Nunca hagas promesas (Las reglas del corazón 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

E

l capitán Denby Austin era apuesto, imprudente y, en el fondo, estaba profundamente aburrido.

Su naturaleza exigía acción, riesgo, emoción y la paz le había arrebatado todo eso.

No sorprendía que se entregara al juego con la misma temeraria actitud de todo o nada que lo había caracterizado en la Península, aunque con resultados mucho menos gloriosos.

Acorralado por las deudas y sin otro horizonte que la Flota, escuchó con atención cuando lord Shilton le ofreció saldar sus compromisos y añadir una suma generosa a cambio de un servicio aparentemente sencillo: coquetear con una joven.

Que la dama fuese duquesa añadía un matiz delicioso; que estuviera casada, un peligro estimulante.

Un dolmán trenzado de húsares abría puertas en cualquier salón, y Austin sabía llevarlo con el aire adecuado.

Eleanor lo conoció en una velada donde él se mostró impecablemente cortés.

A la mañana siguiente apareció en Hyde Park mientras ella cabalgaba con Sebastian.

Conversó sobre todo con el duque, pero de vez en cuando la miraba con descaro.

Ella, aunque se reprendía por ello, no encontraba del todo desagradable aquella atención.

La noche del baile de lady Chorley, Eleanor se vistió con especial esmero.

Se dijo que su excitación se debía a las dos cartas recibidas de Brook Street: la nota breve de Christopher y la larga misiva de Hugo, repleta de anécdotas desde Bermudas.

Acababa de releerlas cuando Ravenswood entró, como siempre, para contemplarla.

El vestido de mousseline de soie color crema realzaba su tez; Betty había añadido un toque de carmín que, según el duque, la hacía «tremendamente atractiva».

Al girarse para tomar el bolso, la carta cayó.

Ravenswood la recogió y alcanzó a leer el encabezamiento: «Queridísima princesa…

». Se la devolvió sin comentario alguno.

—Es de Hugo —explicó ella con alegría—. Te contaré luego sus aventuras.

Las habitaciones de lady Chorley estaban sofocantes. Wellington apareció, habló un rato y se retiró con el anfitrión. Eleanor observaba a las parejas con una punzada de nostalgia. No podía bailar pues, como esposa del duque, respetaba las convenciones.

Aun así no le faltaban interlocutores. Fitz declaró que había «triunfado» en sociedad. Lady Davenport acudió también, deseosa de ver al gran hombre sin tumultos, pero pronto el calor la venció. Eleanor la acompañó a una sala apartada hasta que llegó su carruaje.

Al regresar sola por el pasillo, los compases de un vals escapaban del salón. Sin pensarlo, dejó que sus pies siguieran el ritmo, inclinándose y girando ante la mirada impasible de un lacayo.

—¡Bravo!

Se detuvo, sobresaltada. El capitán Austin, apoyado en la pared, aplaudía en silencio.

—Baila usted el vals magníficamente, duquesa. ¿Me concede este honor?

—No puedo —respondió ella con rapidez—. No sería apropiado.

—¿Y nunca hace nada inapropiado?

El tono ligero, la sonrisa insinuante, la desconcertaron. Nadie, salvo Hugo en broma, había coqueteado con ella. Era una sensación nueva y, pese a su prudencia, estimulante.

—Si bailamos aquí, nadie lo sabrá —insistió él—. Haría muy feliz a un pobre soldado.

Pensó en Sebastian. Debería negarse. Pero la música, la complicidad, el recuerdo lejano del ejército… Cedió.

Pronto se arrepintió. Austin la hacía girar con creciente intimidad y murmuraba cumplidos demasiado personales.

—Está siendo imprudente —dijo ella con firmeza—. Debemos detenernos.

—¿Cómo detenerme cuando baila como un ángel?

La llevó cada vez más cerca del salón. Ella comenzó a inquietarse.

—Capitán, esto ya no es una broma. Suélteme.

Pero cruzaron el umbral y, entre las vueltas, la condujo hacia un hueco de ventana. Tras las cortinas, la empujó hacia el balcón.

—Un beso como recompensa.

Hubo una dureza nueva en su risa. La sujetó; su boca rozó la de ella antes de que pudiera apartarse.

Eleanor se liberó, horrorizada.

—¿Cómo ha podido?

—Sea prudente —replicó él con frialdad—. Si no quiere un escándalo, actuemos con calma.

La devolvió al salón justo cuando terminaba el baile y la acomodó en una silla con estudiada solicitud. La maniobra no pasó inadvertida. Un murmullo recorrió la estancia.

Ella solo veía a Sebastian, a poca distancia, el rostro impenetrable.

Sebastian…

Creyó haber pronunciado su nombre, pero no salió sonido alguno. Él se volvió al cabo de un instante.

Austin regresó con un cordial; ella lo aceptó mecánicamente. Sintió las miradas clavadas en su espalda y se irguió con dignidad.

Fitz acudió en su auxilio, hablando con ligereza de asuntos triviales.

—He provocado un escándalo, ¿verdad?

—Nada de eso, querida. Una pequeña indiscreción. Mañana todos hablarán de otra cosa.

—No creo que Sebastian lo vea así.

Fitz la observó con simpatía.

—Es natural que esté molesto. A supuesto un golpe a su orgullo… Además, está profundamente enamorado de usted.

Y eso resumía la situación, pensó Eleanor, reprimiendo unas ganas irrefrenables de reír mientras su marido se acercaba. Había cometido una imprudencia imperdonable y el orgullo de él estaba herido. No importaba que ella hubiese sido forzada ni que se sintiera ultrajada.

