Capítulo 10 Variables que no estaba contemplando
ALIA
El segundo tema arranca sin darnos tregua. Es un montuno más rápido, con una sección de vientos alegre y agresiva que transforma el ambiente de la pista.
Me quito la americana y la dejo sobre la barra, junto a nuestras copas. Después me remango la camisa hasta los codos, buscando espacio para respirar.
Durante la primera canción he necesitado comprobar que la técnica seguía ahí. Ahora simplemente me dejo llevar.
En un giro mal calculado, mi cadera tropieza con la de Cristina. En otro momento habría tensado los hombros y pedido disculpas, pero esta noche se me escapa una carcajada. Cristina adapta el paso al mío sin perder el ritmo.
Durante los siguientes minutos, el reloj deja de existir. También los informes de Múnich y la bandeja de entrada.
Solo importan la madera bajo los pies, el calor del local y la presión de los dedos de Cristina marcando un cambio de dirección.
Cuando salimos, la lluvia ha parado. Barcelona tiene un brillo oscuro y limpio, y el suelo húmedo refleja las farolas como tinta recién extendida.
Caminamos unos metros en silencio, recuperando el aliento.
—Eso seguía ahí —dice Cristina.
Busco una explicación razonable.
—La coordinación motriz no desaparece por completo. Puede deteriorarse después de años de sedentarismo, pero la memoria muscular conserva los patrones cuando existe una buena base.
Cristina se detiene y me mira con una sonrisa divertida.
—No hablaba de la coordinación, Alia.
Continúa caminando antes de que pueda preguntarle a qué se refería.
No lo hago.
Hay preguntas que no deberían formularse después de medianoche, cuando todavía siento sus manos en mi cuerpo.
Al llegar a una calle por la que circulan taxis, Cristina se detiene bajo el saliente de un portal. Un mechón húmedo le cae sobre la frente.
—Te acompaño al hotel.
—No es necesario. Puedo volver sola y no quiero que sigas caminando con este frío.
Ninguna se mueve.
Nos quedamos frente a frente, demasiado cerca para que la despedida resulte completamente casual. Cristina levanta una mano. Mi espalda se tensa antes de que sus dedos aparten una gota que me baja por la sien.
El contacto apenas dura un instante.
—Tienes la camisa mojada —dice—. Te vas a resfriar antes de volver a Madrid.
—Sobreviviré.
Sostenemos la mirada. Bastaría con que cualquiera de las dos avanzara unos centímetros para que la noche adquiriera un significado diferente.
Ninguna lo hace.
Un taxi negro y amarillo reduce la velocidad junto al bordillo.
—Escríbeme cuando llegues —me pide Cristina.
Saco el teléfono y me detengo al abrir los contactos.
—No tengo tu número actual. Solo el de la universidad.
Cristina se ríe y me entrega su móvil. Introduzco mi número y hago una llamada breve. Mi pantalla se ilumina con una secuencia desconocida.
Escribo Cristina Soler.
Permanezco unos segundos mirando el nombre. Después borro el apellido y dejo únicamente cuatro letras:
Cris.
—Ya está.
Subo al taxi antes de encontrar otra excusa para prolongar la despedida.
Durante el trayecto al hotel intento ordenar las últimas horas.
Una visita a un museo. Una cena ligera. Un paseo bajo la lluvia. Un local encontrado por casualidad. Dos canciones de salsa.
Objetivamente, no ha ocurrido nada extraordinario. Dos antiguas compañeras de facultad se han reencontrado y han alargado la tarde más de lo previsto.
Mi cuerpo no comparte esa conclusión.
Sigo sintiendo la presión de la mano de Cristina bajo el omóplato. Las piernas conservan el esfuerzo del baile y tengo los hombros más relajados que en toda la semana.
Habíamos bailado dos canciones.
El problema era que mi cuerpo parecía interpretar que habíamos tomado una decisión.
Intento clasificar lo sucedido como nostalgia, euforia provocada por la música o simple distensión después de varios días de feria.
