Capítulo 29
Me senté en un taburete de la cocina y di un sorbo a la infusión que Marta me había preparado, para calmar mi estómago.
Porque sí, ya sabían tanto ella como mi padre la verdad de lo que me pasaba. No quería que lo supieran tan pronto, pero fue imposible ocultárselo ya que llevaba una semana levantándome fatal por las mañanas y esas náuseas de las que pensé que me libraría se hicieron presentes para dejarme fatal.
Así que al ver la preocupación de mi padre y la mirada de Marta de «Sé lo que te pasa, pero me callo» acabé por contarles la verdad.
Marta se volvió loca de alegría y desde entonces no dejaba de hacer bocetos de ropa que iba a hacer para cuando mis hijos nacieran.
Y mi padre, cuando se lo dije, lloró como nunca le había visto hacerlo. Seguía preocupado, pero también, al igual que Tuker, se negó a pensar que algo malo pudiera pasar, ya que dijo que la familia había pasado por mucho y que esto iba a salir bien, porque así tenía que ser.
Hacía veinte días que me había enterado de que iba a ser madre y también veinte días que llevaba sin ver al padre de mis hijos.
Clark seguía viniendo a buscar a Gus para llevarlo al colegio y su relación con mi familia no había cambiado, aunque eso me costó conseguirlo, pero tras una charla con todos les pedí que por favor no le sacaran de sus vidas porque lo nuestro no hubiera funcionado.
No me pareció justo que, porque él no me quisiera, mi familia le perdiera.
Les costó aceptar mi petición, pero tras darles argumentos de peso, sobre todo el más poderoso, ese de que en el corazón no se manda y que no se puede obligar a nadie a querer a otra persona, acabaron aceptando.
Eso sí, mi padre no dejaba de preguntarme cuándo iba a decirle que iba a ser padre y, al igual que le había dicho a mi hermana ese primer día, al poco de enterarnos, le contesté que no pretendía callármelo para siempre, pero que prefería esperar hasta que todo estuviera más asentado.
Sabía de sobra que le iba a sentar fatal saber que iba a ser padre y mucho más conmigo y estaba preparada para todas las reacciones que había pensado que podría tener.
Cerré los ojos y solté un suspiro pensando en el último día que nos habíamos visto. La noche en ese bar en el que Tucker y yo habíamos ido a buscar a Lauren.
La imagen de verlo reír con aquella mujer hizo que se me estrujara el corazón. Pero fue peor recordar cómo me miró. Con frialdad y total indiferencia.
Esa mirada me mató por dentro, pero también me dio una hostia de realidad. Porque al mirarme así entendí por fin lo que siempre había sido para él y que yo no había querido ver desenado siempre ser algo más.
Nada, eso era lo que yo había sido para él y lo que sería siempre.
Era duro saberlo, pero también necesario. Así no tenía que esperar más algo que no llegaría nunca.
Así que para no hacerme más daño a mí misma viéndole, decidí que lo mejor era evitarlo. Y eso era lo que llevaba haciendo desde aquella noche.
Sabía a la hora que venía a recoger y a traer a Gus, así que a esas horas siempre un rato antes me iba a los campos.
Y las tardes o noches que seguían viniendo me encerraba en mi habitación hasta que se marchaba y si Gus o alguien de mi familia le pedía que se quedara a cenar o a comer yo me marchaba al bar de Allison.
Y por el momento había funcionado porque ni una sola vez nos habíamos cruzado.
Tomé un sorbo más de la infusión y fruncí el ceño. Pero no fue por lo amarga que estaba, sino porque un ruido en la casa me puso en alerta.
Estaba sola o eso pensé. Porque Tucker estaba en los campos. Gus en el colegio y Marta, mi padre y Lauren se habían ido al pueblo. Los dos últimos al banco a hacer unos pagos y la primera a hacer la compra semanal.
Me giré a la vez que la puerta de la cocina se abrió y allí delante de mí pareció Clark mirándome con el ceño fruncido.
Me dolió tanto verlo que volví a girar la cabeza y me centré en la taza.
—No hay nadie, todos han salido —dije en voz baja, pensando que vendría buscando a mi padre o a Lauren para algo.
—Lo sé, los he visto irse.
—Tucker está en los campos.
—También lo sé.
—¿Pues entonces no sé qué haces aquí?
—Te estaba buscando.
—¿A mí? No entiendo para qué.
—Para hablar.
Me giré y solté una risa amarga.
—¿Hablar? No tenemos nada de qué hablar.
—¿No?
—No.
Clark dio los pasos que nos separaban desde la puerta y se puso a mi lado. Su cercanía me perturbó; su olor, ese que me encantaba, me golpeó fuerte y mi cuerpo reaccionó a él sin que pudiera evitarlo.
