Capítulo 8 Lo que no debería alargarse
ALIA
La puerta del Museu Frederic Marès se cierra a nuestras espaldas. Consulto el reloj por puro reflejo.
La videollamada con el socio académico de Múnich empieza dentro de cinco minutos.
Deslizo una mano en el bolsillo de la gabardina y compruebo que la cartera sigue allí. Bajo las yemas de los dedos noto el borde rígido de la tarjeta que guardo en uno de sus compartimentos. Cristina no ha preguntado por ella. Ni siquiera cuando me he quedado demasiado quieta frente a la vitrina.
Su discreción debería tranquilizarme. En cambio, me hace sentir más expuesta. Como si pudiera leerme a través de la piel sin necesidad de que yo abra la boca.
—Tengo que volver al hotel —digo al llegar a la Plaça de Sant Iu—. La llamada empieza a las seis.
Cristina se ajusta la bufanda sin intentar disuadirme.
—Claro. No quiero que llegues tarde por mi culpa.
La respuesta es tan razonable que me irrita ligeramente. Quiero que me pida que me quede. Quiero tener una excusa externa para cometer una insensatez.
Miro hacia la catedral, recortada contra un cielo que empieza a oscurecer, tiñéndose de ese mismo violeta que me persigue desde ayer. Después noto el vacío del estómago. No he comido nada sólido desde el desayuno de trabajo.
—Aunque podría tomar algo antes.
Cristina me observa, esperando. Sus ojos oscuros captan el cambio de viento al instante.
—Algo rápido —aclaro—. La videollamada puede hacerla Carlos.
Saco el teléfono y escribo antes de poder reconsiderarlo, con los dedos moviéndose por la pantalla a una velocidad casi febril:
Carlos, dirige tú la sesión con el socio de Múnich. Tienes toda la información del presupuesto del programa piloto. Confío en tu criterio.
La respuesta llega casi de inmediato.
Sin problema. Me encargo yo. Disfruta de la tarde.
Leo el mensaje dos veces.
El mundo corporativo acaba de demostrar que puede sobrevivir perfectamente sin mí durante noventa minutos. Resulta ofensivo. Y, al mismo tiempo, noto cómo se me aflojan los hombros. Una sensación expansiva y peligrosa.
—Ya está —digo, guardando el móvil—. Tengo tiempo.
—Qué temeridad.
—No exageres.
—Acabas de delegar una reunión. Dame unos segundos para asimilarlo.
La sigo por las calles del Gòtic hasta un local pequeño, apartado del tránsito de las plazas principales. Dentro hay paredes de piedra, mesas de madera oscura y una luz cálida que vuelve más amable incluso el cansancio acumulado en mi cara.
Cristina saluda a la mujer de la barra y pide un vermut. Yo elijo una copa de vino blanco. Compartimos unas alcachofas y un plato de cecina que llega a la mesa sin ceremonias.
La observo acomodarse en la silla. No comprueba dónde está la salida ni coloca el bolso de forma que pueda levantarse rápidamente. Simplemente se sienta. Ocupa el espacio con una paz que me resulta magnética y desesperante a la vez.
—Así que pasas mucho tiempo en La Casa —digo.
—El que puedo. Ayudo con las presentaciones, los proveedores, las cuentas cuando hace falta…
—Ayer dijiste que colocabas cuatro sillas.
—También coloco sillas.
—Y haces todo lo demás.
Cristina parte un trozo de pan.
—Me gusta que las cosas funcionen.
—Eso sí lo recuerdo.
—Tú querías que funcionaran exactamente como habías previsto. No es lo mismo.
Sonrío antes de beber. El vino me calienta la garganta, pero el verdadero calor viene de tenerla enfrente.
—¿Sigues trabajando para la fundación cultural?
—Sí. Coordino actividades y parte de la gestión. No es un puesto emocionante, pero estoy bien.
—¿Y nunca has pensado en dirigir tu propio proyecto?
La pregunta produce un cambio pequeño. Cristina deja el pan en el plato y baja la vista hacia las vetas de la mesa.
—No todo el mundo necesita dirigir algo.
—No he dicho que lo necesites.
—Lo estabas pensando.
—Estaba pensando que tienes capacidad para hacerlo.
Levanta los ojos hacia mí. Durante un segundo parece que va a responder con sinceridad, pero termina encogiéndose de hombros.
—Sostener las ideas de otras mujeres también tiene valor.
—Por supuesto.
—Ese «por supuesto» ha sonado mucho a «pero».
—No había ningún pero.
Cristina arquea una ceja, y la distancia entre nosotras en esta mesa tan pequeña se reduce a nada.
