Capítulo 7 El arte de guardar demasiado
CRISTINA
El silencio del Museu Frederic Marès tiene una densidad distinta a la de otros lugares de Barcelona. Entre los muros del antiguo Palacio Real de los Condes, nuestros pasos sobre el suelo pulido se mezclan con algún murmullo lejano y el crujido ocasional de la madera.
Alia camina a mi lado con las manos hundidas en los bolsillos de una gabardina color arena. Ha llegado a las cuatro en punto, por supuesto. Ni un minuto antes ni uno después.
Observa las vitrinas del Gabinete del Coleccionista con la misma concentración que dedicaba a los casos prácticos en la universidad, como si en algún lugar tuviera que existir una explicación capaz de ordenar aquel exceso.
Nos detenemos frente a una colección de abanicos de nácar, madera, encaje y seda.
—No consigo descifrar el criterio —dice—. Algunos parecen agrupados por materiales y otros por épocas, pero después aparecen piezas que rompen por completo el patrón.
Se inclina ligeramente hacia el cristal.
—¿Cuántos abanicos puede necesitar una persona?
Me coloco a su lado. Estoy lo bastante cerca para percibir la nota cítrica de su perfume, mezclada con el olor tenue a madera antigua de las salas.
—Marès no los guardaba porque los necesitara.
—Eso resulta evidente.
—Coleccionaba objetos que otras personas habrían considerado prescindibles. Cosas cotidianas. Abanicos, relojes, juguetes, fotografías, llaves… Para él también contenían una parte de la historia.
Alia vuelve a mirar la vitrina.
—Una parte de la historia que ocupa muchos metros cuadrados.
—Sabía que conseguirías calcular el valor inmobiliario de la nostalgia.
La esquina de su boca se curva.
—No lo estoy calculando.
—Todavía.
Avanzamos hacia otra sala. Las vitrinas están llenas de objetos pequeños que alguna vez acompañaron vidas concretas: relojes, cajitas, utensilios, llaves de cerraduras que probablemente ya no existen.
Alia se detiene frente a estas últimas.
Su respiración ha perdido la urgencia con la que llegó a nuestra cita. Ya no consulta el móvil cada pocos minutos. Ni siquiera lo lleva en la mano.
—¿Qué crees que convierte algo en importante? —pregunta.
Su voz ha cambiado. Es más baja, más curiosa. Se parece a la que utilizaba cuando nos quedábamos hablando en los bancos del claustro después de que la biblioteca cerrara.
—La memoria que contiene.
Me mira.
—Eso no puede medirse.
—No todo necesita poder medirse.
Señalo una de las llaves, oscura y pesada.
—El metal no tiene nada especial. Lo importante es la puerta que abría. Lo que había al otro lado. O la persona que decidió conservarla cuando ya no servía para entrar en ningún sitio.
Alia guarda silencio.
Su mirada permanece fija en la vitrina, aunque tengo la impresión de que ha dejado de ver las llaves.
—Es una interpretación muy romántica.
—Gracias.
—No pretendía que fuera un cumplido.
—Pero lo ha sido.
Reanudamos el paseo. Durante unos metros solo se escucha el eco amortiguado de nuestros pasos.
—Tú también guardabas cosas —digo.
Alia gira la cabeza hacia mí.
—¿Yo?
—Las entradas de los conciertos. Las notas que nos dejábamos en las taquillas. Hasta las etiquetas de aquellos tés horribles que tomábamos junto a la universidad cuando llovía.
—No eran horribles.
—El de frutos del bosque sabía a ambientador.
—Era barato.
—Eso no lo hacía mejor.
Alia sonríe, pero la mandíbula se le tensa casi al mismo tiempo.
—Dejé de guardar esas cosas hace años.
Se vuelve hacia una vitrina llena de pequeños utensilios de costura.
—El espacio es limitado y la nostalgia no resulta especialmente útil.
—Claro.
—Ahora digitalizo lo que quiero conservar. Es más práctico.
Asiente una vez, como si acabara de presentar una conclusión ante un consejo de administración.
No discuto.
Alia da un paso hacia la sala siguiente. Antes de avanzar, la mano derecha se mueve dentro del bolsillo de la gabardina. Sus dedos presionan el tejido durante un instante, protegiendo algo que lleva guardado allí.
El gesto es breve.
Quizá cualquier otra persona no lo habría advertido.
Yo recuerdo verla hacer lo mismo en la universidad cuando escondía una nota doblada, una entrada o cualquier objeto al que había decidido concederle más importancia de la que estaba dispuesta a reconocer.
Alia sigue caminando hacia la luz de la escalera. Impecable, contenida, convencida de que acaba de cerrar la conversación.
La sigo sin decir nada.
No sé qué conserva en ese bolsillo. Pero sé que no lo ha digitalizado todo.