Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 11 Un domingo sin instrucciones #2
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Capítulo 11 Un domingo sin instrucciones #2

● Persona de respaldo durante la ausencia: Carlos Menéndez.

Antes de pulsar el comando de confirmación, abro el canal de mensajería interna con mi segundo de a bordo.

Alia: Necesito que cubras el departamento esta semana.

Carlos: ¿Qué ha ocurrido? ¿Hay algún problema con la firma de Alemania?

Alia: Nada. Todo está correcto. Voy a utilizar cinco días de vacaciones pendientes.

La pausa al otro lado de la línea se prolonga durante casi un minuto completo. Me imagino a Carlos en el salón de su casa, mirando la pantalla para asegurarse de que ha leído bien.

Carlos: Estupendo, me alegro por ti. Pulsa enviar antes de que vuelvas a ser tú y olvides que el mundo no se destruye si no respondes correos durante unos días.

Suelto un soplido que se parece bastante a una risa corta. Regreso a la plataforma de gestión y presiono el botón verde de confirmación. La pantalla procesa el comando durante un segundo y cambia de color, mostrando una marca de verificación.

Solicitud registrada correctamente.

Debajo, el contador de mi perfil se actualiza de manera automática: Vacaciones disponibles: 22 días.

Hasta ahora había interpretado la reducción de esa cifra como una pérdida. Esta vez entiendo que los días solo se pierden cuando no se viven.

Después, cambio el billete de tren y traslado el regreso al domingo siguiente. Me guardo el teléfono en el bolsillo de la americana y un pulso acelerado me golpea en las muñecas, aunque siento en el pecho una ligereza inusual.

No estoy modificando únicamente una hora de llegada a la estación de Atocha. Estoy permitiendo, por primera vez en mucho tiempo, que exista una semana entera que no ha sido planificada en una hoja de cálculo.

—Disculpe —digo, fijando la mirada en el espejo retrovisor del conductor—. He cambiado de planes. Necesito dar la vuelta y regresar al hotel del que salimos hace quince minutos.

El taxista me observa un instante de reojo, sorprendido por el cambio de rumbo de última hora, pero asiente sin hacer preguntas.

A mitad del trayecto de vuelta, entra una llamada de WhatsApp de mi hermana Sofía. Es la hora exacta a la que mi tren original debería estar saliendo de los andenes.

—¿Ya vas camino de Madrid? —pregunta su voz, con el ruido de fondo de sus hijos jugando en el salón.

—He cambiado el billete, Sofía. No vuelvo hoy.

—¿Te ha surgido alguna reunión de última hora con los alemanes? Qué raro que te hagan trabajar un domingo por la tarde.

—No es por trabajo —respondo, mirando cómo los árboles del paseo de Gràcia desfilan al otro lado del cristal.

—Espera. Necesito que repitas eso porque creo que se ha cortado la comunicación o mi cerebro ha interpretado mal tus palabras. ¿Alia Bensaïd modificando un regreso por motivos no laborales?

—Me he pedido cinco días de vacaciones —digo, intentando que mi propia voz asimile la realidad del enunciado—. Me quedo en Barcelona hasta el domingo que viene.

Sofía guarda silencio unos segundos. Cuando vuelve a hablar, la burla ha desaparecido de su voz.

—¿Estás bien, Alia? —su tono ha bajado un matiz, desprovisto de la burla anterior.

—Sí. Estoy perfectamente bien.

—Entonces me alegro muchísimo. Ya era hora de que hicieras una locura que no estuviera justificada por un plan de negocio. Oye, y… ¿hay alguien implicado en esta decisión?

Miro fijamente el reflejo de mis propias gafas de sol en el cristal de la ventanilla.

—Barcelona tiene más de un millón y medio de habitantes, Sofía.

—Eso no ha sido un no, hermana. Disfruta de la semana.

Esta vez no utilizo capturas de pantalla para comunicarme con Cristina. Abro el teclado y escribo.

Alia: He cambiado el viaje.

Cris: ¿Hasta cuándo?

Alia: Hasta el próximo domingo.

La respuesta de Cristina tarda unos segundos en aparecer.

Cris: Eso es bastante más que cuarenta y cinco minutos.

Alia: He revisado el cálculo y el margen de error era inasumible.

Cris: ¿Te has pedido vacaciones de verdad? ¿Cinco días completos?

Alia: Cinco días.

Cris: Estoy intentando imaginar tu calendario laboral completamente vacío.

Alia: Yo también lo estoy intentando. No es un ejercicio sencillo.

Cris: Mañana no pongas alarma.

Alia: No abuses de esta versión experimental de mí, Cris.

Regreso a la habitación de la cuarta planta. La maleta de mano sigue encima del soporte de madera, cerrada y perfectamente compactada para un viaje de vuelta que ya no va a suceder.

Me acerco a ella, tiro del cierre de cremallera y la abro por completo. Saco las camisas, los pantalones de repuesto y los vestidos que había guardado, y empiezo a colgarlos uno a uno en las perchas del armario empotrado.

Me siento en la cama y una pequeña vibración de ansiedad me recorre el estómago. Abro el portátil casi por inercia. Me quedo mirando el calendario vacío durante unos segundos, como si esperara que alguien volviera a llenarlo por mí.

Después me levanto y camino hasta la ventana.

Desde la cuarta planta, Barcelona se extiende bajo la luz lenta de la tarde.

Los coches avanzan por el paseo sin prisa y varias personas ocupan las mesas de una terraza, inclinadas sobre sus copas como si el lunes no existiera todavía.

En los balcones de enfrente, las plantas se mueven apenas con la brisa y una mujer recoge ropa tendida mientras habla por teléfono.

La ciudad continúa sin pedirme nada. La ansiedad sigue ahí, pero debajo empieza a abrirse otra sensación.

Alivio.

El teléfono vibra de nuevo sobre la colcha. Es Cristina.

Cris: ¿Qué quieres hacer mañana?

Contemplo el lunes vacío en la pantalla. Mi instinto habitual me empuja a diseñar planes medidos para aprovechar la estancia al máximo.

Sostengo el terminal entre las manos. Borro el texto inicial y tecleo una sola palabra.

Alia: Sorpréndeme.

Mantengo el dedo suspendido sobre el botón de envío durante un instante, conteniendo el aliento, y pulso la flecha antes de permitir que mi cabeza añada una sola condición de seguridad.