Capítulo 33
Las conversaciones se mezclaban unas con otras y las risas, sobre todo las risas.
Siete meses. Esos eran todos los que habían pasado desde que acabé en el hospital, el día en que por segunda vez temí perder a mis hijos, y también siete meses desde que Clark me confesó todo lo que sentía y el motivo de por qué se había comportado como lo hizo.
Que no fue otro que por miedo.
Pero ese miedo había desaparecido, tanto por su parte como por la mía.
Hablamos. Dos días después de salir del hospital, tuvimos una gran conversación en la que ninguno se guardó nada.
Desnudamos el alma y nos confesamos todo lo que habíamos sentido durante el tiempo que habíamos estado juntos como «amigos».
Pero, como le dijo Clark a mi sobrino Gus aquel día, los dos llegamos a la conclusión de que nunca fuimos solo amigos.
Desde el principio fuimos algo más, aunque la carga que cada uno llevaba a la espalda y las cicatrices del pasado no nos habían permitido verlo.
Desde aquel día en el hospital, como Clark me había prometido, no se había separado de nosotros.
Él sabía mi amor por el rancho y sin tener que plantear que hacer él mismo tomó le decisión de coger sus cosas y mudarse con nosotros y allí seguíamos juntos y más felices que nunca siete meses después.
Giré la cabeza de golpe al oír a mi sobrino cantar a todo pulmón la canción de cumpleaños feliz, subido a una silla para que todos le oyeran bien.
Era a su madre y a mí a quienes nos lo cantaba.
Ese día, después de muchos años separadas, por fin volvíamos a celebrar un cumpleaños juntas y no podíamos estar más contentas. Allí, en el jardín trasero del rancho, nos habíamos reunido todos para celebrar que las mellizas Robinson cumplíamos treinta y una primaveras.
No había faltado nadie. Estábamos toda la familia, incluidos Clark y Marta, que, por supuesto, formaban parte de ella.
Algunos trabajadores del rancho, un par de compañeros de Clark, amigos del pueblo, Allison, que era imprescindible, y, para mi alegría, también tenía allí conmigo a esa otra amiga que fue mi gran apoyo en Denver.
Molly había viajado siete días atrás para verme, para quedarse unos días con nosotros y, como ella dijo, para conocer a ese sheriff que detenía delincuentes y robaba corazones.
Varios meses atrás, Molly lo había pasado realmente mal. Su padre falleció y su madre también lo hizo, justo tres meses después. Fue un palo gordísimo para ella y para toda su familia.
Tras mi insistencia para que viniera y cambiara de aires, le costó decidirse, pero al final, con mi cabezonería, había conseguido que viniera y, en tan solo un día, estaba entre nosotros como si siempre hubiera pertenecido a este lugar.
—¡Vaya voz que tiene este niño y qué salado es!
Asentí, dándole la razón a Molly, que era quien había hablado.
Miré cómo Marta salía de la casa con otros tres platos de comida y me puse los ojos en blanco. Ella seguía en su línea y, si a diario cocinaba para un regimiento, ese día se había coronado ya que había comida en la mesa para todo el pueblo durante varios días.
—Molly, ¿vas a quedarte hasta que nazcan los bebés? —Le preguntó Gus.
—No lo sé, cariño, solo vine para un par de días y ya llevo siete. En algún momento tengo que volver a Denver.
—¿Para qué? ¿Para ver galletas?
—Sí, para ver cientos de galletas día tras día.
—Pues quédate aquí con nosotros, los dulces de Marta son mejores.
Vi cómo los ojos de Molly se iluminaban con la idea de Gus, pero un segundo después ese brillo se apagaba y sonrió de manera triste.
—Aquí no puedo quedarme, campeón. No tengo trabajo ni un sitio donde vivir.
—Eso no es cierto, casa tienes. Aquí hay sitio de sobra —dijo mi padre.
—Y si no quieres compartir tanto jaleo, mi casa en el pueblo sigue vacía, así que no tienes excusa —añadió Clark.
—Y trabajo tienes, si quieres, también —le dijo Allison, que apareció por detrás de nosotros.
—¿Qué?
—Una de las chicas que tengo en el bar se marcha la semana que viene a vivir a la ciudad, así que necesito dos manos en el bar. Si quieres, el puesto es tuyo.
—Niña, te acaban de organizar la vida, solo tienes que decir sí. Prueba una temporada; te vendrá bien estar aquí. Para volver a Denver, siempre habrá tiempo.
Molly se quedó pensando unos segundos. Me miró como si me pidiera mi opinión o mi permiso y cuando asentí sonriendo, ella también lo hizo.
—Pues ya está todo dicho, me quedo.
El jardín se llenó de aplausos y gritos, sobre todo los de Gus, que estaba encantado con mi amiga.
Después de comer, o atiborrarnos de comida, más bien, llegó el momento de repartir los regalos, que eran bastantes al ser un cumpleaños doble.
—Toma, mamá, este es del abuelo.
—¿Y si es del abuelo, por qué se lo das tú? —preguntó mi hermana riéndose.
—Porque soy el ayudante de todo en estas tierras.
La contestación de Gus y su gesto, encogiéndose de hombros como si su contestación fuera ley, nos hizo reír a todos a carcajadas.