Ninguna explicación resulta suficiente.
No es nostalgia.
La nostalgia pertenece al pasado. Esto está sucediendo ahora.
Al entrar en la habitación dejo el bolso sobre la cómoda y me quito los zapatos. El portátil continúa cerrado en el escritorio, junto a los catálogos que debería revisar antes del lunes.
Le escribo a Cristina.
Alia: Ya estoy en el hotel.
La respuesta llega enseguida.
Cris: Bien.Cris: ¿Has mirado ya el correo?
Miro el portátil.
Alia: No.Cris: Eso sí que no me lo creo.Alia: Llevo cuatro minutos en la habitación.Cris: Entonces todavía estás a tiempo de decepcionarme.
Me descubro sonriendo frente al espejo del baño.
Cris: Gracias por bailar conmigo.Alia: Tú me sacaste.Cris: Y tú pediste otra canción.
Escribo una respuesta. La borro. Pruebo con otra y también la elimino.
Alia: Buenas noches, Cris.Cris: Buenas noches, Alia.
Dejo el teléfono boca abajo sobre la mesita.
Aguanto cuarenta segundos antes de volver a girarlo para releer la conversación.
El domingo me despierto con una molestia ligera en los gemelos y en el arco del pie.
Agujetas.
Hacía años que no sentía ese recordatorio tan concreto de que tengo un cuerpo más allá del necesario para caminar entre pabellones y sentarme durante horas en reuniones.
A las diez me llama Carlos.
—Siento molestarte en domingo —dice—. Solo quería confirmarte que el socio de Múnich ha aceptado el presupuesto del programa. No han tocado ninguna cláusula.
—Buen trabajo. Esperaba que hubiera que renegociar el porcentaje.
—Te dije que podías delegar.
La satisfacción que debería producirme el resultado viene acompañada de una pequeña molestia. El departamento ha vuelto a funcionar perfectamente sin mi intervención.
—Por cierto —continúa—, Recursos Humanos ha vuelto a preguntar por tus vacaciones. Tienes veintisiete días pendientes y necesitan que empieces a planificarlos.
—Lo revisaré cuando llegue a Madrid.
—Llevas diciendo eso tres cierres.
—Gracias por el informe, Carlos.
—Era una observación.
—Que pases buen domingo.
Cuelgo antes de que convierta la conversación en una intervención colectiva.
Veintisiete días.
Más de cinco semanas laborales que he ido trasladando de un trimestre al siguiente porque nunca parecía existir un buen momento para utilizarlas.
A las once y media recibo un mensaje.
Cris: Hoy hacemos una comida informal en La Casa. Nada solemne. Sobras, vino y gente colocando mesas de manera poco eficiente.
Abro la aplicación de Renfe. Mi tren sale a las cinco. Si dejo el equipaje en recepción y voy directamente desde La Casa a Sants, puedo pasar allí antes de marcharme.
El margen es menor de lo habitual, pero suficiente.
Alia: Pasaré un momento.Cris: ¿Un momento medido en minutos normales o en minutos Alia?Alia: Cuarenta y cinco.Cris: Intentaremos que el mundo se comporte.
Abro el portátil para revisar las tareas del lunes. Lo primero que aparece en la intranet es un aviso:
Vacaciones disponibles: 27 días.
Mantengo el cursor sobre el botón de nueva solicitud.
Podría pedir una semana. El equipo ha demostrado que puede funcionar. Los asuntos verdaderamente urgentes ya están resueltos.
No pulso.
Tomar cinco días de vacaciones después de una noche de salsa con Cristina sería una correlación demasiado evidente incluso para mí.
Cierro la pestaña.
Después consulto la dirección de La Casa, me pongo la americana y bajo al vestíbulo para dejar el equipaje preparado.
Solo voy a despedirme.
La explicación resulta perfectamente razonable hasta que abro el calendario y bloqueo dos horas.
12:30-14:30. La Casa de las Golondrinas.
Esta vez no añado el nombre de Cristina. No hace falta.