Epílogo
Quince años después…
El aire me golpeaba la cara y no había, al menos para mí, mejor sensación del mundo. Esa libertad y esa paz que sentía al cabalgar por las tierras del rancho no tenían comparación.
Espoleé un poco más para aumentar la velocidad y, mientras el aire seguía azotándome la cara, cerré los ojos y pensé en todo lo que había pasado desde que volví de Denver para enfrentarme a un pasado que marcó mi vida y para ayudar a mi familia.
La vuelta fue impactante y dolorosa, pero no volver al que siempre había considerado mi hogar, sino al ver todo lo que me encontré.
En la primera que pensé fue en ella, en mi hermana, en mi otra mitad, en la mujer que cuando volví no era ni la sombra de lo que había sido un día.
Su problema con el alcohol le estaba robando la vida. Esa fue la única manera que encontró de ahogar el dolor que sentía por todo lo que había pasado. Pero gracias a la paciencia de todos y a la gran fuerza de voluntad que puso, eso quedó atrás hacía quince años.
En la actualidad seguía sobria y le había costado conseguirlo. Había tenido momentos de bajón y de tentación, pero en ninguno de ellos le habíamos soltado la mano y había conseguido no volver a tomar ni una copa más.
Su vida, como la de todos, había cambiado y para mejor.
Tucker, mi amigo del alma, ese que una vez creí amar, pero que resultó un espejismo pasajero, seguía junto a ella y a sus hijos, formando una pareja que se amó desde el primer día y un ejemplo para todos por lo fuertes que habían sido al estar unidos para superar todas las pruebas que les puso la vida.
Su hijo Gus ya tenía veinte años y, como siempre dijo, era todo un vaquero que se levantaba al amanecer para, junto a todos los demás, recorrer nuestras tierras.
Después de la desgracia que tuvieron que pasar al perder a su segundo hijo, todos pensamos que Lauren y Tucker no querrían arriesgarse a volver a pasar por ello, pero nos sorprendieron, y para bien, al tener dos hijas más años después de mi vuelta a casa.
Mis sobrinas, dos rubias preciosas, tenían doce años la mayor, a la que llamaron Ella, y diez la pequeña, que se llamaba Elaine en honor a mi madre.
Mi padre, ese hombre que había tenido que sufrir tantísimo no solo por haber perdido a mi madre tan joven, sino por todo lo que el destino tenía preparado para nuestra familia, seguía siendo el cabeza de familia y no podía mirar con más orgullo a todos los miembros de nuestra familia, y nos miraba con un orgullo y un amor grandísimos que ni se molestaba en esconder.
Marta.
Aquella mujer que se presentó en nuestra casa para echarnos una mano con el caos que teníamos formado había terminado siendo una pieza clave para nuestra familia, y no solo por cómo nos cuidaba y vigilaba a todos, sino también por cómo nos trataba, como una mamá gallina.
Sino porque, años después de nuestra llegada, consiguió conquistar el corazón de mi padre y, para sorpresa de todos, acabaron casándose.
Pero las sorpresas en nuestra familia no acabaron ahí. Todavía tuvimos otra que, esa sí, nadie vio venir. Creo que ni ellas mismas lo vieron.
Sonreí al pensar en Molly.
Esa amiga que, desde que nos conocimos en ese autobús que nos llevaba a la fábrica de galletas en Denver, siempre estuvo para mí primero allí cada día y luego por teléfono cuando regresé a casa.
Todavía recuerdo aquel cumpleaños, el de mis treinta y un años, en el que pasaron tantas cosas, todas buenas, pues una de ellas fue que Molly aceptó quedarse con nosotros para desconectarse de Denver al menos por una temporada.
Nunca más volvió; en Big Timber seguía y muy feliz.
Aceptó vivir en la casa de Clark y trabajar también en el bar de Allison.
Ay… Allison. Otra que, como la buena amiga que era, seguía estando en mi vida y de la que estaba segura de que nunca saldría.
Pues la sorpresa fue que, meses después de que Molly y ellas empezaran a trabajar juntas, con toda su calma, en una cena que hicimos en el rancho y a la que, como la familia que las considerábamos, vinieron las dos, nos soltaron así, sin más, que estaban juntas, que eran pareja y que se iban a vivir juntas.
La cara de todos ese día fue para hacernos una foto y enmarcarla.
Según su historia, el amor había nacido entre ellas, sin que pensaran que eso podía pasar, ya que a ambas les gustaban los hombres: entre risas en el bar, un roce aquí, otro allá, una conversación tras otra, muchos momentos compartidos.
Y es que, como mi padre les dijo cuando nos lo contaron, el amor no entiende de edad, sexo ni gustos, solo entiende que un corazón elige a otro sin fijarse en nada más.
Y ahí seguían, las dos, después de más de trece años, juntas y felices. En el bar, viviendo juntas y con su hijo Ryder, de diez años, a quien habían adoptado ya años atrás.
