Capítulo 30
Clark
Esa mañana me levanté con la firme decisión tomada de no dejar pasar ni un día más sin enfrentarme a ella.
Veinte días esos eran lo que llevaba sin verla y no porque yo lo hubiera querido si no porque ella había hecho todo lo posible para evitarme y de forma sutil, o no tanto había hecho que no coincidiéramos en ningún momento.
Sí, iba al rancho a buscar a Gus o a llevarle; nunca estaba ya en la casa. Si la familia me invitaba a compartir su mesa, nunca estaba. Ellos esquivaban mis preguntas, pero Gus, al ser un niño, su inocencia le hacía decir la verdad. La tía ha salido, me decía.
Siempre había salido y qué casualidad que siempre lo hacía justo el día que yo iba a quedarme más tiempo.
Pues eso se iba a terminar, porque en cuanto terminara de rellenar unos informes que era lo que estaba haciendo en esos momentos, iría a buscarla.
Salí de la oficina y me monté en mi coche, arranqué y salí del aparcamiento con un destino en mente y la decisión tomada de que ese día no pasaría a ver la verdad en sus ojos.
Porque eso era lo único que necesitaba para cerrar ese capítulo de mi vida que no había salido como yo esperaba.
Verdad que dentro de mí ya sabía, pero que por una morbosa necesidad necesitaba oír de sus labios.
Mientras conducía, en mi cabeza repasé todo lo que habíamos pasado juntos.
Las cenas. Las risas, las muchas veces que nos habíamos acostado. La química que teníamos, esa que yo pensé que era imposible de tener con alguien porque ni con mi mujer, todos los años que estuvimos juntos, la había tenido.
El momento tenso que vivimos en el coche el día de nuestra primera cita, esa que yo acabé cambiando de rumbo, convirtiéndola en una salida de amigos cuando le dije que no quería ni podía tener una relación.
Y es que en esos momentos así lo sentía. Pero eso tardó poco en cambiar.
Reagan fue la que me propuso esa noche ser amigos, amigos especiales que comparten momentos y en eso quedamos. Sin saber en ese momento que iba a terminar enamorándome de ella como no lo había estado nunca de nadie.
De eso me di cuenta una mañana de las muchas en las que amanecimos en mi cama después de una noche salvaje. Ella estaba dormida, apoyada en la almohada, relajada, pero con el gesto cansado por la intensidad de las horas que habíamos estado disfrutando el uno del otro.
Y ahí justo en ese momento fue cuando me di cuenta de que no la quería como a una amiga. Ahí me di cuenta de que la quería porque ese momento, allí dormida a mi lado, no era algo que quería que pasara solo los sábados sino todos los días del resto de mi vida.
Quería todas las noches durmiera entres mis brazos, que desayunáramos, que compartiéramos todos los momentos juntos que pudiéramos y no solo en la cama y que tuviéramos un futuro juntos.
Días después de eso, quise hablar con ella. Quise confesarle mis sentimientos y quise saber si ella podría llegar a quererme de la misma manera que yo la quería a ella.
Fui a buscarla y me di de bruces con la realidad. Eso no podría pasar nunca porque me había mentido ese día que hablamos sentados contra aquel árbol en los campos del rancho.
Su corazón nunca tendría hueco para mí porque, al igual que su mente, ya tenía dueño.
Eso lo supe cuando le fui a buscar y la encontré en las cuadras abrazada a Tucker. Él la apretaba fuerte contra su pecho y ella le agarraba como si fuera lo más importante que tenía en la vida.
No me dejé ver, no hablé, simplemente me fui con el corazón lleno de dolor, no solo por saber que nunca sería nada para ella, sino también muy dolido y defraudado al saber que para ella solo había sido un parche en su vida, alguien para entretenerse, alguien con el que se acostaba mientras amaba a otro.
Ese mismo día, sin esperarlo, nos encontramos en el bar por la noche en el que estaba cenando con Olivia, la que era mi amiga, pero mi amiga de verdad, aunque muchos pudieran pensar otra cosa, nunca había habido nada entre nosotros más que nada porque ella se había divorciado porque había descubierto que le gustaban las mujeres.
Allí en el bar Reagan habló poco, pero me miró al lado de Olivia como si le diera igual que estuviera con otra mujer y eso dolió, aunque las últimas palabras de Lauren me dejaron de lo más confundido.
Y ese era el motivo por el que necesitaba esa confirmación para cerrar la página.
Sabía que estaría sola. Tucker estaría en los campos. Gus en el colegio donde yo mismo le había llevado y el resto estaba en la ciudad y tardarían en regresar ya que Lauren me había avisado que ellos mismos recogerían a Gus al terminar de hacer las gestiones que tenían que hacer.
