Capítulo 3
E
n la plaza, un coche de alquiler acababa de dejar a sus pasajeros. El cochero se disponía a partir cuando oyó que lo llamaban y se volvió a tiempo para ver a una muchacha delgada como una rama echar a correr, con una mano aferrada al sombrero y una criada pisándole los talones.
—¡Por favor, quiero ir al Strand! —exclamó Eleanor, deteniéndose junto al estribo.
Sus ojos, brillantes por las lágrimas no derramadas, lo desafiaban con tal fiereza que le resultó imposible negarse.
La criada se mordía el labio, inquieta, sin pronunciar palabra.
Él se encogió de hombros con buen humor y les indicó que subieran, recompensa que obtuvo en forma de una inesperada sonrisa torcida.
Las oficinas de Messrs Althrop, Pickering y Lewis, cuando por fin las encontraron, desprendían un aire de elegancia ajada.
Un empleado de semblante cadavérico la observó con ojos pálidos y sorprendidos antes de abandonar su taburete alto para anunciar al señor Lewis su llegada.
Cuando regresó instantes después con la orden de conducirla al santuario del abogado, Eleanor, todavía dolida por el trato arrogante del duque, no dudó de que nuevamente había incurrido en la desaprobación masculina.
Indicó a Cassie que aguardara y siguió al empleado por el corredor.
El anciano abogado se levantó para saludarla con una cortesía cautelosa que confirmó sus sospechas. Revolvió los papeles de su escritorio con exagerada parsimonia antes de juntar las yemas de los dedos en gesto reflexivo.
—Créame, querida señorita Westcot —aseguró, parpadeando por encima de unas gafas mal ajustadas mientras ella explicaba el motivo de su visita—, será mucho mejor que deje la gestión de sus asuntos en manos del señor Whitcombe y mías hasta que su hermano pueda hacerse cargo.
Eleanor no estaba dispuesta a ceder.
—Confío plenamente en su criterio, señor, pero… —apretó el bolso con determinación—. Perdone mi atrevimiento, ¿conoce bien al señor Whitcombe?
El abogado parpadeó con mayor rapidez.
—No íntimamente. De hecho, creo que solo he visto a ese caballero en una ocasión…
Una vez, pensó Eleanor, era más que suficiente.
—Mi padre lo calificó de «sepulcro blanqueado» —declaró con franqueza—. Y no puedo creer que hubiera tolerado que ejerciera la menor influencia en la educación de Henry.
Expuso con rapidez lo que Reginald tenía en mente.
—Por eso he acudido a usted, para que me explique cómo dejó las cosas mi padre.
Christopher no es muy comunicativo… ni muy metódico —añadió con fraternal sinceridad—, y cada vez que intento aclarar nuestra situación, se muestra incorregiblemente vago.
Pero es de suma importancia que sepa con exactitud cómo estamos antes de decidir abandonar la casa de los Whitcombe.
Eleanor vio cómo las pobladas cejas del abogado se agitaban con inquietud.
—Fueron muy amables al acogernos cuando llegamos a Londres sin un lugar donde quedarnos —prosiguió—, pero no es la mejor solución, y ahora que me he adaptado, comprendo que debo esforzarme por valerme por mí misma. Me ayudará, ¿verdad?
Le dedicó una sonrisa luminosa.
El señor Lewis parecía más desconcertado que nunca.
—La verdad es que no veo… No estoy del todo seguro… Vaya, todo esto es muy delicado…
—¿Porque soy joven y mujer? —replicó ella con rapidez.
—Es usted extraordinariamente franca —admitió él, aclarando la garganta—. Muy parecida a su difunto padre, si me permite decirlo.
—¡Gracias! —respondió con una amplia sonrisa—. Lo considero un gran cumplido.
Se acomodó en la silla con expectación. El abogado volvió a sus papeles, se quitó las gafas y las limpió con vigor innecesario.
—En cuanto a su herencia, señorita Westcot, todo es muy sencillo. La suma no es considerable, aunque dudo que eso la sorprenda.
Se colocó nuevamente las gafas y consultó el documento.
—Consiste en una renta vitalicia que administraré hasta que su hermano Christopher cumpla veinticinco años. Se distribuirá en siete octavos, a partes iguales, entre sus dos hermanos, y un octavo para usted…
Su voz oscilaba entre la disculpa y el pudor, pero Eleanor no frunció el ceño.
—Es lo que esperaba. Al fin y al cabo, los chicos deberán abrirse camino en el mundo, y mi padre sabía que nunca permitirían que yo pasara necesidad. Siempre que haya lo suficiente para enviar a Henry a una buena escuela… ¿Tal vez Charterhouse?
En los ojos del señor Lewis brilló ahora un respeto nuevo.
—Ah… en cuanto a eso…
Eleanor se desanimó.
—¿Cree que no lo aceptarían?
—No, no, nada de eso, querida señorita. Me temo más bien que pueda exceder nuestras posibilidades.
—¿Incluso contando con mi octavo?
Sus cejas se arquearon.
—Incluso así, señorita. Pero quizá… si deja el asunto en mis manos…
—¿Sí?
—Tal vez ahora no sea el momento ideal para matricular a Henry. Podría buscarse un clérigo o un maestro retirado dispuesto a recibirlo en su casa y darle instrucción particular hasta el otoño. Entonces valoraríamos la escuela. ¿Qué le parece?
