Nunca fuimos solo amigos Capítulo 27
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Capítulo 27

Lauren paró el coche a poca distancia de la puerta de casa. Apagó el motor, pero ninguna de las dos se movió. Tampoco hablamos. Ni siquiera nos miramos.

Nos quedamos allí en silencio. Cada una pensando, digiriendo o intentando colocar en nuestras mentes todo lo que había pasado desde que nos levantamos por la mañana.

Por la mente de mi hermana ni idea de lo que podría estar pasando, aunque tampoco era muy difícil de imaginar.

Y por la mía pasaban a toda velocidad muchas palabras e imágenes.

El dolor, el sangrado, la preocupación y la insistencia de Lauren para ir al hospital, la mirada asustada de Tucker. El ceño fruncido de mi padre y de Marta cuando nos fuimos inventando que algo que había comido me había sentado mal, y Gus preguntando si íbamos a comprar más dulces.

Más imágenes.

El camino en el coche lleno de silencio, miedo y preocupación.

El hospital. La espera corta que a mi hermana se le hizo más larga que una fila de reses listas para subir a un camión. La doctora, la derivación a ginecología. El olor de la consulta, a café recalentado, a esperanza y a pánico.

Las palabras DIU, está desplazado, pero hay más, embarazo, todo va bien. No dejaban de repetirse en mi cabeza. Más revisiones. Embarazo, esa palabra me golpeó la cabeza con fuerza como si fuera un gran cartel en letras fluorescentes y subrayadas en una manifestación.

Y, por último, la más impactante: dos.

Ese número tan pequeño que decía cosas tan grandes.

Dos bebés, dos vidas, dos corazones que latían dentro de mí.

Y por último, un nombre. Uno acompañado de una palabra que era más grande que el universo. Una que para muchos era lealtad, amor incondicional, salvación, apoyo, ancla y cientos de cosas más.

Amigo…

Era mi amigo, por el momento, pero algo me dijo dentro de mi allí sentada en el coche de mi hermana sintiendo su presencia a mi lado que iba a dejar de serlo y no para convertirse en otra cosa, en algo que yo deseaba más que nada si no porque su comportamiento extraño me estaba dando señales que no había querido ver, que ni eso quería ser ya.

Sentí un suspiro de mi hermana. De mi boca salió otro todavía más profundo.

—Lauren…

—Reagan…

Las dos hablamos al tiempo. Una risa nerviosa también salió de nuestras bocas a la vez.

—No digas nada, ¿vale?

—¿A nadie?

—A nadie.

—¿Ni siquiera a papá?

—A papá menos, no quiero preocuparle. Lo haré más adelante, cuando todo esté bien y sea seguro, o cuando no quede más remedio porque me ponga del tamaño de una res.

—¿Y a Clark? ¿A él no vas a decírselo?

Cerré los ojos y solté otro suspiro.

—Tengo que asimilarlo primero y pensar.

—Reagan… tiene derecho a saberlo, a elegir.

—Lo sé. Y se lo diré, pero no por el momento. Las cosas no andan bien entre nosotros. Primero quiero saber qué va a pasar.

Lauren alargó la mano y me agarró la mía. Las dos giramos la cabeza y nos miramos. En la mirada, seguramente predominaba el miedo a todo. Y en la suya vi claramente que lo que más fuerza tenía era la preocupación.

—Pase lo que pase, yo estoy contigo, siempre. Lo sabes, ¿verdad?

Los ojos se me aguaron. Porque pese a todo lo que había pasado, pese a todo el dolor y los años de distancia, seguíamos siendo nosotras, dos mitades que se complementaban y que estaban la una para la otra.

—Lo sé. Como yo para ti.

—Bien. Ahora ve a buscar a Tucker y cuéntaselo; estará de los nervios esperando noticias.

—Podrías habérselo dicho por teléfono.

—No, esto tienes que decírselo tú en persona. Después de todo lo que pasó, estoy segura de que aparte de mí, que estoy acojonada pero loca de contenta con la noticia, él se alegrará muchísimo.

—Está bien, pues vamos allá —dije abriendo la puerta del coche.

—Yo les contaré al resto que tienes una indigestión y que estás caminando para digerir la comida que se te ha quedado atascada.

—Con la comida para un ejército que nos puso Marta es una excusa creíble.

—Totalmente.

Encontré a Tucker en las cuadras cogiendo herramientas; se giró al oírme y dejó la caja en el suelo.

Su mirada era de pura preocupación.

—Tucker…

—¿Reagan? ¿Qué pasa?