—Venga, sheriff, solo faltas tú. Dale el regalo a la tía, a ver si le gusta.
Ver cómo todos cruzaban la mirada mientras Clark se acercaba a mí me puso nerviosa, porque algo dentro de mí me dijo que me iba a sorprender lo que fuera a regalarme.
Y vaya si me sorprendió.
Clark se puso delante de mí e hincó la rodilla en el suelo. Muda me quedé en ese momento al verle sacar del bolsillo delantero de su camisa una cajita negra que abrió delante de mí para mostrarme el anillo más bonito que yo había visto en mi vida.
—Reagan —empezó diciendo con la voz ronca y tomada—.
Hemos pasado por mucho hasta llegar hasta aquí.
Hemos sufrido por miedo, por el pasado y por temor a un futuro.
Pero juntos hemos superado todo eso. Así que quiero pedirte que sellemos ese pacto para seguir construyendo el mejor de los futuros con nuestros hijos.
Las lágrimas apenas me dejaban verlo, y Clark sonreía de una manera preciosa ante mi emoción.
—Clark…
—Reagan, ¿quieres casarte conmigo y tener ese futuro que hemos soñado juntos?
No es que dudara de mi respuesta, porque estaba claro que era sí, pero un dolor me atravesó el vientre y algo viscoso empezó a recorrer mis piernas.
—No… —dije sin poder evitarlo.
Clark se tambaleó en el sitio al oírme decir eso, mientras los demás, a quienes vi por el rabillo del ojo, se quedaron sin respiración.
—¿No? —preguntó balbuceando.
—No, quiero decir sí. Que sí, que quiero casarme contigo, no hay nada que desee más. Pero la celebración tendrá que esperar.
—¿Qué? —preguntó confundido.
—¿Tía Reagan, te has meado? —dijo Gus señalando mis piernas.
Solté una risita y negué con la cabeza.
—No, Gus. Es que los bebés, de la emoción al ver a su padre arrodillado, han decidido nacer el mismo día que tu madre y yo. He roto aguas.
Clark al oírme decir eso terminó por caer hacía tras y caer de culo en el suelo a la misma vez que todos los demás montaron una revolución en el jardín.
—Coger las llaves de los coches —dijo Tucker.
—Marta, las bolsas de los niños, rápido —pidió mi padre.
Todos, como si fueran parte de un ejército, se pusieron en marcha para recogerlo todo y marcharnos al hospital.
—Sheriff —dije alargando mi mano para que me diera la suya.
—Sí.
—Tenemos que irnos.
—Sí.
—Hoy, ahora.
—Sí.
—Clark, respira dos veces y levántate del suelo, por favor. Tus hijos van a nacer.
—Joder… no sé cómo hacer esto.
Solté una carcajada.
—¿Hacer el qué? ¿Ponerte en pie? ¿Respirar?
—No morirme de miedo. Esto no lo enseñan en el ejército, Reagan.
Todos empezaron a reírse al verle pálido como el papel y mirándome como si fuera una bomba de relojería que estaba a punto de estallar.
—Venga, Clark, que eres el sheriff y tienes que dar ejemplo de calma —le dijo Tuker ofreciéndole la mano para ayudarle a levantarse del suelo.
—Detener a delincuentes e interrogarlos es más fácil.
—Pues hoy vas a tener que interrogar a dos mini vaqueros que van a robarte el corazón en cuanto los veas —dije, agarrándole por la camisa, antes de darle un beso en los labios para que se calmara al menos un poco.
—Dios mío… voy a ser padre —dijo murmurando mientras íbamos al coche.
Media hora después, el hospital se revolucionó por completo. Todos llegamos a la vez en distintos coches. Lauren no se separó de mí desde que salimos de casa, agarrándome la mano en todo momento para darme ánimos y diciéndome cada tres segundos que respirara tranquila.
Todos se quedaron en la sala de espera que hicieron suya en cinco minutos y Clark y yo pasamos dentro.
Justo una hora después, el llanto de nuestro primer hijo llenó la sala del paritorio. No había, al menos para mí, un mejor sonido en el mundo. Ese ruido escandaloso era vida.
—Es un niño. Perfecto y sano —dijo la ginecóloga a la vez que me lo ponía en el pecho.
No habíamos querido saber qué sexo tenían. Preferimos el factor sorpresa.
—Un niño…
—Wyatt —susurré.
Clark, con los ojos llenos de lágrimas, sintió cuando dije uno de los nombres que teníamos pensados y elegidos.
—Wyatt —repitió antes de besarle la cabecita y, después, besarme a mí en la mía.
Exactamente catorce minutos después, la habitación volvió a llenarse de llanto.
—Y aquí tenemos una niña. También perfecta y sana. Enhorabuena, señores, tenéis la parejita.
—Una niña…
—Wren —dijo Clark, muy seguro, mientras lloraba.
—Wyatt y Wren. Un vaquero y una vaquera.
—Mis tres vaqueros, mis tres amores.
Clark se inclinó para besar a nuestros hijos, que estaban cogidos de la mano sobre mi pecho, y después me besó en los labios.
Fue un beso corto, lento, pero cargado de amor y promesas de futuro.
—Te amo, vaquera.
—Te amo, sheriff.