresale una pequeña roca irregular.
Unos bancos curvos siguen el contorno del estanque, protegidos por los altos arcos de ciprés que enmarcan las distintas salidas.
Más allá del agua, al otro lado de una de esas aberturas verdes, aparece la figura blanca de Eros. Está un poco retirada, esperando en el corazón del laberinto como si supiera que tarde o temprano acabaríamos llegando hasta él.
—Y ahí está Eros —dice Alia, señalando la estatua—. En mitad de todo esto. No destaca precisamente por su sutileza.
—Quizá querían advertir a la gente de que enamorarse y perderse utilizan mecanismos parecidos.
Alia se gira despacio hacia mí, entornando los ojos bajo la luz.
—Eso tampoco ha sonado nada metafórico.
—Yo solo diseño la visita —respondo, dando un paso atrás con una sonrisa—. Las decisiones mitológicas son anteriores a mi intervención.
Salimos del entramado de cipreses subiendo las escalinatas de piedra que conducen a las terrazas superiores, flanqueadas por dos templetes clásicos. Nos sentamos en un banco de piedra resguardado bajo la sombra de un gran pino, lejos del camino principal.
Me quedo observando su perfil. Hay una laxitud nueva en su postura, aunque sus dedos juegan con el borde de la chaqueta.
—¿Por qué ahora? —pregunta—. Podías haberte pedido vacaciones cualquier otra semana.
Alia tarda en responder. Mantiene los ojos fijos en los caminos de cipreses, como si necesitara ordenarlos antes de encontrar las palabras.
—Hace unas semanas me desmayé en una reunión.
Me giro hacia ella.
—¿Qué?
—Las pruebas salieron bien —añade enseguida—. Falta de sueño, comidas a deshora, poco descanso… Nada grave.
—Pero no cambiaste nada.
—Durante una semana dormí casi ocho horas y reduje el café. Después llegó el cierre trimestral.
—Por supuesto.
Baja la mirada hacia sus manos.
—No recuerdo caerme, Cris. Estaba explicando una previsión de ventas y, de repente, Carlos me hablaba desde el suelo. Hay unos segundos que no existen en mi memoria.
Su voz se vuelve más baja.
—Lo que más me asustó no fue el desmayo. Fue descubrir que mi cuerpo podía interrumpir la reunión sin pedirme permiso. Podía detenerme aunque yo no estuviera de acuerdo.
—¿Y esta semana tiene que ver con eso?
—En parte. Desde entonces sé que necesito parar, pero saberlo no había bastado para que lo hiciera. Siempre encontraba una nueva razón para esperar. O quizá no encontraba ningún motivo suficiente para no hacerlo.
Alia gira lentamente la palma y roza mis dedos. El contacto es mínimo, pero el calor me recorre el brazo entero. Ninguna de las dos se aparta.
—Te sienta bien perderte —murmuro.
—No saques conclusiones precipitadas. Solo llevamos tres caminos equivocados.
—Cuatro.
—El segundo era una comprobación.
Dejamos que la tarde avance sin consultar la hora. Alia apoya la cabeza contra la piedra tibia y cierra los ojos mientras la luz se vuelve dorada entre los árboles. Por primera vez desde que llegó a Barcelona, no parece estar calculando cuánto falta para marcharse.