Capítulo 12
E
l duque de Ravenswood se hallaba en el Salón Amarillo, jugando con su tercera copa de Madeira y contemplando con escaso entusiasmo la posibilidad de acercarse a White’s, cuando Ambrose Varley entró para anunciarle una visita.
—Ahora no —respondió con brusquedad—. No estoy de humor para conversaciones corteses.
—Como desee, su excelencia. —Varley vaciló un instante—. La joven asegura que se trata de un asunto de extrema urgencia y agradecería mucho que pudiera concederle un momento.
—La señorita Westcot —dijo Ravenswood al instante—. ¿Por qué no lo ha dicho antes? ¿Dónde está?
Para un observador distraído el cambio habría sido imperceptible, pero Varley advirtió la tensión súbita en los dedos que sujetaban la copa y el matiz más vivo de su voz.
—Pinkerton la ha conducido a la biblioteca, señor.
Ravenswood salió casi antes de que la frase concluyera.
Eleanor permanecía junto a la ventana. Había dejado la cofia sobre la mesa y retorcía las cintas entre los dedos. Al verlo, se volvió con expresión de alivio y desamparo.
—¿Eleanor? ¿Qué ocurre?
Intentó hablar sin conseguirlo.
Él cruzó la estancia, tomó las cintas de sus manos y, sin soltarle los dedos temblorosos, preguntó con mayor firmeza:
—¿Es Henry? ¿O Christopher?
—No… no. Perdóname. Estoy siendo absurda.
La condujo hasta una silla. Pinkerton apareció con una bandeja.
—Ratafía para la joven, su excelencia. O un licor, si lo prefiere.
Ravenswood sirvió un cordial y se sentó frente a ella, observándola con atención. Sus ojos estaban enrojecidos.
—Temo que no podré quedarme con la casa de campo —dijo al fin.
Él no mostró sorpresa.
—¿Puedo saber por qué?
Eleanor dejó la copa y comenzó a manipular los guantes.
—Anoche hablé con lord Russet. La historia del collar es cierta. Lo describió con tal precisión que no cabe duda… He recibido dinero al que no tengo derecho.
—¿Subestima al señor Bridge? —replicó el duque con calma—. Su conocimiento de las piedras es excelente.
Ella se levantó, inquieta.
—Creo que sabía que era falso… o lo supo después. Y no actuó porque resultaría difícil probar el fraude sin ofenderle.
Él soltó una risa breve.
—Tiene usted ideas singulares sobre los negocios.
—No obstante, creo que es así.
Ravenswood comenzó a pasearse.
—¿Por qué ha venido a mí?
Las palabras que acudieron a su mente quedaron sin pronunciar. Porque acudir a ti es tan natural como respirar. En su lugar, dijo:
—Esperaba que me aconsejara.
—¿Sobre qué?
—Quiero arreglarlo con Rundell y Bridge. He gastado casi la mitad del capital… Christopher, la casa, el sargento Blakewell… Me preguntaba si sería correcto enviar lo que queda con mis disculpas y la promesa de…
—No —la interrumpió con sequedad—. Está hecho. Olvídelo.
—¡Sería deshonesto! —exclamó ella—. Si conservo el dinero sabiendo su origen, me atormentará la culpa.
—Dios me libre de una conciencia escrupulosa.
La ferocidad contenida de su tono la hizo vacilar. Se volvió hacia la puerta.
—Me equivoqué al molestarle.
—¡Eleanor!
La alcanzó y la obligó a enfrentarlo.
—Suélteme.
—No hasta que hablemos. —Su voz se suavizó—. Quizá deba pedir perdón.
Ella lo miró, desconfiada y llorosa.
—No soy escrupulosa.
—No. Fui descortés. Perdóname.
Sacó un pañuelo de batista y le secó las lágrimas con delicadeza.
—Antes de continuar —añadió—, hay algo que debo aclarar.
Se dirigió al escritorio, abrió un cajón y depositó sobre la superficie un estuche familiar.
—Ábrelo.
El collar reposaba sobre el terciopelo.
—¿Lo ha tenido todo este tiempo? ¿Cómo…?
—Mi conocimiento de las piedras también es bastante prodigioso —dijo con sequedad.
—¿Lo supiste enseguida?
—Algo así.
—¿Por qué ese gesto quijotesco?
—Te encontré en un momento oportuno: tu hermano ansioso por su uniforme y tú dispuesta a batirte por él. ¿Cómo iba a permitir que te derrotaran?
—¿Fue un capricho?
—Tal vez.
Ella lo miró, sobrecogida.
—Estoy en deuda con usted.
—No me debes nada. Compré el collar sabiendo que carecía de valor.
—No puedo aceptar tanto.
—Tonterías.
Eleanor se plantó ante él con obstinación juvenil, el cabello apresuradamente recogido, algunas hebras escapadas.
—No es correcto.
Ravenswood la observó en silencio, consciente de que la batalla aún no había terminado.
La solución era, en apariencia, sencilla. Siempre que ella no se echara a reír en su cara.
Reconocía sin ambages que la idea podía parecer ridícula. Nunca había tenido del todo claro cómo lo veía Eleanor: tal vez como una mezcla incómoda entre figura protectora y libertino incorregible.
