Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 6 Una decisión poco eficiente
22%

Capítulo 6 Una decisión poco eficiente

ALIA

El silencio de la habitación del hotel en el Paseo de Gracia es casi absoluto, roto únicamente por el sonido de mis dedos sobre el teclado.

Son las doce y media de la noche. La cena con los responsables del consorcio tecnológico y del área internacional de San Griselmo ha terminado hace apenas una hora.

Un éxito rotundo medido en acuerdos verbales que mañana quedarán fijados por escrito.

Debería sentir la adrenalina del triunfo corporativo, esa satisfacción limpia que me produce el trabajo bien hecho.

Pero tengo el cuerpo extrañamente ausente.

Debería estar redactando el acta de la reunión, pero mi mirada se desvía, casi de forma magnética, hacia la esquina superior de la pantalla. El calendario muestra la planificación del sábado.

16:00-18:00. Museo con Cristina.

Ciento veinte minutos reservados en mitad de un viaje de negocios.

Modificar la agenda me obligará a revisar los informes del programa ejecutivo de Múnich de madrugada y a utilizar parte del domingo para llegar a Sants con el trabajo terminado. No es grave. Ni siquiera especialmente complicado. Solo impropio de mí.

Podría borrar el bloque.

No lo hago.

Cierro el portátil de golpe y la luz blanca de la pantalla desaparece, dejando mis ojos a oscuras.

La habitación queda sumida en una penumbra mucho más amable.

Giro el cuello lentamente, intentando aliviar la tensión acumulada durante el día, y me siento en el borde de la cama.

Las sábanas del hotel están frías, tirantes, idénticas a la armadura que me pongo cada mañana.

En el patio de La Casa, Cristina se ha reído igual que en las tardes de biblioteca de la universidad. Con ese movimiento de los hombros, con esa ausencia absoluta de cautela que siempre conseguía hacerme reír también, incluso cuando estaba decidida a permanecer de mal humor.

El reencuentro ha abierto una grieta pequeña, pero suficiente. Y por mucho que intente taparla con hojas de cálculo, el dique ha cedido.

Por ella empiezan a entrar imágenes que llevaba años sin convocar: sus manos sobre una mesa de madera gastada, el borde mordisqueado de un bolígrafo, su voz calmándome antes de un examen, una fiesta universitaria al final de segundo curso...

Detalles que mi memoria había archivado bajo llave y que ahora reclaman su espacio con una nitidez insultante.

Me tumbo sobre la colcha sin deshacer la cama, con la americana todavía puesta, como si temiera desarmarme del todo.

Necesito dormir. A las ocho tengo la primera reunión del día y Carlos enviará el informe de Múnich antes de las siete. Sin embargo, el silencio del hotel resulta demasiado denso, demasiado lleno de ella.

Cojo el teléfono y abro YouTube. Suelo utilizar música de jazz o alguna lista instrumental para trabajar cuando estoy fuera de casa. Sonidos sin letra, sin asociaciones, sin la capacidad de llevarme a ningún sitio en particular. Música anestésica.

Esta noche hay una melodía rondándome desde que he salido del Poble-sec. Un ritmo lento que me golpea el pulso desde el estómago.

Una entrada de piano. La percusión contenida. Después, los metales.

Tecleo las primeras letras del título. No necesito consultar el nombre del artista ni completar la búsqueda. Lo recuerdo todo. Mi memoria, tan selectiva para los negocios, guarda este dato en alta definición.

Es una canción de salsa clásica, elegante, más lenta de lo que se suele bailar ahora.

La misma que sonaba aquella noche cuando éramos estudiantes.

La mano de Cristina se apoyó en mi hombro y, durante unos minutos, olvidé que debía saber en todo momento qué estaba haciendo.

Olvidé quién se suponía que tenía que ser.

Pulso el primer resultado y dejo el móvil sobre la mesilla.

Los acordes del piano llenan la habitación.

Cierro los ojos.

El efecto no es inmediato en mi memoria, sino en mi cuerpo. Los hombros se me aflojan apenas un milímetro. Mi respiración se adapta a la clave y el pie derecho marca el ritmo contra la alfombra antes de que pueda impedírselo. Es una traición biológica en toda regla.

Ya no estoy en la habitación de un hotel de cinco estrellas.

Estoy en aquella fiesta.

Recuerdo el calor acumulado en un aula demasiado llena. Las ventanas abiertas de par en par. El olor dulce de las bebidas baratas. El suelo vibrando bajo los zapatos.

Y a Cristina frente a mí.

Al principio se reía porque no sabía dónde poner las manos. Yo le expliqué el paso básico, contando en voz baja, sintiendo el roce de sus dedos inexpertos contra los míos, aunque ella dejó de necesitar mi ayuda mucho antes de que terminara la canción.

No era una gran bailarina. Era mejor que eso. Escuchaba.

Seguía la presión de mi mano, respondía a cada cambio de peso y me miraba como si bailar conmigo no fuera una actividad más dentro de una fiesta, sino una conversación que las demás personas no podían oír. Una complicidad tan privada que me asustó.

Recuerdo haber pensado que estaba demasiado cerca.

Recuerdo no haberme apartado. Deseando, con una culpa feroz, que la música no parase nunca. Hasta que terminó la canción.

Abro los ojos. La habitación vuelve a materializarse a mi alrededor: las cortinas gruesas, el escritorio, la americana colgada cuidadosamente en el respaldo de una silla. La realidad vuelve a reclamar su sitio.

La música continúa.

Mañana a las cuatro volveré a medir mis palabras. Llegaré puntual, escogeré ropa adecuada para caminar y procuraré que la tarde no adquiera una importancia que todavía no tiene. Mantendré la distancia.

Pero esta noche me permito escuchar la canción entera.

Cuando termina, desbloqueo el teléfono para cerrar la aplicación. Bajo el título aparece un pequeño icono marcado.

Guardado en Favoritos.

Frunzo el ceño. El aire se me vuelve a atascar en la garganta.

No recuerdo cuándo lo añadí. Quizá alguna noche en la que todavía me permitía pensar en lo que podría haber ocurrido.

Vuelvo a pulsar el botón de reproducción. Esta vez no cierro los ojos.