Nada más llegar, me crucé con uno de los trabajadores y le pregunté por ella. Me dijo que aún no había ido a los campos y que estaba en casa.
Entré sin llamar. Ya tenía la suficiente confianza para hacerlo; miré en el salón; allí no estaba. Pero la encontré en la cocina.
La conversación fue breve y nada esclarecedora. Pero cuando me acerqué a ella para enfrentarme a su mirada, como siempre que la tenía tan cerca, no pude resistirme a tocarla.
Acabé follándola como un verdadero animal encima de la mesa de la cocina.
Al terminar, evitó mi mirada y solo con ese gesto tuve la certeza de lo que había sospechado. Para ella solo era un desahogo. Nada más.
Enfadado porque por segunda vez en mi vida la mujer de la que me había enamorado no me elegía a mí, no a mi amigo, irónica la vida, ¿cierto?, le dije unas palabras duras pero necesarias para terminar lo que fuera que tuviéramos.
Salí corriendo del rancho sin mirar atrás y, nada más sentarme en el coche, rompí a llorar al saber que, como le había pedido, nunca más nos veríamos.
En la oficina no pude concentrarme en nada durante las horas siguientes, así que, cansado, dolido y sin ganas de nada, me marché a casa.
Pero antes de llegar, un aviso en una casa de las afueras me hizo ir allí a cumplir con mi deber. Apenas tardé quince minutos en resolverlo. Pero cuando volví a montarme en el coche para irme por fin a casa, aún de pie vi pasar el coche de Tucker camino a la carretera principal a toda velocidad.
Mi amigo era prudente y nunca conducía de esa manera, así que estaba seguro de que algo pasaba y dentro de mí supe que no era nada bueno. Me monté a toda prisa en el coche, arranqué y pisé el acelerador a tope para seguirle.
No quise dar las sirenas ni pitarle; a la velocidad a la que iba, cualquier distracción podría ser fatal, así que solo le seguí a poca distancia.
El corazón se me encogió de miedo cuando paró en las puertas del hospital dando un frenazo. Pensé que si llegaba así era porque algo le había pasado a alguien y, conociendo el problema de Lauren, ella fue la primera que se me vino a la cabeza.
Me equivoqué.
Al llegar corriendo hasta el coche, vi bajar a mi amiga y, como ayudando a su marido, le abrió la puerta para que él sacara a Reagan de la parte de atrás.
La cogió en brazos y vi cómo su cabeza colgaba hacia atrás. Estaba inconsciente.
—Joder ¿Qué le ha pasado?
—No creo que te importe, así que ni te acerques.
—Sí que me importa —le contesté a Lauren, que me miraba de manera fulminante, como si quisiera quitarme el arma y pegarme cuatro tiros con ella.
Di dos pasos y alargué la mano para colocarle la cabeza. Lauren se interpuso y lo hizo ella misma.
—No la toques. Ya bastante has hecho.
—Yo no la he hecho nada.
—Puede que no con tus actos, pero sí con tus palabras.
Me quedé paralizado en el sitio.
—Te lo ha contado —afirmé —te ha contado que hemos hablado hoy.
—No ha hecho falta. La conozco mejor que nadie. Solo ha hecho falta que me dijera que os habíais visto para saber que con tus palabras has terminado por romperla; lo he visto en el dolor que tenía en su mirada.
Por mi mente pasó a toda velocidad la breve conversación que habíamos tenido, pero también lo hizo el encuentro cargado de rabia por mi parte y de indiferencia por la suya que habíamos tenido.
Recordé cómo no colaboró, como había hecho siempre, como simplemente se dejó hacer. Como yo volqué en ella la rabia, la necesidad de demostrarle ni sabía ya qué, todo el dolor que sentía dentro de mí.
Lauren debió de leerme bien porque dio un paso atrás, se llevó la mano al pecho y me miró como si tuviera delante al peor de los hombres.
—¿Dime que no te has atrevido? ¡Dime que no!
—No hice nada distinto a otras veces —dije intentando excusarme.
—¡Es que ahora no puede ser igual! Hay que tener mucho cuidado.
La miré confundido. No entendí qué quería decir con esas palabras. Quise preguntarle, pero no tuve oportunidad de hacerlo. Tucker le dijo que no era el momento, que Reagan era lo primero y, sin decirme nada más, los dos, Tucker cargado con Reagan, entraron corriendo en el hospital.
Nada más verla entrar, se la arrebataron de los brazos, la pusieron en una camilla y se la llevaron.
Los tres nos quedamos mirando en silencio en el pasillo por el que desapareció.
Una enfermera se acercó y nos indicó la sala donde podíamos esperar noticias. Caminamos hasta allí en silencio y nos dejamos caer en las sillas. Yo tres huecos apartados de ellos.