A primera vista, su actitud era de preocupación mientras se inclinaba sobre ella y le rozaba la muñeca con los dedos; pero aquella cortesía meticulosa la inquietaba, y la caricia tenía la firmeza de un grillete.

—No se sentía del todo bien —intervino el señor Chessington con intención conciliadora.

—Vete, Fitz. Sé un buen chico —repuso Ravenswood con voz llana.

El dandi los miró con tristeza y se retiró.

—Así que estabas mareada —prosiguió él con el mismo tono sereno—. Celebro ver que te has recuperado. El aire fresco obra maravillas. El capitán fue muy diligente; tendré que agradecerle su ingenio.

La suavidad de su voz la alarmó.

—Me atrevo a decir que no era… es decir, puede que pareciera engañoso, pero…

—Solo para quien no te conozca.

La música reanudó el compás y él apretó apenas su muñeca.

—Debemos demostrar que ya estás perfectamente restablecida.

—No quiero bailar. Tampoco quería antes. Solo deseo volver a casa —suplicó ella.

Su sonrisa fue una caricatura.

—Por desgracia, no siempre podemos hacer lo que deseamos, esposa. Puesto que has decidido romper con la costumbre, bailaremos. Y al menos aparentarás que lo disfrutas.

El resto de la velada transcurrió para Eleanor como una larga mortificación. Sostuvo la cabeza alta, respondió con cortesía y sonrió cuando fue preciso; pero el trayecto de regreso resultó aún más penoso. Cuando intentó hablar, él zanjó el asunto con un seco:

—Ahora no.

En Ravenswood House entregó sombrero y bastón al lacayo y se dirigió sin pausa a la biblioteca. Eleanor lo siguió, apresurando el paso, mientras su culpa se transformaba en una sensación creciente de injusticia.

Cerrada la puerta, él se volvió.

—Ahora quiero escuchar tu explicación.

—¿Y si decido no dártela? —replicó ella, encendida.

Él pareció sorprendido un instante; luego su semblante volvió a endurecerse.

—La insolencia no te servirá.

—No intento ser insolente —respondió ella—. Pero me ofende que me trates como a una criatura irresponsable. Soy tu esposa.

—Precisamente. Y cuando mi esposa se comporta de esa manera, creo tener derecho a exigir cuentas.

Ella retrocedió como si la hubiese abofeteado.

—¿Así me veías?

—Así te veía mucha gente —contestó con aspereza—. Me hicieron preguntas muy inocentes sobre si habías abandonado los guantes negros, junto con conjeturas acerca del capitán Austin. ¿Viejo amigo del ejército? ¿Pariente tal vez, dado el grado de familiaridad?

—¡No!

Él frunció los labios.

—Supongo que el uniforme resultó irresistible, dada tu inclinación por todo lo militar… en especial por los oficiales jóvenes y apuestos.

—¡Eso es injusto! —protestó ella, recordando la carta—. Si aludes a Hugo, lo conozco desde niña. Es simplemente Hugo.

—¿Eso dices?

Una sombra de incredulidad cruzó su voz.

—Entonces debo concluir que tu reciente éxito social te ha hecho olvidar las conveniencias. La muchacha que yo conocí no habría actuado así.

La herida fue visible en el rostro pálido de Eleanor, donde el rubor destacaba como una afrenta. Él deseó estrecharla y confesar que hablaba movido por los celos, pero la dignidad que la envolvía lo detuvo.

—Nunca quise vestidos lujosos ni mezclarme con tu mundo —dijo ella con un hilo de voz—. Pero no siempre elegimos nuestro camino. He disfrutado estos días, sí, y no lo niego. Sin embargo, cada minuto estoy más convencida de que no debí casarme contigo.

—Eso es absurdo.

—No. Es la verdad. Te advertí que no sabría ser duquesa. Esta noche lo ha probado. Tal vez fue el uniforme lo que me atrajo… Me recordó a alguien…

Greville, pensó él con amargura.

—Pero eso no es lo esencial —continuó ella—.

No estabas airado por mi tontería. Te enfureció que mi conducta te expusiera a la burla.

No te culpo. Sin embargo, no puedo prometer que no vuelva a decepcionarte, porque no puedo dejar de ser quien soy.

Así que cuanto antes regresemos a Clearwater, mejor.

—¿Huir? —se burló él—. ¿Y qué lograrías? Si te retiras ahora, darás alas a los rumores. Dirán que te he repudiado. ¿Es eso lo que quieres?

Ella guardó silencio.

—¡Pequeña obstinada! —añadió con ira contenida—. Pienso en ti, no en mí.

Eleanor suspiró.

—Estoy cansada. No puedo seguir discutiendo.

Él no la detuvo cuando se encaminó hacia la puerta, pero dijo al salir:

—Si no piensas en ti, piensa en Henry. Lleva semanas aguardando las celebraciones. ¿Vas a arruinárselas?

Lady Sarah, por su parte, no celebró que el mundo no se desplomara. Al ver a la pareja en el teatro y luego en una cena exclusiva, comportándose con impecable compostura, su cólera creció. Recriminó a Arthur y rehusó pagar las deudas del capitán Austin hasta que enmendaran su torpeza.

Austin, sin embargo, juró no mover un dedo más contra Eleanor. Los ojos grises de ella, heridos, lo habían perseguido demasiado. Prefería buscar otros medios para aliviar su situación.