Nunca fuimos solo amigos Capítulo 32
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Capítulo 32

Lo primero que percibí fue un sonido.

Uno extraño, uno que no reconocí. Era rítmico, constante hipnotizante incluso.

Intenté abrir los ojos, pero no pude. Me pesaban muchísimo; era como si llevara días sin dormir y me cayera de sueño. Intenté moverme un poco y noté como estaba tumbada en una cama.

Una que claramente no era la mía. El colchón se sentía muy diferente y las sábanas eran ásperas y demasiado apretadas. Desde luego, esas no eran las sábanas de casa; esas a las que Marta echaba suavizante que olía a lavanda; esas que tenía pegadas a mi cuerpo olían a desinfectante.

Hice otro intento de abrir los ojos y, con mucho esfuerzo, conseguí abrirles lo justo para ver una máquina a mi lado que marcaba un montón de números y una línea que se movía como si fuera una espiral.

Moví la mano al notar que tenía algo en ella y la mirada fue hasta ella y luego al recorrido que tenía el cable que salía de ella. Al final había un gotero.

Ahí comprendí donde estaba.

En el hospital y al entenderlo los últimos recuerdos que tenía antes de eso llegaron de golpe a mi cabeza.

El primero que llegó en la imagen fue Clark en la cocina, mirándome mal y diciéndome esas palabras que me habían destrozado antes de marcharse, dando un portazo.

Al verlo irse así comprendí del todo que lo había perdido para siempre, o quizá no, porque no se puede perder lo que nunca había sido tuyo.

Al irse, recordé cómo, llorando, subí a mi habitación y me tumbé en la cama. Así estuve horas. Tantas que me acabaron doliendo los ojos y la garganta.

Como miré el reloj y pasé al baño a lavarme la cara. Mi familia estaba a punto de llegar y no quería que se preocuparan al verme en ese estado.

No funcionó.

Al bajar, ya estaban todos allí y Lauren, con solo verme la cara, supo que algo había pasado. Le dije que nada, pero no me creyó e insistió en que hablara.

Acabé diciéndole que Clark había estado allí y que habíamos hablado. ¿Hablado o discutido? Me preguntó, y yo, sonriendo con tristeza, le dije que no había diferencia alguna.

Me presionó para que le contara todo, pero no me dio tiempo a decir más. Un dolor muy intenso me atravesó el vientre. Lauren me agarró de la cintura y me llevó al baño. Allí vimos que otra vez estaba sangrando.

No pude evitar volver a llorar y rezar en voz alta pidiéndole a Dios que no me los quitara, que dejara vivir a mis hijos. Lauren intentó tranquilizarme, pero no consiguió nada. Mi respiración se aceleró tanto y mi corazón empezó a latir de tal manera que pensé que se me saldría por la boca.

Después de eso, ya no había nada más, solo oscuridad.

Al saber que estaba en el hospital, entendí que me había desmayado y que, seguramente, alguien, Tucker o mi hermana, me había traído para que me atendieran.

Giré la cabeza para buscarlos, pero me quedé sin aliento al ver a la persona que estaba sentada en una silla a mi lado.

Clark.

El hombre que horas antes me había dicho que no quería volver a verme nunca más estaba allí, sentado en una silla, dormido y en una posición que tenía que ser incómoda.

Tenía los brazos cruzados y la cabeza ligeramente ladeada. Le miré más detenidamente. Por supuesto, llevaba puesto el uniforme de sheriff, ese que para él era como una segunda piel. Subí la mirada hasta su rostro. Estaba serio, y su mandíbula estaba oscurecida por la barba que empezaba a crecer.

Ver eso, cuando él siempre iba perfectamente afeitado, me hizo pensar que debía llevar allí durante mucho tiempo. Eso me dejó muy confusa, porque él, después de lo que me había dicho, debería ser la última persona que estuviera allí acompañándome.

No me dio tiempo a buscar respuestas a todas las preguntas que me estaba haciendo antes de que se despertara y tuviera que enfrentarme a él, porque abrió los ojos.

Levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron.

En los míos encontró miedo, confusión y muchas preguntas. Pero yo, en los suyos, lo que vi me impactó más que cualquier otra cosa. Había arrepentimiento, dolor y algo que nunca pensé que estaría ahí, pero estaba, lo vi claramente. Amor, eso era lo que había.

Yo fui la primera en retirar la mirada, no porque no me gustara ver ese amor ahí, si no por lo confundida que me sentía la verlo.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja a la vez que se levantaba rápido para acercarse más a la cama.

—Cansada pero bien.

Su mirada me recorrió por completo y se detuvo un segundo de más en mi vientre. Y ahí supe que lo sabía. Que sabía que estaba embarazada.

—Lo sabes —susurré.

Asintió.

—¿Es… están bien?

—Están muy bien. Son fuertes como su madre.

Tragué saliva y solté el aire que tenía atascado en la garganta a la vez que me llevaba las manos al vientre y las dejaba allí de forma protectora.

Volví a levantar la cabeza para mirarle. Sonreía, pero de una manera tan triste que algo se me removió por dentro.

—Clark, ¿qué haces aquí?

—Estoy donde tengo que estar, con vosotros.

—Pero tú dijiste que no querías volver a verme.

—Lo sé —dijo bajando la mirada, avergonzado.

—Entonces, no entiendo qué haces aquí.

—Tenemos mucho de qué hablar cuando salgas de aquí. Hablar con tranquilidad.

—Ya me dijiste todo lo que tenías que decir ayer.

Cerró los ojos un instante y arrugó la cara como si mis palabras lo hubieran golpeado.