Eleanor meditó, contrariada.
—Siempre que podamos estar seguros de que será amable con Henry.
—Por supuesto. Me ocuparé personalmente.
Un destello cruzó sus ojos, aunque se desvaneció al instante.
—Y ahora… espero que no me considere presuntuoso, pero ha hablado de abandonar la casa de la señora Whitcombe y de valerse por sí misma. ¿Está segura de que es prudente? Una joven sola…
Sacudió la cabeza.
—No tiene que preocuparse por mí —respondió con ligereza—. Una vez que Henry esté instalado, trabajaré para mantenerme.
—Ya veo —contestó con sequedad—. ¿Tiene algo concreto en mente?
Recordando su reciente y desastrosa entrevista, Eleanor se sonrojó levemente, pero sostuvo su mirada.
—Aún no, aunque confío en encontrar un puesto. Tal vez como dama de compañía o institutriz.
—Mi querida señorita Westcot, le ruego que reflexione antes de dar ese paso. La vida con la señora Whitcombe puede tener inconvenientes, pero ella es, salvo sus hermanos, lo más cercano a una familia que posee.
—Quizá sea así, señor Lewis, pero si he de ser esclava, prefiero recibir un salario por mis servicios. Así podré ahorrar hasta formar un hogar para mis hermanos, modesto, desde luego, pero propio, donde puedan ir y venir sin sentirse en deuda.
El abogado abrió la boca para desmontar aquel sueño, pero la luz decidida en los ojos de Eleanor lo contuvo. Se limitó a murmurar:
—Ya veremos. Si surge algo apropiado, se lo haré saber.
Eleanor regresó a Brook Street y descubrió que no había nadie en casa.
Hawkins le informó de que la señorita Hardwicke sufría uno de sus fuertes dolores de cabeza y que, en consecuencia, la señora se había llevado a la señorita Clara de visita.
Henry, abandonado a su suerte, había sido visto por última vez en dirección al parque.
Eleanor sofocó una punzada de inquietud y se concentró en la deliciosa perspectiva de encontrarse, aunque fuese por breve tiempo, dueña absoluta del entorno.
Acto seguido recordó que no había probado bocado desde el desayuno, situación que se remedió con prontitud, pues la cocinera sentía particular afecto por aquella cuasi hermana de su señora, a quien consideraba —según murmuraba en la intimidad de la cocina— muy superior a ciertas personas que no debían nombrarse.
Saciado el apetito, Eleanor recogió el periódico que Reginald había dejado abandonado y lo llevó al salón, donde ardía una alegre chimenea para combatir el frío primaveral.
Con imprudente abandono, se descalzó y reunió cuantos cojines halló a su alcance, apilándolos sobre el sofá de Beatrice antes de dejarse caer entre ellos, decidida a probar por un momento el hedonista mundo de los mimados.
Sin embargo, su innata aversión a la inactividad la impulsó pronto a hojear el periódico. Examinó con avidez las columnas de anuncios, pero no encontró nada que se ajustara a sus necesidades. Por primera vez, lamentó la franqueza que sin duda la había condenado ante el duque de Ravenswood.
Aun así, aquella autocrítica no le impidió dedicar varios minutos a imaginar ingeniosos métodos para provocar su desconcierto y eventual derrota. Se hallaba inmersa en uno de esos irreverentes ensueños cuando Hawkins interrumpió su fantasía.
—El caballero que desea verla se encuentra abajo, señorita.
Eleanor se incorporó con un chillido. La sangre huyó de su rostro y regresó en una oleada ardiente. Se aferró al respaldo del sofá mientras su mente se agitaba. ¿Habría traído un alguacil para enviarla a la cárcel? No… eso era absurdo. ¿O no?
—No puedo recibirlo, Hawkins. ¿Le ha dicho que la señora Whitcombe no está?
—Sí, señorita.
El mayordomo vaciló antes de añadir con solemnidad:
—Pero Su excelencia ha pedido expresamente hablar con usted.
—¡Oh, Géminis! —murmuró débilmente.
Apoyó los brazos en el respaldo y hundió la barbilla en las manos, fijando en Hawkins una mirada pensativa que ocultaba un pánico ciego.
Todos sus instintos la instaban a huir a su estrecho pero seguro refugio bajo las vigas.
Fuera cual fuese el motivo de aquella visita, el hecho de que el duque hubiese acudido y la hubiese encontrado con tal rapidez resultaba ominoso.
Hawkins, consciente de lo impropio que era hacer esperar a tan augusto visitante, carraspeó discretamente.
Eleanor dio un respingo.
Debía decidir: retirarse o afrontar la situación.
—Muy bien —dijo al fin, alzando los hombros con fingida ligereza—. Más vale acabar cuanto antes. No puede devorarme.
—Desde luego que no, señorita.
Aliviado, el mayordomo no halló nada extraño en aquella afirmación.
—Con su permiso, pediré a Su excelencia que suba de inmediato.
—Gracias.
Eleanor permaneció arrodillada entre los cojines mucho después de que él se marchara, perdida en reflexiones agitadas.
El duque esperaría una disculpa, sin duda, aunque él había sido tan descortés como ella.
Era injusto, pero su elevada posición le permitía comportarse con arrogancia, mientras que sus propias circunstancias no le concedían semejante indulgencia.