Capítulo 28
Con las llaves del coche en la mano y los nervios a flor de piel, salí corriendo detrás de Tucker rezando para que lo que me había pasado no hubiera hecho que mi hermana tirara por la borda todo el esfuerzo que había hecho por mantenerse sobria.
Llegamos al coche y Tucker, sin decirme nada, extendió la mano para pedirme las llaves.
Se las lancé casi sin mirar.
Él estaba igual de nervioso y preocupado que yo, muy preocupado. Pero sabía que a la hora de conducir tendría más temple que yo, además de que, aunque estaba mejor, no podíamos arriesgarnos a que un dolor me volviera a atravesar y corriéramos el riesgo de tener un accidente.
Nos montamos, arrancamos y salimos quemando ruedas, dejando tras nosotros una gran polvareda.
Los primeros minutos ninguno de los dos dijo nada. Yo miraba por la ventanilla de enfrente, concentrada en el camino que se me estaba haciendo más largo que nunca.
Miré de reojo a Tucker. Tenía la vista fija en la carretera. Iba tenso. Tanto que apretaba el volante con tanta fuerza que llevaba los nudillos totalmente blancos.
—Es culpa mía —susurré.
—No digas eso joder. Esto no es culpa de nadie. Sabíamos que podía pasar en cualquier momento. El médico ya nos había avisado que podía tener una recaída en cualquier momento.
Eso era cierto. El psicólogo al que estaba yendo y con el que tenía sesiones semanales para ayudarla no solo con su adicción sino con la depresión había hablado con Tucker y conmigo uno de los días que ambos la acompañamos y nos había dicho que cualquier cosa que la alterara podía hacerla tener una recaída.
Nos había dicho que muchas personas alcohólicas pasaban por esos procesos y que pocas conseguían dejarlo de golpe como Lauren estaba haciendo y que otras pocas también conseguían salir de ello sin recaer.
También nos explicó que sería conveniente que fuera a reuniones grupales con otras personas que tenían el mismo problema, que eso ayudaba mucho porque todos compartían sus experiencias y se apoyaban unos a otros.
En esa charla que tuvimos con el médico, dijo algo que se me había quedado grabado.
Dijo que un alcohólico lo es para toda la vida e independientemente de que dejara de beber y del tiempo que llevara sin hacerlo. La tentación siempre estaría presente y, incluso años después de haber dejado de beber, cualquier detente podía hacerles caer en un momento dado.
Por todo eso, era importante apoyarles y no recriminarles su actitud si eso pasaba, solo estar ahí para ellos y tenderles una mano para ayudarles a volver a salir a flote.
—Lo de hoy lo ha removido todo.
—A ella y a todos.
Pues sí, Tucker tenía razón. El saber que las dos vidas que crecían en mi interior podían haber estado en peligro y perderlas nos había hecho a todos pensar en otras pérdidas.
—¿Dónde vamos?
—Si ha ido a beber, tiene que estar en uno de los tres bares del pueblo. Pero si ha comprado alcohol y se ha ido a otro lado sola, será más difícil encontrarla. Aunque con el frío que hace creo que habrá elegido un bar.
Diez minutos después entramos en el primer bar que teníamos de camino. El de Allison. No estaba allí.
Mi amiga nos dijo que no había pasado por allí y que tampoco la había visto ni nadie le había dicho nada al respecto.
Se quedó preocupada al vernos buscar a Lauren, sabiendo el motivo de ello, y me pidió que la mantuviera informada cuando diéramos con ella, y se ofreció, como la buena amiga que era, a ayudarnos en lo que hiciera falta.
En el segundo bar, al que solo solía ir la gente más mayor del pueblo y que tenía como su centro de reunión para contar batallitas del pasado mientras comían tarta y bebían café o infusiones, tampoco estaba.
—¿Crees que estará en el otro? Es el más alejado de casa.
—Pero también en el único que le servirían alcohol sin cuestionarla. Allison no le hubiera dado nada y ella lo sabe. Y en el otro están los mayores cotillas del pueblo, así que creo que si ha elegido un bar tiene que ser ese.
Tucker aparcó el coche o más bien lo dejó de cualquier manera en la puerta del tercer y último bar.
No solo era bar, no que al igual que el de Allison también servían cenas y tenía un apartado también con escenario donde más tarde ponían música para que la gente bailara si quería mientras se tomaba algo.
