Capítulo 5 El teorema de las tazas de té
La biblioteca de la facultad de ADE en San Griselmo siempre olía a una mezcla exacta de tres cosas: el barniz viejo de las mesas de roble, la humedad que se desprendía de las gabardinas colgadas en los pasillos y ese café barato de máquina que sabía más a plástico quemado que a cafeína.
Fuera, Madrid se estaba deshaciendo bajo una de esas tormentas de noviembre que convertían los adoquines del campus en espejos negros.
Dentro, el único sonido era el rasgueo rítmico de los bolígrafos, el pasar de las páginas y, justo a mi lado, el chirrido desquiciante del rotulador fluorescente de Alia Bensaïd.
Chas. Chas. Chas.
Era el tercer color que usaba en los últimos veinte minutos.
El rosa para los títulos oficiales, el amarillo para las tesis doctrinales y, en ese momento, el verde menta para las excepciones del código de comercio.
Alia no estudiaba; atacaba el temario. Marcaba el papel con la precisión de un cirujano que traza una incisión.
Tenía la espalda tan recta que me dolía la mía solo de mirarla, y su melena oscura, recogida en una coleta alta y tan tirante que le acentuaba los pómulos, no dejaba escapar ni un solo pelo rebelde. Daba rabia lo jodidamente perfecta que se veía incluso al borde de un ataque de nervios.
—Si sigues apretando el papel con esa fuerza, vas a acabar despertando a los fundadores de San Griselmo, Bensaïd —le susurré, inclinándome hacia su lado de la mesa. Tan cerca que el calor de su brazo me rozaba el costado.
Alia ni siquiera parpadeó. Su mirada seguía fija en el tomo de cuatrocientas páginas.
—Faltan exactamente catorce días para el examen final de Derecho Mercantil, Cris —respondió, sin bajar el volumen de su susurro, que sonó tan afilado como una hoja de afeitar—.
El profesor Domingo solo ha aprobado a un tercio de la clase en la convocatoria ordinaria de los últimos cinco años.
Así que, por favor, déjame desangrar el código en paz.
Me recosté en la silla, cruzando los brazos sobre mi sudadera. La miré de reojo. Tenía unas ojeras sutiles, de un tono violáceo que delataba las noches en vela a base de tazas de té negro y galletas de avena integrales. Y, aun así, me costaba una barbaridad apartar los ojos de ella.
Alia vivía en el futuro. Cada hora de su día estaba planificada en una agenda de piel negra que guardaba en su mochila como si fuera un tesoro de Estado. Para ella, San Griselmo no era un lugar donde aprender; era un tablero de ajedrez donde cada movimiento tenía que asegurar su plan de carrera.
Y luego estaba yo. Que estaba allí matriculada porque ADE daba salidas, pero en realidad dedicaba mucho más tiempo al grupo de teatro, a las noches del sábado y a buscar cualquier excusa para romperle los esquemas a mi compañera de mesa.
Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué una pequeña etiqueta de cartulina, la que venía sujeta al hilo de mi té de frutos del bosque. En el reverso limpio, escribí con mi caligrafía desordenada:
«El mundo se va a caer en cinco minutos. Vamos a ver el desastre desde el pasillo».
Deslicé la cartulina sobre su manual, justo encima del artículo que estaba intentando memorizar.
Alia detuvo el brazo. Se quedó mirando el trozo de papel.
Luego, muy despacio, giró la cabeza hacia mí.
Sus ojos se clavaron en los míos. Había una batalla silenciosa librándose detrás de sus pupilas: la estudiante hiperexigente contra la chica de diecinueve años que se estaba quedando sin aire.
Sostuve la mirada, desafiándola a ser humana por una vez.
Ganó la chica.
Soltó un suspiro largo, cerró el fluorescente verde con un clic rotundo y se levantó de la silla sin hacer ruido.
La seguí por el pasillo de baldosas ajedrezadas hasta llegar al viejo invernadero abandonado de la parte trasera de la facultad, un lugar que casi nadie usaba porque las vidrieras estaban rotas y hacía frío.
Pero tenía algo que a mí me encantaba: el sonido de la lluvia golpeando directamente contra el techo de cristal y el olor a tierra mojada.
Nos apoyamos contra la barandilla de hierro forjado que daba al jardín botánico inferior. El frío nos golpeó la cara al instante, haciéndonos temblar.
—Estás loca, Cris —murmuró Alia, frotándose los brazos con las manos. Sin embargo, no hizo amago de volver dentro—.
Sus hombros cayeron y, de repente, todo su control se desmoronó.
Apoyó la frente contra mi hombro, un gesto tan inusual en ella, tan sumamente íntimo, que el corazón me dio un vuelco salvaje y me dejó sin respiración.
Me quedé inmóvil, temiendo que si me movía, ella recordaría quién era y volvería a levantar el muro.
—Siento que voy en un tren que no puedo frenar, Cris —confesó con la voz ahogada por el cansancio—.
Mis padres se han pasado la vida trabajando catorce horas al día en la tienda para que yo esté aquí.
Si fallo, si cometo un solo error, siento que todo el esfuerzo de mi familia no habrá servido para nada.
—No vas a fallar, Alia.
—No es solo la universidad. En mi casa hay una forma correcta de hacer las cosas. Estudias, encuentras un buen trabajo, agradeces lo que han hecho por ti, te casas, formas una familia. Todo tiene un orden.
—¿Y dónde entras tú en ese orden?
Alia levantó la cabeza de mi hombro. Durante unos segundos se quedó mirando el jardín bajo la lluvia.
—No lo sé —admitió—. Hay preguntas que complican demasiado las cosas.
—Quizá las complican porque son importantes.
—Eso es muy propio de ti.
—Y tú intentas convertir cualquier cosa importante en un problema que puede resolverse estudiando más horas.
La obligué a mirarme, colocando una mano suavemente en su brazo. Su piel estaba helada, pero bajo mis dedos noté cómo se tensaba al contacto. Tenía los ojos brillantes por el cansancio.
—Tu familia no quiere una máquina con un título de propiedad. Te quieren a ti. Y yo también te quiero, aunque no saques matrícula. —La palabra "quiero" flotó en el aire del invernadero con un peso que ninguna de las dos se atrevió a calibrar.
Alia se quedó inmóvil. Sus ojos recorrieron mis facciones y se detuvieron en mis labios, húmedos por la lluvia que se filtraba entre los cristales rotos. El espacio entre nosotras se redujo a nada.
Durante un segundo, mientras el agua tronaba sobre nuestras cabezas, creí que iba a acercarse. Creí que me iba a besar.
En cambio, con un esfuerzo sobrehumano que casi dolió ver, volvió la cara hacia el jardín. El escudo había vuelto a subir, pero la grieta ya estaba hecha.
—Prométeme una cosa, Cris.
—Lo que quieras.
—Si algún día vuelvo a encerrarme en todo esto, recuérdame que aquí podía respirar.
—Te lo recordaré.