—Sigues mintiendo fatal.
La frase me hace reír. También consigue que la conversación se desplace antes de que pueda preguntarle qué haría si dejara de ponerse siempre al servicio de los proyectos ajenos.
Ella aprovecha la ventaja.
—¿A ti te gusta realmente tu trabajo?
—Sí.
No necesito pensarlo.
—Me gusta negociar. Me gusta entender qué necesita un socio corporativo antes de que consiga formularlo. Me gusta ver cómo un equipo resuelve algo que parecía imposible unas horas antes.
—Eso ha sonado casi apasionado.
—Porque lo es.
Cristina asiente. No intenta convertirme en una mujer secretamente infeliz que necesita ser rescatada de su despacho. Agradezco que no lo haga.
—¿Y cuándo fue la última vez que estuviste de vacaciones sin llevarte el ordenador?
Muevo la copa entre los dedos.
—Tengo bastantes días acumulados.
—No era la pregunta.
Intento recordar un viaje sin correos nocturnos, llamadas breves o una tarifa de datos internacional. No encuentro ninguno reciente.
—El departamento de Desarrollo Corporativo nunca considera que sea un buen momento.
—Tú diriges el departamento de Desarrollo Corporativo.
—Precisamente. Conozco todos sus problemas.
—Y te has convertido en uno de ellos.
La miro, sintiendo cómo una chispa de la antigua complicidad prende entre las dos.
Cristina sonríe sobre el borde del vaso, satisfecha consigo misma.
—Te has vuelto insolente.
—Siempre lo fui. Tú estabas demasiado ocupada corrigiendo los apuntes para darte cuenta.
—No corregía los apuntes.
—Alia, utilizabas tres colores distintos para separar errores conceptuales, imprecisiones y simples erratas.
—Era un sistema útil.
—Solares, la profesora de macroeconomía, te tenía miedo.
—Solares proyectaba gráficos con datos incompatibles.
—¿Ves?
Nos reímos. La facilidad con la que aparece la conversación me desconcierta más que cualquier silencio. Es como si el tiempo no hubiera pasado, como si el hueco de más de veinte años se borrara con cada una de sus sonrisas.
Durante unos minutos volvemos a hablar de la época universitaria sin acercarnos a aquello que ninguna ha nombrado: los tés de máquina, las tardes de biblioteca, una presentación que improvisamos porque nuestro compañero desapareció, las fiestas a las que yo la arrastraba.
—Tú no querías ir nunca —le recuerdo.
—Prefería quedarme leyendo.
—Y después eras la última en marcharte.
—Porque me gustaba verte bailar.
Cristina lo dice sin bajar la mirada. Directa. Sin filtros.
El vino se me queda quieto en la mano. El aire de la sala se vuelve súbitamente espeso.
—Bailabas muy bien —continúa—. Nadie en la facultad se movía como tú.
La memoria aparece antes de que pueda impedirlo: el calor de un aula llena, las ventanas abiertas, mi mano en su espalda, Cristina intentando seguir el paso básico y aprendiendo demasiado deprisa.
—Eso pertenecía a otra época —digo, intentando recuperar mi tono profesional, aunque la voz me sale un hilo más grave.
—¿Ya no bailas?
—No.
—¿Por qué?
—Porque las personas cambian.
La respuesta suena más seca de lo que pretendía. Dejo la copa sobre la mesa.
—Tengo más responsabilidades. Menos tiempo. Hay aficiones que pertenecen a versiones anteriores de una misma.
Cristina me observa en silencio. Sus ojos oscuros brillan bajo la luz cálida, desnudando mi mentira.
—No sabía que las versiones anteriores caducaban.
No encuentro una respuesta inmediata.
La mujer de la barra deja la cuenta en un extremo de la mesa. Podría aprovechar la interrupción para cambiar de tema, pero Cristina sigue mirándome con esa calma que nunca exige y, aun así, vuelve difícil escapar.
—Creía que no te acordabas de aquello —digo, apenas en un susurro.
—¿De verte bailar?
Asiento.
Cristina se recuesta en la silla. La luz de la lámpara le dibuja una sombra suave bajo los pómulos.
—Me acuerdo de más cosas de las que probablemente debería, Alia. —Su voz tiene una vibración que me acaricia directamente el esternón.
Ninguna pregunta cuáles. La sola mención de esos recuerdos hace que la distancia entre nosotras arda.
Saco la tarjeta para pagar con dedos ligeramente torpes, ansiosa por levantarme antes de hacer algo mucho menos prudente, como inclinarme sobre la mesa y pedirle que me lo cuente todo.