Agarré con fuerza la taza y bajé la mirada.
—¿Nada?
—No, tú ya lo dijiste todo o más bien tus gestos lo hicieron.
—No dije nada —dijo enfadado.
—Sí lo hiciste. Me quedó muy claro todo.
—¿El que te quedó claro?
—Que ya no somos amigos.
Clark me agarró del brazo para girarme y ante su agarre dejé la taza y me puse en pie.
Lo que pasó a continuación, creo que ninguno estábamos preparados para ello, o al menos en mi caso así fue.
Nuestras miradas chocaron. Los segundos en los que nos quedamos así enganchados el uno al otro midiéndonos, haciéndonos miles de preguntas en silencio, todo desapareció a nuestro alrededor.
La cocina se esfumó, los malos recuerdos, las palabras de aquella noche, las imágenes del bar, el dolor también lo hizo.
Todo.
Todo se disolvió como si fuera una nube de polvo que se la lleva el aire.
Ni sé quién se movió primero, ni quién agarró al otro, pero como si fuéramos dos imanes incapaces de estar separados, nos buscamos con desesperación.
Nuestros labios totalmente desesperados se buscaron hasta que por fin se unieron para darnos el beso con más pasión y dureza que nos habíamos dado nunca.
Pero no todo se quedó en un beso.
Clark me agarró por las nalgas y me levantó en peso para sentarme en la mesa de la cocina. Su siguiente movimiento, sin dejar de besarme, no lo vi venir.
Me subió el vestido que llevaba puesto hasta la cintura para después de un solo tirón rasgar mis braguitas y tirarlas al suelo.
Devorándome la boca, porque era lo que estaba haciendo devorarme, aunque también parecía que con la fuerza que me besaba era como si quisiera castigarme o volcar en mí un enfado que no sabía a qué era debido, me acercó al borde de la mesa, se abrió el pantalón y sin bajárselo siquiera sacó su miembro y sin pensarlo más entró en mí de una estocada tan fuerte que hizo que me deslizara un poco hacía atrás en la mesa.
Me agarró más fuerte por el trasero para que no me moviera y empezó a embestirme de tal manera que parecía como si fuera un animal enjaulado que necesitaba desesperadamente liberarse.
La cocina se llenó de jadeos.
Solo de eso, ninguna palabra salió de mi boca, tampoco de la suya.
Siguió embistiéndome sin descanso hasta que notó cómo mi interior se contraía anunciando que mi orgasmo se acercaba. Aceleró el ritmo y dos minutos después ambos llegamos al clímax soltando un grito por mi parte y un gruñido animal por la suya.
Los siguientes minutos todo pasó muy rápido.
Con la respiración aún agitada, Clark salió de mí y se recompuso la ropa con rapidez.
Yo me quedé allí sentada en la mesa aún respirando con dificultad sin poder apartar mi vista de él.
Se giró para marcharse.
—¿Te vas?
—Sí, tenías razón, no tenemos nada de qué hablar. Si tenía alguna duda con lo que acaba de pasar, me ha quedado todo claro.
Le miré sin comprender nada de lo que me estaba diciendo.
—¿No entiendo qué quieres decir?
—Te has dejado follar como una cualquiera. Eso me deja claro que es lo único que siempre has querido de mí. He sido para ti tu distracción, tu vía de escape y alguien con quien te entretenías mientras tu cabeza y tu corazón seguían llenos de otro.
—Clark —susurré mirándole con los ojos abiertos como platos por la sorpresa que me causó oírle decirme eso.
—No digas nada.
—Pero es que…
—He dicho que no digas nada. No quiero oír tus mentiras.
—Yo nunca te he mentido.
—No hace falta hablar para mentir.
—No mentí, solo guardé lo que sentía.
Soltó una risa amarga a la vez que un dolor que no esperaba ver cruzaba su mirada.
—No creas que lo guardaste bien. Siempre supe que no habías sido sincera en aquella conversación que tuvimos el primer día.
—Lo fui. Al igual que tú lo fuiste el día de la primera cena. Dejaste bien claro que yo nunca podía ser nada para ti. Que no querías nada más que ser amigos.
—Y debería haber hecho caso a mi propia idea; eso hubiera evitado muchas cosas. He vuelto a equivocarme, he vuelto a elegir mal. Pero esta vez no huiré. No voy a perder una vida que me gusta por tu culpa.
—Clark…
—Llevas veinte días evitándome, y no lo niegues, porque sé que es así.
Sigue haciéndolo porque no quiero volver a verte en la vida.
Ojalá te hubieras quedado en Denver y no te hubiera conocido nunca —dijo antes de salir por la puerta dando un portazo, dejándome más rota de lo que nunca pensé que estaría.