Capítulo 26
A media tarde y tras la insistencia de mi hermana y también porque los dolores no habían cesado, aunque el sangrado sí que era verdad que había cedido un poco, estábamos las dos sentadas en la sala de espera del hospital de la ciudad que estaba a media hora de casa.
Lauren está nerviosa; eso era evidente por cómo se retorcía las manos y por cómo movía sin parar uno de sus pies contra el suelo.
Pero cuando habíamos salido de casa y tras hablar con Tucker, las dos decidimos que iríamos solas.
Que él hubiera venido le habría dado motivos a mi padre para preocuparse más de lo que ya se había quedado.
Aunque no le dijimos la verdad, solo que íbamos porque algo que había comido me había sentado mal y que tenía el estómago fatal.
Pensé que Lauren, según estaba, no sería capaz de conducir, pero cuando le dije que lo haría yo, se negó en redondo y sacó una entereza que sí sabía de dónde lo había hecho y condujo de lo más calmada y concentrada, totalmente en la carretera.
—Joder ¿Por qué tardan tanto?
—Lauren, solo hace diez minutos que estamos aquí.
—Pues eso, demasiado tiempo.
Puse los ojos en blanco y me recosté contra la silla.
—Como te pase algo…
—Lauren, no me va a pasar nada, ¿vale? Esto es porque me hago vieja y mis periodos han cambiado nada más.
—¿Te haces vieja? Tú eres gilipollas, ¿o qué? Tenemos treinta años; si tú te haces vieja, yo también, y me niego a pensar eso.
Solté una risita que se me cortó de golpe porque otro dolor me atravesó, pero lo disimulé para no preocuparla más.
Aunque mi preocupación sí que estaba empezando a subir al pensar que mi hermana quizá tuviera razón y no era solo el periodo, sino que algo no iba bien.
—¿Reagan Robinson?
—Por fin —dijo mi hermana poniéndose en pie de un salto al ver a la enfermera que había preguntado por mí.
—¿Es usted?
—No. Es mi hermana —dijo señalándome—, pero yo entro con ella.
Y cualquiera le hubiera llevado la contraria.
Lo dijo con tanta seguridad, seriedad e incluso casi como una amenaza que no me eché a reír allí mismo al ver la cara alucinada de la enfermera porque no estaba bien y porque tampoco era plan por el sitio en el que estábamos.
La enfermera nos hizo pasar a una consulta donde había una médica que, la verdad, me trató con mucha amabilidad.
Me hizo las preguntas de rigor y algunas más sobre qué era lo que me pasaba, desde cuándo y qué era concretamente lo que me dolía y la intensidad de esos dolores.
—Puede ser que el periodo se haya presentado este mes más fuerte de lo normal, pero para cerciorarnos de que es así y de que no hay nada más, voy a derivarte a ginecología para que te echen un vistazo, que nunca está de más.
—¿Ahora? —preguntó mi hermana, impaciente.
—Sí, ahora. Salgan a la sala de espera y vendrán a buscarte para ir a esa planta. Yo ahora les paso el informe con todo lo que me has contado. Hoy no hay mucho jaleo, así que no creo que tarden en mirarte.
—Gracias —dijimos mi hermana y yo a la vez antes de salir.
—Ves, seguro que es el periodo.
—Bueno mejor que te miren para que te quedes tranquila y para que a mí no me dé un infarto —dijo a la vez que se dejaba caer de golpe en el mismo asiento de la sala de espera que habíamos estado minutos antes.
Mientras esperábamos, sacó el móvil y tecleó a tanta velocidad y fuerza que pensé que partiría la pantalla.
—¿Qué haces?
—Hablando con Tucker, está preocupado, Reagan.
—Le habrás dicho que creen que no es nada, pero que me van a mirar para que tú te quedes tranquila, ¿no?
—Sí, más o menos.
Guardo el móvil en el bolso y justo en ese momento otra enfermera distinta a la primera vez vino a buscarnos.
A buscarnos sí, porque mi hermana ni de broma iba a esperarme allí.
Entramos en la consulta que nos indicó en una planta superior a la que estábamos y una ginecóloga con la mirada más tierna que yo había visto en la vida nos pidió que nos sentáramos.
—Bien, Reagan, cuéntame qué te pasa.
Al igual que había hecho con la otra doctora, le conté todo y desde cuándo había empezado.
