Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 9 El peso de la clave
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Capítulo 9 El peso de la clave

CRISTINA

Alia paga la cuenta con esa velocidad fulminante que utiliza siempre que necesita levantar un escudo.

El plástico de su tarjeta golpea el datáfono antes de que el camarero termine de pronunciar las buenas noches, como si quisiera comprar su salida inmediata de una conversación que se le ha escapado de las manos.

Sin embargo, al salir al suelo adoquinado de la calle, no saca el teléfono.

Conozco de memoria sus inercias. Si Alia hubiera querido terminar la noche allí, tendría una aplicación de transporte abierta antes de cruzar el umbral del restaurante, con la matrícula del coche memorizada y el cuerpo ya orientado hacia la calzada.

Pero se queda de pie bajo la luz mortecina de una farola, con las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina, contemplando cómo el cielo del Gòtic termina de cerrarse en un tono casi negro.

Sé que está calculando los riesgos de quedarse, y que va perdiendo la cuenta.

—No vas a pedir un taxi —digo, colocándome a su lado.

—Está refrescando —responde ella, esquivando la afirmación—. Deberíamos caminar un poco para despejarnos. Si no te importa.

—No me importa.

Cruzamos la Via Laietana y nos adentramos en las primeras calles del Born. El silencio entre las dos ya no es el de la tarde; tiene otra densidad, el peso sordo de las cosas que se admiten a medias.

Mi frase en el restaurante todavía flota en el espacio: «Me acuerdo de más cosas de las que probablemente debería».

Alia camina con la vista al frente, pero su paso ya no es la marcha militar de la ejecutiva que arrastra los pies por una feria tecnológica.

Su ritmo se acopla al mío de manera natural.

Demasiado natural para su gusto; noto cómo corrige la postura cada vez que nuestros hombros se rozan por culpa del empedrado.

Entramos en un pasaje especialmente estrecho, donde las fachadas de piedra parecen cerrarse sobre nuestras cabezas. De pronto, el zumbido rápido de una bicicleta sin luces rompe la calma, bajando a toda velocidad desde una esquina ciega.

No lo pienso. Agarro a Alia por el antebrazo y tiro de ella hacia la pared, obligándola a retroceder.

Su espalda toca la pared. Mi mano sigue alrededor de su brazo.

Estamos tan cerca que noto cómo contiene el aire, y el calor que desprende su piel me golpea a través de la ropa.

El ciclista pasa como una exhalación, dejando un rastro de viento frío que apenas nos roza, pero ninguna de las dos se mueve de inmediato.

Sostiene mi mirada en la penumbra del callejón, con las pupilas dilatadas y los hombros tensos.

Tardo un segundo de más en retirar la mano, deslizando los dedos por la tela de su manga con una lentitud deliberada.

Sus ojos siguen el movimiento de mis dedos cuando me alejo, dejando un vacío físico que se siente de inmediato.

Alia traga saliva, un pequeño movimiento en su garganta que delata que su racionalidad acaba de sufrir un cortocircuito.

Antes de que podamos restablecer el perímetro de seguridad, las primeras gotas de una lluvia fina y decidida empiezan a golpear el suelo. El viento se cuela por el pasaje, arrastrando las hojas secas y obligándonos a buscar refugio.

—Nos vamos a mojar —dice Alia, mirando a su alrededor con una urgencia que esta vez no tiene nada de corporativa.

—Por aquí.

A mitad de la siguiente calle, filtrándose por los tablones de una puerta de madera oscura y entornada, nos llega una vibración sorda.

No es la música comercial que atruena en los locales para turistas.

Es un golpe denso, el patrón inconfundible de un tumbao de piano y un cencerro viejo que marca una salsa pesada de los setenta.

Un ritmo lento, arrastrado, de los que exigen peso en los pies.

Alia se detiene en seco. Veo cómo sus hombros reaccionan antes de que su mente pueda procesarlo. Es memoria muscular. O algo más profundo.

—Entremos —dice.

El local nos recibe con una oleada de calor, humedad y luz roja. El espacio es estrecho, con un aroma a madera vieja y ron que evoca los clubs clandestinos. En la pequeña pista del fondo, apenas tres o cuatro parejas se mueven con esa parsimonia concentrada de los que dominan el contratiempo.

Nos colocamos cerca de la barra. Alia se quita la gabardina con movimientos lentos, dejando a la vista la americana gris que modela su figura recta.

Me fijo en sus zapatos: el derecho ya está golpeando la madera del suelo, siguiendo la clave con una precisión matemática que los años de despachos no han logrado borrar.

La miro de reojo mientras el camarero nos sirve.

—Pensaba que ya no bailabas —le digo, rescatando sus palabras del restaurante.

