Nunca hagas promesas (Las reglas del corazón 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Solo al levantarse recordó los zapatos abandonados. Halló uno tras una breve búsqueda, pero el segundo parecía haberse esfumado. Demasiado pronto, Hawkins regresó y abrió la puerta de par en par.

—Su excelencia, el duque de Ravenswood —anunció con voz henchida de orgullo.

Ella oyó pasos rápidos y decididos en el pasillo y se irguió de inmediato. Se llevó un mechón rebelde tras la oreja y procuró mantener el equilibrio sobre su único pie bien calzado, mientras el otro, más desaliñado, quedaba oculto bajo la protección de sus faldas.

El duque se detuvo ante ella. Llevaba un abrigo gris de amplias capas que parecían arremolinarse en torno a su figura.

Su primer pensamiento coherente fue que llenaba la estancia con su sola presencia; el segundo, completamente irrelevante, que Beatrice se sentiría ofendida por no haber tenido el honor de recibir en persona a tan ilustre pilar de la sociedad.

La idea le arrancó una leve sonrisa maliciosa. No era el comienzo más prudente.

Para disimular su turbación, le devolvió el saludo con corrección y lo invitó a tomar asiento, sentándose ella también. Con cautela recogió los pies bajo la silla y alisó el vestido, asegurándose de que nada quedara a la vista. No lo bastante deprisa.

El abrigo se abrió al acomodarse él, dejando ver unas relucientes botas de cuero y unos impecables pantalones ajustados color beige. Cruzó los brazos y pareció no tener prisa alguna por hablar. El silencio adquirió una densidad incómoda.

¿Debía disculparse? Aún debatía la forma más adecuada cuando la curiosidad la venció y las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.

—¡Ojalá supiera por qué ha venido!

Ravenswood llevaba más de una hora haciéndose la misma pregunta.

Había confiado en borrar de su mente a la señorita Eleanor Westcott apenas abandonó su biblioteca, y no le agradaba que, transcurrido ese tiempo, el recuerdo de unos ojos grises incómodamente sinceros siguiera perturbando su concentración.

Finalmente se reprochó su propia necedad, mandó preparar el carruaje y se dirigió a casa de Lady Davenport.

A aquella hora no esperaba encontrarla sola, y no se equivocó.

Sin embargo, bastó una observación casual para que ella lo atrajera a su lado y le confiara, en susurros entusiastas, todo cuanto deseaba saber sin que él tuviera que formular pregunta directa alguna.

«Una joven encantadora, mi querido Ravenswood, con más coraje del que imaginas», le aseguró con sonrisa pícara.

«En cuanto me sienta con fuerzas organizaré una de mis veladas para que la conozcas mejor.

No es una belleza de salón, ni posee las gracias sociales habituales —no ha tenido ocasión de adquirirlas—; ha pasado gran parte de su juventud siguiendo al ejército.

Pero vale por diez de esas muchachas vacías que abundan por ahí…

y sería una lástima arruinar sus perspectivas si no se hace algo pronto… ».

Hubo más en la misma línea. Él logró retirarse al fin, más intrigado que antes y sin saber por qué le importaba en absoluto lo que la señorita Westcott pensara de él. Y, casi sin proponérselo, se encontró deteniendo su carruaje ante la casa de los Whitcombe en Brook Street.

Ahora, bajo la mirada expectante de Eleanor, comprendió que debía responder.

—Señorita Westcott, parece que he malinterpretado el propósito de su visita de esta mañana. ¿Sería correcto suponer que acudió para solicitar el puesto de institutriz de mis pupilos franceses, recientemente puestos bajo mi tutela?

Ella apenas daba crédito a lo que oía. ¿Era posible que…? Tragó saliva.

—Sí, por supuesto. ¿Qué otro motivo podría haber tenido?

—¿Qué otro motivo? —repitió él con ambigua entonación—. Dígame, ¿realmente me considera el tipo de hombre que se toma la molestia de entrevistar institutrices, aun cuando lleguen respaldadas por recomendaciones impecables? Francamente, ni siquiera sabría qué cualidades buscar.

—Entonces… no comprendo.

—Por fin coincidimos —replicó con sequedad—, porque yo tampoco comprendía. O quizá sí. —Se levantó, dio unos pasos por la estancia y se volvió hacia ella—. ¿Indicó Lady Davenport de manera expresa que necesitaba una institutriz?

—Sí… o al menos… —Eleanor vaciló al recordar su distracción—. Puede que no estuviera atendiendo con la debida concentración, pero debió insinuarlo, pues sabía que yo buscaba precisamente ese tipo de empleo.

—¿Por qué? —la interrumpió.

—¿Perdón?

Se acercó demasiado al sofá y la observó con intensidad desconcertante.

—¿Por qué desea convertirse en institutriz? A mi juicio, no es un trabajo para el que esté dotada. ¿No tiene familia que la sostenga?

Eleanor enrojeció.

—No, excelencia. Mis padres han fallecido.

—Lo sé. También sé que tiene hermanos, uno menor que usted, y que su relación con su hermanastra no es cordial. Nada sorprendente, por lo poco que conozco de ella… y de usted. —Frunció el ceño—. Pero debe de haber alguien más a quien recurrir.

Por un instante, Eleanor tuvo la absurda impresión de que él lo sabía todo. Luego comprendió que había estado hablando de ella con Lady Davenport. No le agradaba en absoluto esa circunstancia.

—Me temo que no, señor. Mis padres eran hijos únicos, y mis abuelos también han fallecido.

—Ya veo.

—En cualquier caso, prefiero ser independiente —añadió, aunque sostener la firmeza mientras estiraba el cuello en un ángulo tan incómodo no resultaba fácil—. Le agradecería que volviera a sentarse.

Una fugaz sonrisa cruzó el rostro de él, pero no obedeció de inmediato.

—¿Me equivoqué, entonces, en lo que insinuó Lady Davenport? —insistió ella, casi desesperada—. ¿No necesita institutriz?

—No tengo la menor idea —respondió con indiferencia—. Mis pupilos aún no han llegado. Confío en que vengan acompañados del personal necesario para atenderlos.

—Oh…

Le pareció una frialdad excesiva, pero guardó silencio.

Él apenas alteró su expresión; sin embargo, bajo los párpados entornados, sus ojos brillaron con una ironía que, en otras circunstancias, ella habría interpretado como burla.

—Mi querida señorita Westcott, créame, la comprendo. Las divagaciones de Lady Davenport pueden prolongarse hasta el agotamiento, y basta un instante de distracción para perder el punto esencial.

Estaba de espaldas a la ventana y el sol dibujaba un halo en torno a su cabeza, contraste curioso con el destello impío de sus ojos. Un presentimiento inexplicable recorrió a Eleanor.

—El punto esencial, en este caso —concluyó con displicencia—, es que su señoría, por iniciativa propia, se ha propuesto encontrarme la esposa perfecta.