Tucker abrió la puerta. Los dos entramos a la vez y nuestra vista se fue sin tener que decirle dónde mirar directamente hacia la barra.
Los dos nos envaramos a la vez al ver a Lauren en la esquina más apartada sentada en un taburete con la vista fija en un vaso lleno que tenía delante de lo que parecía ser whisky.
—Mierda… —susurró Tucker.
Le agarré del brazo y se lo apreté.
—Vamos —dije tirando de él.
Ambos paramos al lado de Lauren. Ni siquiera se inmuto. Tenía la mirada tan perdida que ni cuenta se dio de nuestra presencia.
—Lauren.
Parpadeó al oír mi voz y giró la cabeza para mirarnos. A mí sí me miró; tenía los ojos rojos, seguramente de lo mucho que había llorado y al verme volvieron a llenarse de lágrimas. Giró la mirada y, al darse cuenta de que Tucker estaba a mi lado, agachó la cabeza avergonzada.
—Lauren… —repetí.
—No lo he hecho.
—¿Qué?
—No he bebido Reagan, lo he mirado, lo he cogido, lo he olido, pero no he bebido —dijo sollozando.
—Eso está muy bien, cariño, has sido fuerte —le dijo Tucker, emocionado al ver el gran esfuerzo que había hecho y el gran suplicio que tenía que haber sido para que ella se resistiera.
—Pero he venido —dijo mirando el vaso.
—Has venido, pero no has bebido; lo has hecho muy bien —dije pasándole la mano por la espalda.
—Muy bien —añadió Tucker, cogiéndola de la mano para que se levantara y poder estrecharla entre sus brazos.
—He sido débil.
—No. Todo lo contrario, has sido muy fuerte. Lo has tenido delante, pero no has bebido.
—He estado a punto, pero cada vez que levantaba el vaso y me lo acercaba a la boca, algo dentro de mí me impedía hacerlo.
—¿El qué?
—La imagen de todos vosotros y lo mucho que os decepcionaría si lo hiciera y también lo mal que me sentiría después por haber vuelto a caer. No quiero hacerlo, no quiero caer, Tucker.
—Y no lo harás; nosotros estamos aquí para sostenerte para que eso no pase.
—Te quiero, gracias por seguir ahí incluso cuando no me lo merecía.
—Te amo tanto que mereces hasta que diera mi vida por ti fuera necesario —dijo antes de apretarla más contra él.
Dios… verlos así tan unidos y queriéndose tanto era maravilloso. Y aunque me gustó mucho verlos tan bien, también no voy a negarlo, sentí un poco de envidia.
Ojalá yo hubiera podido encontrar a alguien que me quisiera como Tucker quería a mi hermana, pero al parecer mi corazón no era bien eligiendo y había hecho que me enamorara del único hombre que tenía su corazón cerrado y que nunca podría quererme.
Lauren se separó un poco de Tucker, alargó la mano y sin decir nada me hizo unirme al abrazo.
Estuvimos así unos minutos hasta que todos nos calmamos.
—¿Nos vamos a casa? —preguntó Tucker.
Las dos asentimos sonriendo.
Me separé y fui la primera en caminar hacia la puerta, pero al hacerlo giré un segundo la cabeza hasta el fondo del local y lo que vi me dejó petrificada en el sitio.
Algo no sabría decir el que me golpeó con fuerza en el pecho. Bueno, sí que sabía qué era: dolor. Fue el dolor al ver a Clark sentado en una mesa con una mujer.
Ella reía, le tocaba el brazo y le miraba como si fuera uno de los mejores platos de la carta. A él se le veía cómodo, demasiado cómodo. Sonreía también y decía algo que a ella le parecía hacerle mucha gracia. Se notaba a leguas la complicidad entre ellos.
—Reagan, ¿qué pasa? —dijo mi hermana poniéndose a mi lado.
—Nada —susurré.
Pero ella me conocía bien y su mirada fue directamente donde la mía seguía clavada.
—Vaya…
Eso dijo ella y no precisamente bien y Tucker no habló, pero sí que soltó un gruñido que oí perfectamente aun con la música que sonaba.
—Vámonos.
—No, voy a saludarla.
—¿La conoces?
—Sí. Es la hija mayor de la señora Whitmore. Desde que se divorció hace dos años, viene a pasar algunas temporadas con su madre.
—Ella y Clark se conocen de la ciudad, creo; son amigos —añadió Tucker.
—¿Amigos?
—Sí.
