Capítulo 3 Diez minutos más
ALIA
Su sonrisa de medio lado me desarma con la misma rapidez con la que lo hacía en las aulas de la facultad. Es una respuesta física, un calor repentino que no sé cómo procesar y que mi mente racional etiqueta de inmediato como un peligro.
Cristina coge una copa limpia de la mesa y levanta la botella que tiene más cerca.
—El blanco ya no está frío, pero este tinto te va a gustar.
Dejo que llene el cristal. Al entregármelo, sus dedos rozan los míos.
Están templados, en contraste con el frío que se me ha quedado atrapado en las manos.
El contacto dura apenas un milisegundo, pero es suficiente para que el pulso se me dispare.
Retiro la mano un milímetro de más, asustada de lo mucho que he deseado que no se apartara.
—¿Trabajas aquí? —pregunto, observando la soltura con la que se mueve entre las invitadas.
Necesito desviar el foco hacia algo profesional, algo que pueda catalogar.
—Qué va.
Le resta importancia con un ademán.
—Solo colaboro y soy una de ellas. Coloco cuatro sillas, sirvo el vino, resuelvo algún pequeño imprevisto… Nada importante.
Una mujer con gafas de montura de carey carraspea frente al micrófono para anunciar que el acto está a punto de comenzar. Las asistentes empiezan a ocupar las filas de sillas de madera.
Cristina me dedica una última mirada antes de retirarse hacia un lateral de la sala, cerca de la mesa de firmas. Yo busco mi rincón al fondo y apoyo la espalda contra la pared de piedra.
Nos separan apenas unos metros y un mar de cabezas. Aun así, soy demasiado consciente del espacio exacto que existe entre las dos.
La autora empieza a hablar sobre su nueva novela. En directo resulta tan inteligente y afilada como en sus libros, pero me cuesta seguir el hilo de la conversación. Mis ojos regresan una y otra vez hacia el lateral derecho de la estancia.
Cristina escucha con la cabeza ligeramente inclinada. De vez en cuando se adelanta a lo que ocurre: acerca una botella de agua antes de que se la pidan, regula una lámpara que deslumbra a la autora, indica con un gesto dónde debe colocarse una mujer que llega tarde.
No parece dirigir nada.
Sin embargo, todo funciona a su alrededor.
En dos ocasiones vuelve la cara hacia el fondo y me encuentra observándola sin disimulo. No aparto los ojos. Ella tampoco. Se limita a sostenerme la mirada con una calma que me obliga a recolocar el bolso sobre el brazo, incómoda por lo expuesta que me siento.
Consulto la pantalla del móvil.
Las 19:50.
Mi margen de setenta minutos —incluido el trayecto de regreso al hotel— se ha consumido por completo y yo sigo apoyada contra la pared de una masía del Poble-sec.
A estas horas debería estar entrando en un taxi, preparada para enfrentarme a la bandeja de entrada. Los correos de Madrid tendrán que esperar hasta la madrugada.
Es una brecha evidente en el plan. Y lo peor es que no me importa. No me muevo.
La sala estalla en aplausos y rompe el extraño hilo que se había formado entre nosotras. Comienza la sesión de firmas y buena parte del público se desplaza hacia el patio interior.
Cristina esquiva a dos mujeres que se detienen a saludarla y se acerca a mí, recortando el espacio entre las dos con esa lentitud pausada que siempre me ha parecido una provocación.
—¿Y bien? —pregunta, parándose a un paso de distancia—. ¿Ha sobrevivido tu agenda a la literatura?
—A duras penas.
Se guarda las manos en los bolsillos del pantalón, tensando la tela sobre sus caderas. Trago saliva.
—¿Tu cena admite retrasos?
Señala con la cabeza las arcadas que dan al patio. Fuera, la luz de los faroles se posa sobre las hojas de la hiedra y varias mujeres conversan alrededor de unas mesas pequeñas.
Deslizo el teléfono en el bolsillo de mi americana, escondiendo la pantalla para no ver las llamadas perdidas que sé que van a empezar a caer.
—Nunca llego tarde —respondo de inmediato.
Cristina arquea una ceja, como si acabara de escuchar una frase que ya conocía.
Miro el patio. Después vuelvo a mirarla a ella. A sus ojos oscuros, a la curva sutil de su cuello.
—Aunque supongo que tengo diez minutos para terminarme esta copa.
Su sonrisa se ensancha, y siento que mi ritmo cardíaco da un vuelco.
—Por supuesto. —Da media vuelta y empieza a caminar hacia las arcadas—. Los diez minutos siempre han sido tu unidad de tiempo más flexible cuando se trata de mí.
Me quedo un segundo paralizada, asimilando el golpe de sus palabras. La sigo antes de poder preguntarle cuántas cosas más recuerda. Y, por primera vez en muchos años, lo hago sin consultar de nuevo el reloj.