Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 11 Un domingo sin instrucciones
41%

Capítulo 11 Un domingo sin instrucciones

CRISTINA

El domingo amanece con una luz limpia y mediterránea sobre los tejados del Poble-sec.

En el patio de La Casa de las Golondrinas, el sol se filtra entre las hojas de la higuera, dibujando sombras móviles sobre las mesas desparejadas.

Es una de esas mañanas perezosas donde el tiempo se estira sin pedir permiso.

Reviso el reloj mientras coloco unas aceitunas en la mesa central. Según su mensaje, Alia tiene exactamente cuarenta y cinco minutos antes de marcharse hacia Sants. Cuando cruza el umbral del patio, me quedo un segundo inmóvil con el plato en la mano.

Alia llega desarmada. Lleva unos pantalones oscuros de tejido fluido, una camisa de lino claro con las mangas remangadas de forma descuidada y la americana gris doblada sobre el antebrazo.

Camina un poco más despacio que el viernes, como si todavía notara la música en las piernas.

Se baja las gafas de sol hacia el puente de la nariz al verme.

—Has llegado tres minutos antes —le digo—. Empiezo a preocuparme.

—Los he añadido al margen de contingencia —responde, elevando la comisura de los labios—. Buenos días, Cris.

La comida en el patio transcurre en ese caos comunitario que tanto define a La Casa. Sobre los manteles de lino se acumulan tablas de queso, tortilla de patatas, pan con tomate y varias botellas de vino que la gente comparte sin orden fijo.

Alia se encuentra fuera de su entorno habitual, pero no parece incómoda.

Se sienta en un taburete bajo, acepta una copa y escucha con atención genuina a las mujeres del centro.

Incluso interviene con un par de comentarios secos e irónicos que provocan la carcajada de las socias veteranas.

Verla formar parte del grupo sin necesidad de dirigirlo resulta extraño y magnético.

Núria, la directora de La Casa, se acerca a nuestra mesa con carpetas.

—Alia, qué alegría que pases antes de tu tren —dice, antes de girarse hacia mí—. Cristina, gracias por dejar el inventario de las firmas perfecto anoche.

—No hay de qué, Núria.

En ese momento, Marta, otra de las colaboradoras, levanta la voz para dirigirse al grupo:

—La ruta que comentamos con Cristina puede funcionar muy bien. He estado pensando cómo podríamos plantearla para el próximo trimestre para recuperar los espacios históricos creados por mujeres en el barrio.

Las demás asienten entusiasmadas y empiezan a hablar con Marta de las fechas. Yo me limito a beber un sorbo de vino y dejo pasar el momento.

Alia clava sus ojos en mí. Espera a que el grupo se disperse para inclinarse hacia mi lado.

—¿Esa ruta no era tuya? —pregunta en un susurro.

—La idea es de La Casa —respondo, restándole importancia.

Alia me sostiene la mirada durante unos segundos. No insiste, pero conozco esa expresión: acaba de archivar el asunto para más tarde.

La comida termina antes de lo previsto. Como aún queda tiempo para su tren, le propongo caminar hacia una zona donde sea fácil parar un taxi, pero al llegar a la avenida, miro hacia la silueta verde de la montaña.

—Hay un camino más bonito.

Antes de entrar en los jardines, compro dos granizados de limón en un local de la avenida. Subimos por los Jardins de Laribal, entre terrazas, escaleras y pequeños canales de agua, hasta acercarnos al entorno del Teatre Grec. El lugar es un refugio silencioso dentro de la ciudad.

Alia lleva la americana sobre el hombro y camina despacio, escuchando el rumor del agua. Ya no consulta el reloj ni pregunta cuánto falta para llegar a ninguna parte.

Nos sentamos en un viejo muro de piedra, con los pies colgando.

—No recuerdo la última vez que me senté en algún sitio sin esperar nada —dice, mirando las vistas de Barcelona.

—Eso es porque siempre conviertes las sillas en salas de espera, Bensaïd.

Suelta una risa corta, aceptando el golpe con una calidez que me ensancha el pecho.

—Estos jardines se construyeron para la Exposición de 1929 —le cuento—. El diseño tenía que salvar una pendiente muy pronunciada. Lo bonito es que los paisajistas no intentaron eliminar la irregularidad del terreno; construyeron el jardín alrededor de ella.

Alia se gira despacio hacia mí, deslizando las gafas de sol sobre su cabeza.

—Eso ha sonado sospechosamente metafórico, Cris.

—No todo el urbanismo de esta ciudad gira alrededor de tus crisis, Alia.

El tono ligero se rompe cuando Alia deja el granizado a un lado y me observa de frente, con esa fijeza que utiliza cuando decide ir al fondo de un asunto.

—Volviendo a lo de antes. ¿Por qué has dejado que Marta se llevara la atención? Tienes capacidad para liderar tus propios proyectos, Cris.

Siento una punzada de incomodidad. No me apetece que aplique sus esquemas de eficiencia a mi vida.

—Llevas dos días observándome, Alia, y ya crees saber qué me falta —replico, endureciendo la voz—. Mi vida no es una empresa de Madrid en horas bajas que necesite una auditoría externa.

La frase levanta una barrera invisible. Alia parpadea, sorprendida por mi resistencia.

—Tienes razón —dice después de unos segundos, suavizando el gesto—. Me he excedido.