—No. Lo que te dije ayer no era verdad. Los celos hablaron por mí. Y dije lo que me mandó mi cabeza, no mi corazón.

—Clark.

—Tenemos una conversación pendiente, una muy larga. Una en la que quiero explicarte muchas cosas y que también tú me expliques otras.

Se acercó el paso que le quedaba para quedar totalmente pegado a la cama y agachó un poco la cabeza para que le oyera bien.

—Por el momento solo voy a decirte una cosa. La más importante de todas.

El corazón empezó a latirme más deprisa y la boca se me quedó seca, por lo nerviosa que me estaba poniendo con su cercanía y por la manera en que me miraba. Como si para él no existiera nada más en el mundo que yo.

—¿Cuál? —Pregunté con la voz entrecortada.

—Te amo, Reagan.

Me quedé paralizada al oírle decir eso que tantas veces había soñado que me diría, pero que nunca llegó.

—¿Qué…?

Volvió a sonreír de manera muy triste y en su mirada había mucha vulnerabilidad. Y eso sí que no me lo esperaba porque Clark siempre me había parecido un hombre muy seguro de sí mismo.

—Te amo desde hace mucho tiempo. Te amo incluso antes de yo mismo saberlo y querer reconocerlo. Pero tuve miedo.

—¿De qué?

—De ti.

—¿De mí?

—Sí. De no volver a ser suficiente para la mujer que amaba. De que tú no pudieras quererme nunca. De que no me eligieras. Y de que me pasara otra vez lo mismo, no quería volver a ser otra vez un segundo plato. Uno que usan para divertirse mientras aman a otro.

Dios… mío. Ahí me di cuenta de que no era la única cuyas cicatrices del pasado habían marcado su vida.

—No tenía que elegir porque no había que hacerlo. Solo estabas tú. Siempre has sido tú el que estaba aquí —dije llevándome la mano al corazón—. Nunca fuiste un segundo plato, fuiste el único.

En esos momentos los dos llorábamos.

—Reagan, siento haberte hecho daño por el miedo que sentía. Siento haberte hecho pensar que no eras nada para mí, cuando lo cierto es que lo eres todo. Y siento cada palabra que dije. Voy a pasarme el resto de mi vida intentando que algún día me perdones.

Cerré los ojos un segundo.

¿Me había hecho daño? Sí. ¿Había tardado en confesar sus miedos? También. Pero se le veía de lo más arrepentido y, sobre todo, lo más importante y en lo que me centré fue que, cuando había dicho que me amaba, había sido completamente sincero.

Alargué la mano y rocé la suya. Bajó la mirada y, al verme abrir los dedos, dudó, pero entrelazó los suyos con los míos.

—Somos dos idiotas.

Clark soltó una risita mientras se limpiaba las lágrimas de la cara con la mano libre.

—Sí que lo somos.

—Pero somos el idiota del otro.

—Eso no suena muy bien.

—Lo sé —contesté riendo, haciéndole reír a él.

Clark levantó nuestras manos unidas, me besó en los nudillos y luego pasó mi mano acariciándose la cara con ella, como si necesitara sentirme.

—Te quiero, Reagan.

—Yo también te quiero.

Bajó la mano y, con mucho cuidado, la posó sobre mi vientre.

—Os quiero, vaqueros, a los tres. —dijo haciéndome reír más

Sus ojos volvieron a aguarse.

—No hay nada en el mundo que pueda hacerme más feliz que tener un futuro contigo, Reagan. Levantarme cada mañana a tu lado, de tu mano, ver crecer a nuestros hijos y formar una familia contigo es un sueño. El mejor de los sueños.

—Yo también quiero todo eso. Lo quiero todo contigo.

No hizo falta decir nada más. Con esas palabras no hizo falta decir nada más. Nuestro futuro estaba sellado.

Clark se inclinó para besarme y yo lo recibí sin dudar.

Ese beso no tuvo nada que ver con ninguno de los que nos habíamos dado hasta ese momento. Fue un beso lento, lleno de amor, con el que nos dijimos todo lo que ambos habíamos callado por miedo.

No nos separamos porque quisiéramos, sino porque llamaron a la puerta.

—Adelante —contesté.

La puerta se abrió despacio y, a través de ella, empezaron a aparecer todos los miembros de nuestra familia. No faltó nadie, ni siquiera Gus.

Me abrazaron por turnos.

A ninguno le hizo falta preguntar nada en voz alta; solo con ver la sonrisa que Clark y yo teníamos entendieron que todo estaba bien entre nosotros. Que las cosas estaban como deberían estar.

Era cierto que nos quedaba por tener una larga conversación, pero esa podía esperar unas horas, ya que lo más importante, como había dicho Clark, ya estaba dicho.

—¿Tía?

—Dime, campeón.

—¿Entonces el sheriff y tú ya no estáis enfadados? —Preguntó al ver nuestras manos unidas.

—No, ya no lo estamos.

—¿Entonces ya sois amigos otra vez?

Clark y yo nos miramos y sonreímos a la vez. No fui yo la que contestó, aunque, de haberlo hecho, a mi sobrino le habría contestado exactamente lo mismo que le dijo mi sheriff.

—Nunca fuimos solo amigos.

—¿Sois novios?

—Lo somos —contestamos a la vez.

—Qué guay. Ahora tengo un tío sheriff y una tía vaquera.

Todos nos echamos a reír al ver con contento que estaba por la novedad.

Todos se quedaron un rato, lo justo, mientras Clark fue a casa para darse una ducha, cambiarse de ropa y volver lo más rápido posible a nuestro lado, al de los tres. Porque, como bien claro nos dejó, no solo a mí, sino a todos, no iba a separarse de nosotros nunca más.