Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 2 La mujer al otro lado de la sala
7%

Capítulo 2 La mujer al otro lado de la sala

CRISTINA

—¿Un poco más de Priorat, Marta? —pregunto, inclinando la botella sobre la copa de una de las socias fundadoras.

—Sí, por favor, Cris. Al final se va a llenar esto. Qué alegría.

Dejo la botella en la mesa de firmas y termino de colocar la última hilera de novelas. Me muevo por el vestíbulo de La Casa sin prisa, disfrutando del tintineo del cristal y del rumor de las voces que empiezan a llenar las paredes de piedra.

Entonces se abre la puerta que da al pasaje.

Entre el grupo de mujeres que entra destaca una americana gris marengo de corte impecable. Su dueña se detiene cerca del umbral y sostiene el bolso negro contra el cuerpo, con los dedos cerrados alrededor del asa.

El corazón me golpea una vez, con fuerza, en mitad del pecho. Un vuelco violento que me deja sin aire durante un milisegundo.

Reconozco la tensión de sus hombros. La misma postura que mantenía en los pasillos de la Universidad de San Griselmo, como si incluso durante una tregua estuviera preparada para marcharse si el mundo dejaba de funcionar como esperaba.

Es Alia.

Me quedo quieta junto a la mesa, con una copa vacía en la mano. La veo entornar los ojos mientras se acostumbra a la luz cálida del vestíbulo. Su mirada recorre rápidamente la sala hasta encontrarme.

Durante un segundo pierde esa seguridad impecable que siempre parece acompañarla.

Da un paso hacia mí.

—Cris.

Un escalofrío me asciende por la nuca, lento y afilado.

Ha pasado una eternidad desde la última vez que alguien ha pronunciado esas cuatro letras con esa cadencia.

—Hola, Alia —digo, dejando la copa sobre la mesa antes de que pueda notar el ligero temblor de mis dedos. Obligo a mi voz a sonar tan fluida como el vino que acabo de servir, aunque por dentro todo sea un caos de recuerdos—. No esperaba encontrarte en Barcelona. Y mucho menos aquí.

Recupera enseguida la postura y cruza los brazos. Sigue teniendo esa elegancia limpia y contenida, pero la mandíbula se le ha tensado y noto el subir y bajar rápido de su pecho. Apenas le llega el aire.

—Tenía un hueco de setenta minutos antes de una cena de trabajo —responde—. He visto la presentación y… bueno. Una coincidencia.

—¿Una coincidencia? —Doy un paso hacia ella, estrechando la distancia—. No sabía que las coincidencias estuvieran permitidas en tu agenda, Bensaïd.

Sonrío de medio lado.

—En esta casa las coincidencias suelen acabar alargando la noche. —Veo cómo su mirada baja un instante a mis labios antes de volver a mis ojos—. ¿Vas a quedarte a escuchar a la autora o ya estás contando los minutos que faltan para huir?

Alia mira su reloj con un automatismo que casi me da ternura.

No puedo evitar reírme por dentro.

—No me contestes. Está claro que ya los estás contando.

—Sesenta y tres —dice.

Y ahí está.

El humor seco, casi invisible, que durante años conseguía pillarme siempre desprevenida.

Sonrío más de lo que debería.

—Entonces será mejor que te sirva una copa antes de que pierdas otro.