Asiento, agradeciendo el espacio. Miro hacia las copas de los árboles antes de añadir:

—Tengo ideas guardadas, ¿sabes? Proyectos propios en un cajón. Pero las cosas tienen sus tiempos.

Alia guarda silencio. El sol incide directamente sobre su rostro, iluminando las líneas de expresión alrededor de sus ojos. En su pelo, justo al lado de la patilla de las gafas, se ha quedado prendida una pequeña hoja seca.

Me inclino hacia ella para retirarla.

En cuanto mis dedos rozan sus hebras oscuras, Alia se queda completamente quieta, conteniendo el aliento.

Esta vez no hay música, lluvia ni oscuridad a la que culpar.

Estamos a plena luz del día. Siento el calor nítido de su piel y la fijeza de su mirada clavada en la mía.

Retiro la hoja y me aparto despacio, antes de que el gesto rompa el último margen de seguridad.

Alia consulta su reloj y se tensa. Su margen de contingencia ha desaparecido. Si quiere llegar a Sants, debe moverse ya.

Caminamos a paso rápido hacia la salida, donde los taxis descienden de la montaña. Paramos uno en la misma curva de la calzada. Alia abre la puerta y se gira antes de subir. Hay una duda flotando en sus ojos.

—Cris —dice, con la voz más baja—. ¿Qué harías tú con veintisiete días de vacaciones pendientes?

La miro antes de que cierre.

—Me quedaría el tiempo suficiente para dejar de pensar en cuándo tengo que marcharme.

Alia asiente de forma casi imperceptible y sube al taxi.

Paro en la acera mientras el coche enfila la bajada y desaparece entre el tráfico. Saco mi teléfono del bolsillo, con la inercia de la despedida todavía pegada a las manos.

Apenas han pasado cinco minutos cuando vibra el teléfono.

Alia me ha enviado una captura de la aplicación de Renfe. En la imagen aparece su billete de las cinco con destino Madrid y, debajo, dos opciones:

[ Acceder al billete ]

[ Cambiar viaje ]

No acompaña la imagen con ninguna pregunta. Tampoco hace falta.

Me quedo mirando la pantalla mientras el corazón empieza a golpearme con una fuerza que no se corresponde en absoluto con estar de pie, quieta, en una acera de Montjuïc.

Capítulo 12: Cambio de planes

ALIA

El taxi avanza por las avenidas anchas que conducen hacia la estación de Sants.

Al otro lado del cristal, Barcelona se despliega bajo esa luz de domingo por la tarde que parece ralentizar el ritmo de la gente en las aceras.

En el interior del coche, sin embargo, el espacio es hermético, dominado por el zumbido constante del motor y el parpadeo de la pantalla de mi teléfono, que sostengo con firmeza entre los dedos.

La captura de pantalla ya ha sido enviada.

Observo la parte superior de la conversación.

Debajo del nombre de Cris, aparecen tres puntos suspensivos que bailan de forma intermitente.

Avanzan, se detienen, desaparecen durante unos segundos que se sienten eternos y vuelven a brotar en el margen izquierdo. Ella también se está tomando su tiempo.

Finalmente, el indicador de escritura desaparece y entran dos líneas consecutivas.

Cris: No voy a decidirlo por ti.

Cris: ¿Qué quieres hacer?

Me recuesto contra el respaldo de cuero sintético del asiento trasero, desconcertada. Frunzo el ceño, sintiendo una punzada de frustración que no sé exactamente dónde colocar. Una parte de mí esperaba una respuesta distinta.

Esperaba que Cristina me pidiera que me quedara. Habría sido mucho más fácil. Podría haber regresado al hotel con la coartada perfecta, archivando el impulso bajo la etiqueta de una concesión personal hacia una antigua amiga.

Alia: No suelo modificar un viaje cuando ya estoy de camino a la estación.

Cris: Eso no responde a mi pregunta.

Me quedo mirando la réplica. Bloqueo el teléfono con un golpe seco de la yema del dedo y lo dejo boca abajo sobre el asiento contiguo. No estoy molesta con ella. Estoy molesta conmigo misma porque sé que su pregunta es la más sencilla del mundo.

Miro por la ventanilla y obligo a mi cabeza a revisar los hechos.

Múnich está resuelto. Carlos puede dirigir el departamento. Las reuniones de la semana pueden delegarse. Tengo veintisiete días pendientes y dinero suficiente para ampliar el hotel sin cargarlo a la empresa.

No encuentro ninguna razón real para regresar a Madrid esa tarde.

Solo existe un plan que tracé antes de saber que quería otra cosa.

Durante un segundo recuerdo el techo blanco de la sala de reuniones el día que me desmayé hace 2 meses, y la cara de Carlos inclinada sobre mí, preguntándome si podía oírlo.

Desbloqueo el terminal de nuevo. Abro la aplicación interna de Recursos Humanos, esa plataforma que suelo utilizar únicamente para validar los días de descanso de mis colaboradores. Selecciono el menú de solicitudes propias y pulso sobre el botón de «Nueva ausencia».

La decisión que llevo tiempo postergando se reduce ahora a cuatro campos obligatorios en una interfaz móvil:

● Fecha de inicio: Lunes.

● Fecha de finalización: Viernes.

● Motivo: Vacaciones anuales.