Capítulo 4 Las cosas que permanecen
CRISTINA
El patio de La Casa es un pequeño refugio oculto entre las paredes de piedra de la antigua masía. La temperatura ha bajado un par de grados y el aire de la noche arrastra el olor húmedo de la hiedra que trepa por los muros.
Nos protegemos del viento bajo una de las arcadas, junto a un farol que extiende una luz ambarina sobre las baldosas.
Alia sostiene la copa de Priorat por el tallo. Sus ojos se desvían hacia la pantalla de su teléfono cuando vibra sobre la mesa alta de hierro.
Solo una vez. Aun así, la mandíbula se le tensa.
Después de leer la notificación, da la vuelta al móvil y lo deja boca abajo.
—¿Problemas en Madrid? —pregunto.
—Urgencias que pueden esperar diez minutos.
Sonríe. Esta vez de verdad, sin esa contención impecable con la que ha entrado en La Casa.
Nos quedamos unos segundos en silencio. El murmullo de las demás mujeres llena el patio sin invadir nuestro rincón.
La distancia entre nosotras es perfectamente educada. Algo menos de un brazo. Suficiente para que, cuando el viento cambia, me llegue una nota cítrica de su perfume.
No sé si es el mismo que utilizaba en la universidad o si mi cuerpo se ha apresurado a completar el recuerdo.
—Barcelona te sienta bien, Cris —dice.
Su mirada recorre mi rostro despacio, deteniéndose un segundo de más en mis labios. Me froto el pulgar contra la yema del índice antes de guardar la mano en el bolsillo, intentando aplacar las ganas de acortar la distancia.
—Llevo aquí toda la vida.
—No me refería a la ciudad.
La observo por encima de la copa.
—¿A qué te referías?
Alia parece reconsiderar la respuesta.
—A esta vida. Te veo… bien.
—Lo estoy.
Doy un sorbo al vino. El sabor se queda un instante en la lengua, cálido y ligeramente áspero.
—He tardado un poco en construirla, pero me gusta.
Sus dedos giran la base de la copa sobre el hierro.
—¿La has construido sola?
La pregunta intenta pasar por casual, aunque deja de mover el cristal mientras espera mi respuesta.
—Ahora sí. Terminé una relación hace un par de años.
Alia levanta ligeramente las cejas.
—No lo sabía.
—Hacía bastante tiempo que no sabías nada de mí.
No lo digo como un reproche. Al menos, no quiero que lo parezca.
Ella baja la mirada hacia el vino.
—Es verdad.
—Estuvimos juntas muchos años —continúo—. Nos queríamos, nos entendíamos y funcionábamos estupendamente. Quizá demasiado bien. Un día nos dimos cuenta de que llevábamos mucho tiempo organizando una vida y muy poco viviéndola.
Alia vuelve a mirarme.
—Lo siento.
—No fue una tragedia. Dolió, claro, pero terminamos antes de empezar a hacernos daño. Ahora estamos las dos bien.
Asiente despacio. Sus hombros parecen haber bajado un poco desde que hemos salido al patio.
—Me alegro. Siempre fuiste la más sensata de las dos.
—Eso es porque tú intentabas racionalizar hasta el orden de los apuntes.
Alia suelta una carcajada inesperada. Una de esas risas que le mueven los hombros y le borran durante unos segundos la línea de tensión entre las cejas.
El sonido me atraviesa el pecho con una familiaridad incómoda. Me quema por dentro.
Había olvidado por completo cuánto me gustaba ser la única persona capaz de hacerla reír así.
—¿Y tú? —pregunto cuando la risa se apaga—. ¿Has construido sola esa vida impecable?
Alia baja la mirada hacia la copa.
—Me casé.
—Lo sé.
Sus dedos dejan de mover el cristal de golpe.
—¿Lo sabías?
—Vi una fotografía hace años. No sabía que os habíais divorciado.
—Hace seis.
—Lo siento.
—No fue una tragedia. Adrián era una buena persona.
Asiento. Hay demasiadas preguntas dentro de esas palabras y ya han pasado los diez minutos que Alia pensaba concederme.
Veo cómo consulta el reloj. Adelanta un pie, recoge el bolso y dirige una mirada rápida hacia el teléfono.
Está a punto de marcharse.
Podría dejar que lo hiciera. Celebrar la coincidencia, intercambiar los números y permitir que dentro de unos días nos enviáramos un mensaje educado que ninguna sabría cómo continuar.
Pero tengo su risa todavía grabada en el pecho y no me da la gana perderla otra vez.
—¿Cuándo vuelves a Madrid? —pregunto antes de que coja el móvil.
—El domingo por la tarde. Mañana tengo el último bloque de reuniones en la Fira hasta mediodía y después…
Se encoge de hombros.
—Supongo que trabajaré desde el hotel.
Dejo la copa sobre la mesa.
—No hagas eso.
La respuesta me sale más firme de lo previsto. Alia arquea una ceja, fascinada por mi atrevimiento.
—Es una propuesta bastante radical viniendo de una antigua estudiante de ADE.
—Me estoy volviendo temeraria con la edad.
—Ya lo veo.
—Mañana por la tarde te invito a pasear.
Mantengo la mirada fija en la suya, aunque noto el pulso en la base del cuello.
—Quiero enseñarte un lugar especial en el Barrio Gótico. Un museo lleno de cosas que nadie supo tirar.
Alia mira el móvil boca abajo. Después observa el patio, las arcadas y mi copa vacía.
—Eso no parece un argumento especialmente favorable para visitar un museo.
—Precisamente por eso necesitas verlo.
Una esquina de su boca se eleva.
—¿A qué hora?
La pregunta me afloja algo dentro del pecho.
—A las cuatro.
—Tengo una videollamada a las seis.
—Qué alivio. Durante un momento temí que dispusieras de toda la tarde.
Alia coge el teléfono y abre el calendario.
—No te emociones. Solo estoy comprobando que eres real.
Teclea durante unos segundos. Desde mi posición, aprovechando que se inclina ligeramente hacia delante y que su hombro casi roza el mío, alcanzo a leer la pantalla de su iPhone. Veo perfectamente el bloque que acaba de reservar entre las cuatro y las seis.
Museo con Cristina.
Bloquea la pantalla y guarda el móvil.
—Mañana a las cuatro.
—Mañana a las cuatro —repito.
Alia recoge el bolso y da un paso hacia las arcadas. Antes de alejarse, se vuelve hacia mí.
—Por cierto, Cris.
—¿Sí?
—No fueron solo cuatro sillas.
Mira hacia la sala, donde la sesión de firmas continúa funcionando sin que nadie parezca necesitar instrucciones.
—Se nota que este lugar importa porque tú estás en él.
No encuentro una respuesta a tiempo. Me quedo sin palabras, con la garganta seca.
Alia se marcha y yo me quedo bajo la arcada, con las manos inmóviles dentro de los bolsillos y su frase extendiéndose lentamente por mi cuerpo.