Sabía también que jamás lo miraría como había mirado al joven artillero de cabellos dorados.
Pero por ese lado nada había que temer. Lo supiera o no, el capitán no era para ella.
Sería una lástima que terminara soltera, sacrificándose por sus hermanos, que —estaba convencido— se consagrarían ante todo a sus propias pasiones.
Peor aún, podía casarse con algún ciudadano gris que sofocara su espíritu y no supiera qué hacer con Henry.
—Creo —dijo con estudiada indiferencia— que lo mejor sería que te casaras conmigo. Así podré cuidar de ti y de Henry como es debido.
Eleanor se quedó sin habla. La sangre le cantaba en los oídos; un rubor impetuoso inundó su rostro y luego se desvaneció.
—¿No te agrada la idea? —preguntó él con aspereza—. ¿Hay alguien más?
—No… sería absurdo.
—¿Y tú capitán Greville, quizá?
—¡Oh, no! —se sonrojó—. Hugo jamás me miraría de ese modo. Sus gustos se inclinan hacia damas de encantos más… evidentes. Yo solo soy la hermana pequeña de Hugo.
No advirtió la mirada penetrante que él le dirigió.
—¿Y bien? —insistió—. ¿Te niegas?
—No puede hablar en serio.
—¿Por qué no?
Sus ojos estaban demasiado cerca.
—Por muchas razones.
—Nómbralas.
—Siempre ha sostenido que no deseaba casarse.
—He cambiado de opinión.
—Hay mujeres más adecuadas. Yo no soy… No puede quererme como su duquesa.
Una leve sonrisa iluminó su expresión.
—Podría ser mucho peor.
Ella quiso decir: «No me quieres». No se atrevió.
—Piensa en las ventajas —continuó él con sequedad—. Casas espléndidas, vestidos, la mejor educación para Henry… incluso podrías ayudar a tus soldados con mayor eficacia.
—Basta, por favor. ¿Cómo ha podido creer que me tentaría lo material?
Él la atrajo hacia sí con una risa baja.
—Tonta. Solo estaba bromeando.
—Esa es otra razón. Las duquesas no dicen cosas como «bromeando».
—La mía sí.
Le soltó las horquillas y el cabello cayó liso sobre sus hombros. Sus dedos se deslizaron en la seda oscura; sus manos enmarcaron el rostro estrecho.
—Será impetuosa, sincera y deliciosamente poco convencional.
Eleanor contuvo el aliento. Cuando sus labios rozaron los suyos fue un contacto breve, demasiado breve. Al separarse, se sintió extrañamente despojada… y furiosa.
—No has explicado por qué deseas casarte conmigo —lo acusó, olvidando la formalidad en su trato—. Y aún no he aceptado.
—Es cierto —respondió con suavidad—. ¿Vas a rechazarme?
—Todas las ventajas son mías. No veo qué ganarías tú. Y, sin embargo… no sé si tengo la fuerza para negarme.
Él la observó en silencio y, de pronto, hizo sonar la campanilla.
—Entonces estamos de acuerdo. Mi secretario puede comenzar los preparativos.
A partir de ese instante, la vida adquirió para Eleanor un tinte irreal. Apenas nada cambió en apariencia. El duque la trataba como siempre. En los primeros días ella creyó haberlo irritado; cuando se lo preguntó, él le pidió que no fuera absurda.
Fue un alivio que el compromiso no se anunciara. La idea de convertirse en objeto de miradas y comentarios la aterraba.
—Sería preferible —propuso él— que te trasladaras a Chedwell según lo previsto, aunque directamente a Clearwater, no a la cabaña.
La decepción se reflejó en su rostro.
—No tendría sentido mudarte para volver a hacerlo en pocos días. La señora Briggs puede instalarse en la cabaña.
—¿Tan pronto? —preguntó ella, sintiendo que el corazón se le aceleraba.
No veía virtud en demorarlo, explicó él. Podrían casarse discretamente en Chedwell y evitar el espectáculo de una boda londinense en plena temporada.
—¿No deseas una gran ceremonia? —preguntó al notar su silencio.
Ella se apresuró a negarlo. Le pareció advertir alivio en su expresión. No era, pensó con amargura, el tipo de novia que se exhibe ante la alta sociedad. Comprendía su lógica, aunque le doliera renunciar a la cabaña.
Le incomodaba también ocultar la noticia a Lady Davenport.
—No será por mucho —aseguró él—. La invitaremos a Clearwater con el pretexto de ayudarte a instalarte. Estará presente en la boda.
—¿Debo invitar a alguien más? —añadió.
—No. Desde luego, Beatrice no.
Él sonrió ante su vehemencia.
—¿Ninguna amiga cercana?
—Solo conozco a jóvenes que hablan de bailes y vestidos. Me resultan aburridas. Quizá estoy más acostumbrada a los hombres. Prefiero su compañía, la del señor Chessington y la de Sir Paul.
El duque la miró con curiosidad.
—Pobre Eleanor. Cuando seas mi esposa, procuraré presentarte mujeres más interesantes.
Ella no estaba segura de desearlo, pero guardó silencio.