Durante unos momentos no fui capaz de decir nada; nada más era como si las palabras estuvieran en mi garganta esperando para salir, pero se hubieran quedado atascadas porque el nudo que tenía les impidiera hacerlo.

—Reagan, me estoy acojonando muchísimo. ¿Qué está pasando? ¿Qué os han dicho?

—Tranquilo no es nada malo.

Soltó un poco de aire, solo un poco.

—Entonces dilo. ¿Qué te ocurre? ¿Era solo por el periodo? ¿Es eso?

No había una forma suave ni decorada ni delicada, ni poniendo adornos, de decirlo, así que se lo solté sin más.

—Estoy embarazada.

—¡¿Qué?!

—Que estoy…

—Lo he oído joder, es que casi me caigo de la impresión.

Reí a la vez que los ojos se me llenaban de lágrimas. Los ojos de Tucker estaban parecidos. Dio dos pasos.

—Dios mío Reagan… Me alegro muchísimo joder —dijo antes de dar los dos últimos pasos que nos separaban y envolverme con sus brazos.

—Tucker…

—Dime.

—Son dos.

—¿Dos? —preguntó alucinado.

—Dos. Mellizos como Lauren y yo.

Soltó una carcajada que resonó con fuerza en todo el establo.

—Joder. Dos…

—Sí, dos.

Me apretó más contra él.

—Después de todo lo que has pasado. De lo que pasó… Estoy seguro de que la vida te ha dado esto no como compensación sino como un regalo.

Lloré en silencio contra su pecho.

—Tucker, tengo mucho miedo.

—Lo sé.

—Si los pierdo…

—No los vas a perder.

—Eso no puede saberse.

—Yo sí lo sé. Serán dos vaqueros fuertes y sanos.

—¿Y si pasa?

—No pasará. Y no puedes estar pensando todo el tiempo que vas a seguir perdiendo todo lo que la vida te pone por delante. Así que hazme caso, todo irá bien ¿me oyes?

Le agarré fuerte de la camisa y él me envolvió todavía más.

—Lo intentaré. Intentaré pensar en que esto es un regalo.

—Bien —dijo antes de que los dos nos quedáramos allí abrazados digiriendo la noticia.

Un ruido lejano nos hizo separarnos. Nos miramos extrañados.

—¿Qué ha sido eso?

—No lo sé. Quizá alguno de los chicos que están trasteando fuera.

Las siguientes tres horas las pasamos juntos en los campos. No cabalgando, ya que la ginecóloga me había recomendado no hacerlo al menos hasta que el sangrado parara de forma definitiva, si no, yo acompañándole mientras él reparaba vallas.

En ese tiempo hablamos de todo, del pasado, del presente y de cómo estaban las cosas y del futuro en el que seríamos dos más en la familia.

El sol ya había caído cuando entramos por casa.

—Hija, ¿estás mejor?

—Sí, papá, ya no tengo retortijones, estoy casi bien. Mañana estaré como nueva.

Vi cómo mi padre soltaba el aire de golpe.

—¿Dónde están los demás?

—Marta y Gus en la cocina haciendo limonada.

—¿Y Lauren?

Mi padre nos miró confundido y frunció el ceño.

—¿No estaba con vosotros?

—No —contestó Tucker muy serio.

Marta y Gus llegaron en ese momento al salón con un vaso de limonada fresca para mi padre.

—Estaba un poco rara. Le he preguntado si estaba todo bien y me ha dicho que sí. No he insistido porque sé que se cierra si la presionas —nos dijo Marta.

—Mamá no está.

Todos giramos la cabeza hacia Gus como si estuviéramos sincronizados.

—¿Dónde está mamá, campeón? ¿Tú lo sabes?

—Se fue en el coche hace mucho rato. Me dijo, cuando le pregunté si iba al pueblo, que tenía algo que hacer.

—Dios… —dijo Tucker.

Y sin necesidad de decir nada más, los dos cruzamos una mirada pensando lo mismo. Mi padre y Marta nos debieron de leer la mente porque sus rostros se tornaron muy serios y la preocupación apareció de inmediato en sus ojos.

—Papá, ir cenando.

—¿Os vais?

—Sí, cariño, vamos a buscar a mamá. Lo mismo tarda porque el coche no le arranca; ya está viejo y está dando problemas.

—Hija pensáis que ha ido a…

Mi padre no acabó de decir la frase, primero porque pensó que no quiso hacerlo delante de un niño y segundo porque no hacía falta.

—Es una posibilidad. Pero espero que lleguemos a tiempo —dije antes de girarme para salir con Tucker a mi lado, que se movió a la misma vez que yo.