Me bajé del caballo y, con pasos lentos, llegué al árbol más alejado del rancho. Ese árbol, que para mí era especial porque fue testigo del inicio de mi historia con quien era el amor de mi vida.
Clark…
Con solo pensar en su nombre, ese remolino que me recorría desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron en la puerta del bar de Allison se volvía a hacer presente para alterar mi cuerpo y mi corazón.
Nuestros principios no fueron los típicos de una pareja; fuimos amigos por conveniencia o quizá realmente nunca lo fuimos, porque, como él siempre me decía, nunca fuimos solo amigos; solo que los dos no estábamos preparados para verlo o reconocerlo.
Quince años después, seguíamos igual de enamorados o más que entonces, y juntos habíamos construido lo que habíamos acordado tener en aquella sala de hospital el día en que él se enteró de que dos corazones latían dentro de mí.
Juntos y siempre de la mano, dejamos atrás un pasado que marcó nuestras vidas para tener un futuro que realmente sería el que nos daría la felicidad que ambos anhelábamos y queríamos junto al otro.
Aquel día, hacía ya quince años, en mi cumpleaños, me pidió que me casara con él y lo hicimos.
Justo seis meses después nos dimos el sí quiero en ese mismo jardín del rancho donde hinco rodilla y acabó cayéndose de culo porque de la emoción que sentí o porque así estaba escrito mis hijos decidieron que era el mejor momento para decir «Hoy nacemos sí o sí».
La boda fue simplemente perfecta. Íntima, emotiva y rodeados de toda nuestra familia y amigos.
A nuestra pequeña, o no tan pequeña como sabéis, el día de mi cumpleaños vinieron al mundo Wyatt y Wren.
Mis pequeños vaqueros, porque eso es lo que habían acabado siendo, ya tenían quince años y eran dos terremotos que recorrían los campos a todo galope, a riesgo de que a su padre le diera un infarto en cualquier momento cada vez que los veía echar carreras como dos locos.
Pero no eran los únicos que parecían haber nacido montados en un caballo.
Dos años después de que nacieran mis hijos mayores, volví a quedarme embarazada. Hasta ahí todo bien.
A Clark y a mí nos hizo muy felices la noticia porque sí que queríamos tener más hijos. El problema vino cuando, en la primera ecografía, volvieron a decirnos que, por segunda vez, dentro de mí latían dos nuevos corazones.
Yo acabé llorando y riendo a la vez por el impacto. Clark, en cambio, se lo tomó de otra manera: acabó desmayándose allí mismo.
Aún trece años después, Tucker sigue burlándose de él, alegando que vaya un sheriff y un soldado que estaba hecho. Él, que había visto tanto en el frente y que, por decirle que iba a tener dos hijos más, se desmayara, era algo insólito.
Nueve meses después de ese día que recordaríamos para siempre, llegaron a nuestras vidas nuestros hijos menores, otra vez niño y niña, para completar nuestra familia.
Linda y Nick ya tenían doce años y galopaban de la misma forma loca que sus hermanos, aunque, para la paz mental de su padre y sorpresa de todos, ya tenían bien claro, y así nos lo habían hecho saber, que su idea era vestir uniforme como mi marido.
Apoyada contra el árbol, como años atrás, con los ojos cerrados, sonreí al oír ese sonido inconfundible para mí: el de los cascos de un caballo que se acercaba, golpeando contra el suelo.
Sin que aún llegara a mi lado, solo al oír sus pasos después de que desmontara, supe, por la manera en que pisaba, que era el amor de mi vida.
—Vaquera, ¿vas a hacer como que no me has oído?
Solté una risita mientras abría los ojos.
—No, sheriff, solo estoy esperando que llegues a mí.
—Reagan, no me llames sheriff, que ya sabes cómo me pone que lo hagas.
—No sé de qué me hablas, sheriff —dije haciéndome la tonta.
Se acercó con pasos firmes y mirándome como si fuera un depredador que vigila a su presa antes de saltar sobre ella, y se dejó caer a mi lado, muy cerca.
—No, no lo sabes, ¿no? Vuelve a llamármelo y verás lo que pasa.
Hice como que pensaba unos segundos, aguantando la risa y sorprendiéndole porque no se esperaba mi movimiento. Con rapidez me senté encima de él, a ahorcajadas, y junté mi boca a la suya.
—Sheriff —susurré contra sus labios—te amo y te deseo.
Gruñó mientras me agarraba con fuerza de las caderas para pegarme más a él.
—Yo sí que te amo, vaquera, y te deseo muchísimo, aquí y ahora. Así que venga, vamos a cabalgar juntos.
Se lanzó a mis labios para besarme y, allí, bajo aquel árbol que durante años había sido testigo de muchos momentos como ese, nos dejamos llevar por la pasión, demostrándonos cuánto nos amábamos.