Solté una risa amarga al entenderlo todo. Amigos… eran amigos al igual que lo habíamos sido nosotros. Amigos que cenan, amigos que se besan y amigos que follan cuando les apetece.
—Pues viendo esto creo que ya está todo dicho.
—Reagan…
—Esto explica por qué llevaba días raro. Su amistad se ha centrado en otro sitio. Vámonos, por favor —les rogué.
—No.
Ni tiempo me dio a parar a Lauren. Echó a andar para ir a la mesa en la que Clark estaba sentado y Tucker, agarrándome del brazo, tiró de mí para que la siguiéramos.
—Buenas noches.
Clark giró la cabeza y, al vernos a los tres allí junto a la mesa, la sonrisa que tenía segundos antes desapareció.
—¿Qué hacéis por aquí?
—Podría preguntarte lo mismo, pero creo que no hace falta —contestó mi hermana con una frialdad que nunca había visto en ella.
Dejó de mirar a Clark y volvió la vista hacia la mujer que nos miraba con curiosidad, sobre todo a mí.
—Dichosos los ojos, Olivia, tú otra vez por aquí.
—Hola, Lauren. Pues sí, ya sabes que de vez en cuando vengo a pasar unos días con mi madre y también a ver a los viejos amigos.
—Ya lo veo ya. Ya veo cómo habéis venido a cenar.
—Sí, pero ya hemos terminado. Estábamos a punto de irnos a mi casa a tomar algo.
Solté una risa amarga que solo Tucker pareció oír a la vez que pensaba en ese tomar algo que Clark acaba de decir. Ese que yo conocía bien cómo terminaba. Viendo salir el sol en su cama.
—¿Y tú quién eres? Nunca te había visto por el pueblo.
—Es la hermana de Lauren.
Oírle presentarme así dolió. No dijo Reagan ni una amiga, aunque estaba claro que eso había dejado de serlo; para él había pasado a ser solo la hermana de Lauren. Pues perfecto todo, simplemente perfecto, pensé a la vez que hacía un esfuerzo enorme por no echarme a llorar allí mismo.
La tal Olivia asintió.
—Sentaros un momento y tomamos algo juntos antes de irnos.
—No, gracias, no queremos molestar —dijo mi hermana con ironía, una que todos captamos menos Olivia.
—No es molestia, mujer.
—Sí lo es. Nos vamos. Pasarlo bien —dijo Tucker agarrando la mano de Lauren.
—Sí, eso haremos —contestó Clark a Tucker, pero mirándome a mí directamente como si quisiera dejarme claro lo que iba a pasar.
Como si yo no me lo imaginara o no lo supiera.
—Pues lo dicho, pasarlo bien —dije sin poder contenerme antes de girarme para marcharnos.
—Por supuesto. Igual que haces tú.
No entendí qué quiso decir con esa respuesta; no tenía yo la cabeza para pensar ni analizar nada en esos momentos, además de que estaba a punto de echarme a llorar y no quería que me viera así, así que ni me giré ni contesté nada. Solo di dos pasos.
Pero la que sí habló fue mi hermana sin poder contenerse.
—No tienes ni idea de lo que acabas de perder —le dijo con rabia.
Se me cortó la respiración y por instinto me llevé las manos al vientre a la vez que una lágrima caía de mi ojo por la mejilla.
Clark se quedó callado, pero mi hermana no. Volvió a decir más.
—Ojalá hubieras podido quererla como se merece.
—No creo que merezca un amor que ella tampoco está dispuesta a dar. Su corazón sigue estando donde no debe.
Solté un jadeo llevándome la mano al pecho ¿Cómo podía decir tal cosa? ¿Cómo se atrevía a contestar con indignación? ¿Cómo podía decir que mi corazón estaba donde no debía? Sí, estaba con él desde el principio, aunque no debería haber sido así.
—No tienes ni idea de lo que dices, ni de lo equivocado que estás. Pero puede que algún día te des cuenta de ello, pero ya será tarde; el daño ya está hecho.
Tras esas duras, pero muy ciertas palabras de mi hermana, se giró y nos marchamos.
La vuelta a casa la hicimos en silencio, un silencio muy pesado.
Al parar el coche quisieron que habláramos de lo que había pasado. Pero me negué. Ya estaba todo dicho. Solo quedaba seguir adelante una vez más. Aunque en esa ocasión tenía dos razones muy poderosas para hacerlo. Los dos corazones que latían dentro de mí.