Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 1 Un hueco de setenta minutos
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Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12)

Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12)

Por Ellie K. Hills

© inepub.com

Capítulo 1 Un hueco de setenta minutos

Epílogo: La noche en que volvimos a bailar

ALIA

—Solo quiero que lo que firmemos mañana funcione, Carlos. Bastante humo se vende ya en estas ferias.

Carlos asiente, apurando el último sorbo de un café que debe de estar ya helado en su vaso de cartón. A nuestro alrededor, el pabellón de Fira Barcelona empieza a apagarse con la lentitud de un gigante dormido.

—Descuida, Alia. Reviso los últimos flecos del acuerdo con el consorcio tecnológico y te lo dejo en el correo antes de la cena.

—Gracias. Descansa un poco antes de que lleguen los alemanes. Nos espera una noche larga.

Como directora de Desarrollo Corporativo y Alianzas Estratégicas de San Griselmo, llevo seis meses negociando este acuerdo: una plataforma común para ampliar los programas ejecutivos y el campus digital de la universidad con varios socios europeos.

Si mañana firmamos, el proyecto dejará de ser una promesa y empezará a exigir resultados.

Me ajusto los puños de la camisa bajo la americana gris marengo y me cuelgo el bolso de piel del hombro. Camino hacia la salida de los pabellones mientras reviso el reloj: las 18:40.

Si el tráfico de la ciudad me respeta, tengo el tiempo justo para llegar al hotel en el Paseo de Gracia responder un par de asuntos urgentes, ducharme y estar lista para la cena institucional a las nueve.

Mi tarde está organizada al milímetro, siempre que el mundo acepte comportarse durante las próximas cuatro horas.

Mientras espero en la dársena de taxis bajo un cielo que empieza a teñirse de un violeta denso, abro Instagram en el móvil. Sigo a muy pocas personas fuera del entorno de San Griselmo, pero una de ellas acaba de subir una historia.

Es una escritora cuya prosa afilada y culta me acompaña en los vuelos largos en los que me obligo a apagar el ordenador. Presenta su nueva novela hoy mismo, a las siete de la tarde, en un espacio cultural del Poble-sec llamado La Casa de las Golondrinas.

Consulto la ubicación en el mapa. Está a apenas quince minutos de donde estoy. Calculo que la presentación durará unos cuarenta y que necesitaré otros quince para regresar.

En total, un hueco de setenta minutos.

Es un desvío imprevisto en una agenda que no suele dejar nada al azar, pero el cuerpo me pide a gritos un respiro que no hable de campus digitales, alianzas ni tecnología.

—Al Poble-sec, por favor —le digo al conductor en cuanto subo—. Evite la Gran Vía, si puede. A esta hora es una ratonera.

Me recuesto en el asiento y miro la ciudad a través del cristal tintado. Barcelona a esta hora se vuelve íntima, ajena a las prisas de los congresos y los negocios.

El taxi me deja a la entrada de un pasaje adoquinado que parece haberse negado a desaparecer mientras la ciudad crecía a su alrededor. Al fondo, bajo la luz ambarina de unos faroles antiguos, se intuye la silueta de una vieja masía de piedra.

El eco de mis tacones resuena sobre las piedras gastadas mientras camino hacia la entrada de La Casa de las Golondrinas.

Al cruzar el umbral, el aire cambia por completo. Del asfalto y el aire acondicionado de la Fira paso a un espacio que huele a papel antiguo, madera y vino tinto. Hay un murmullo cálido de mujeres conversando bajo las vigas del techo. Sin darme cuenta, bajo un poco los hombros.

Busco un rincón discreto al fondo de la sala principal. Me quedo de pie para poder salir sin llamar la atención en cuanto se cumpla mi tiempo.

Y entonces, la veo.

Al lado de la mesa de la escritora, una mujer coloca copas de cristal junto a las torres de libros recién desembalados.

Lleva un jersey ligero de punto fino color teja, de esos que caen de lado y dejan a la vista la línea de la clavícula.

Se aparta un mechón de pelo oscuro de la cara con el dorso de la mano izquierda, un gesto rápido, antes de soltar una carcajada limpia por algo que le acaba de decir una de las asistentes.

Se me corta la respiración. Literalmente. Siento el golpe seco en el esternón.

Reconozco ese gesto. Dios mío, reconozco la forma exacta de sus manos, largas y de dedos limpios, moviéndose con esa parsimonia que a mí siempre me ha parecido una provocación.

Cristina siempre tiene esa maldita forma de estar en los lugares. Como si el mundo entero le perteneciera por derecho y no necesitara pedir permiso, ni dar explicaciones, ni estructurar su vida en bloques de quince minutos para sentir que vale algo.

Han pasado más de veinte años. Ella sigue riéndose igual. Y yo, de pie contra una columna en un sitio en el que no debería estar, siento cómo el suelo perfectamente pavimentado de mi vida empieza a agrietarse bajo mis pies.

Cristina levanta la vista del mostrador. Sus ojos oscuros barren la sala, despacio, como si buscara a alguien.

Y, antes de que pueda darme la vuelta y huir hacia el taxi, su mirada se clava directamente en la mía.