Alia levanta los ojos. Hay una chispa de desafío en su mirada, la misma obstinación con la que discutía hasta la última cifra de un caso práctico en la universidad. Solo que ahora también hay algo más.

—Yo también lo pensaba —contesta, dando un sorbo corto a su copa sin dejar de mirarme.

Suena un cambio de tema en los altavoces. El piano introduce una melodía pausada, un son montuno cadencioso que llena el local de una atmósfera densa y pegajosa. Es una invitación explícita, de las que no admiten prisa.

Dejo mi vaso en la barra y doy un paso hacia ella, invadiendo el espacio que tanto le ha costado proteger durante toda la tarde.

—Pruébalo —le digo, tendiéndole la mano con la palma hacia arriba.

Alia mira mi mano. Sus dedos se mueven apenas, como si estuviera a punto de aceptar antes de que su cabeza termine de darle permiso.

—Cris, hace más de quince años que no…

—Solo es el paso básico, Alia. No hay balances que cuadrar aquí.

Sostiene la respiración, mira la pista y, finalmente, cede. Su mano cae sobre la mía. Está templada, firme, y sus dedos se cierran sobre los míos con una seguridad imprevista. El roce de su piel contra la mía me recorre la espina dorsal como una descarga eléctrica.

No me arrastra, pero en cuanto pisamos la madera, asume el control de forma espontánea.

Nos movemos hacia un rincón de la pista, donde la luz roja apenas deja ver los contornos.

Alia coloca su mano izquierda en mi espalda, justo debajo del omóplato.

La presión de su palma es exacta, nítida, marcando una dirección tan clara que mi cuerpo responde antes de que pueda pensarlo.

Su otra mano mantiene la mía a la altura de nuestros hombros, con una distancia que parece prudencial, pero que el propio ritmo se encarga de acortar.

Damos el primer paso atrás. Uno, dos, tres.

Me sorprende descubrir que su técnica está intacta.

No hay rigidez en su cadera; se mueve con una fluidez densa, asumiendo el peso de la música con una naturalidad que creía perdida entre correos electrónicos y reuniones de estrategia.

En el cuarto tiempo, durante la pausa de la clave, nuestras rodillas se rozan de forma sutil bajo la tela de nuestras ropas.

Alia no se aleja; al contrario, dibuja un giro limpio que me obliga a pivotar sobre el talón.

Al regresar a su encuentro, la descubro sonriendo. Es una sonrisa pequeña, espontánea, libre de ese cálculo profesional que la acompaña siempre. Al ver mi sorpresa, su sonrisa se ensancha un poco más, y por un instante la directora comercial desaparece por completo.

Cada cambio de peso es una negociación silenciosa.

Dejamos de mirar a nuestro alrededor; el entorno se reduce al pequeño espacio de madera que ocupamos y al juego de fuerzas entre sus manos y mi espalda.

Propongo un sutil cambio de velocidad, un amago en el contratiempo, y Alia responde al instante, acoplándose a mi movimiento antes de recuperar el liderato con un nuevo desplazamiento hacia delante.

Hay alegría en la forma en que nos reconocemos sobre la pista, una complicidad antigua que reaparece en la forma en que nuestros cuerpos se escuchan.

La canción empieza a desvanecerse. Alia reduce el movimiento hasta que nuestros pies quedan quietos, pero su mano permanece en mi cintura.

Ninguna se aparta.

A nuestro alrededor, otras parejas abandonan la pista y el camarero recoge dos vasos de la barra. Alia sigue respirando cerca de mi rostro, con los labios entreabiertos y una expresión que no le he visto en toda la tarde.

No es la directora comercial. Tampoco es exactamente la universitaria que conocí.

Es algo intermedio. Es una mujer que acaba de encontrarse dentro de su propio cuerpo y parece sorprendida de seguir allí.

—Sigues bailando igual —murmuro.

Alia baja la mirada hacia nuestras manos. Sus dedos continúan presionando mi costado, dibujando una quemadura invisible sobre mi piel.

—No —dice.

Levanta los ojos hacia mí. Y la vulnerabilidad que veo en ellos me corta la respiración.

—Contigo no.

Una pareja pasa demasiado cerca para salir del local y nos obliga a separarnos. El frío ocupa de inmediato el espacio que deja su cuerpo. El aire de repente parece demasiado ligero, demasiado vacío.

Alia recoge su gabardina de la barra, pero ya no parece tener prisa por marcharse. Tiene las mejillas encendidas y los ojos fijos en los míos, como si acabara de tomar una decisión corporativa irreversible.

—Otra —dice, con la voz ligeramente más grave.

—¿Otra copa?

La esquina de su boca se eleva, y me sostiene la mirada con una intensidad que me hace dar un vuelco al corazón.

—Otra canción.