—¿Has tenido relaciones sexuales recientes?
Las mejillas se me pusieron como dos tomates y la mujer soltó una risita negando con la cabeza.
—Sí —susurré.
—¿Has usado métodos anticonceptivos?
—Tengo puesto un DIU desde hace seis años.
Cerré los ojos al pensar en eso y en por qué me lo puse.
Fue unas semanas después de tener el aborto. En esos momentos pensé que no sabría qué pasaría de ahí en adelante, pero que si estaba con algún hombre no quería arriesgarme a pasar por lo mismo dos veces.
—¿Has ido a las revisiones de mantenimiento y sustitución?
—Sí a todas.
—¿Cree que el DUI puede ser el problema de lo que le pasa? —preguntó mi hermana.
—Es una posibilidad. Hay veces que se desplazan de su sitio y provocan sangrados. Pero para saberlo tengo que explorarte.
Asentí conforme.
La doctora se levantó de la silla y me indicó que la acompañara a la sala contigua donde me pidió que me subiera al potro que allí tenía y que me subiera la camiseta y me bajara un poco el pantalón.
Lauren sin querer perderse detalle se sentó en una silla a mi lado sin dejar de observar todos los movimientos de la doctora ni tampoco los míos.
Tras echarme el gel ese que estaba más frío que la nieve, empezó con calma a pasar el ecógrafo por todo mi abdomen. Hasta que se detuvo y frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó Lauren asustada.
—Efectivamente, el DIU está desplazado; hay que retirarlo.
Lauren soltó el aire que estaba reteniendo y yo hice exactamente lo mismo.
—Eso explica el sangrado, ¿no?
La médica asintió, pero no dejó de mover el ecógrafo.
—Puede ser, aunque puede haber más motivos.
—¿Otros motivos? ¿Cuáles? —Pregunté adelantándome a mi hermana, que sabía que iba a preguntar lo mismo.
—Un momento —nos dijo sin dejar de mirar la pantalla.
El minuto que lo hizo se nos hizo eterno. Pero cuando volvió a fruncir el ceño, tanto mi hermana como yo volvimos a quedarnos sin respiración.
—Aquí está el verdadero motivo de ese sangrado, aunque puede que las dos cosas juntas hayan influido.
—Doctora, ¿qué ocurre?
La mujer giró la pantalla y con la mano nos señaló algo que ninguna de las dos entendió mirándolo así a simple vista.
Solo se veían sombras negras y grises.
—Un embarazo —soltó así sin más, dejándonos a Lauren y a mí de piedra.
—¿Embarazada? ¿Está embarazada? —preguntó mi hermana porque yo no era capaz ni de respirar, mucho menos hablar.
—Así es. De unas nueve semanas, día arriba, día abajo.
—Reagan… —dijo mi hermana cogiéndome la mano.
—No.
—Reagan…
—No puede ser, tengo puesto un DIU.
—Lo sé lo he visto pero…
No le dejé hablar; la corté antes.
—Voy a las revisiones, me lo cambié cuando tocaba, no puedo estar embarazada eso es imposible.
—No es lo habitual, pero si se desplaza, como es tu caso, pierde toda la eficacia; es como si no lo tuvieras puesto —nos explicó.
—Dios mío… no… no… no…
—Reagan, tranquila.
Me llevé las manos al vientre y las lágrimas empezaron a salir sin control por mis ojos.
—No puedo, Lauren, no puedo pasar por esto otra vez, no puedo perder otro hijo… —dije sollozando.
—Eso no tiene por qué pasar, el sangrado ahora mismo es mínimo. El cuerpo es sabio y ha hecho que esto pasara para avisarnos de que el DIU está donde no debería y puede ser fatal para el embarazo, pero si lo quitamos ahora mismo, que es lo que vamos a hacer, no tiene por qué haber complicaciones.
—Pero la otra vez…
—Reagan, escúchame, cielo. Que pasara una vez no quiere decir que tenga que volver a pasar. Ahí dentro he visto que todo está como debería estar y, cuando quite el DIU, dejarás de manchar —dijo, intentando tranquilizarme.
—¿De verdad?
—Sí, nadie está libre de que le pasen estas cosas. Eso es algo que nadie puede saber, pero todo indica que las cosas van bien. Con que tengas los cuidados normales de cualquier mujer en estado es suficiente.
—¿Todo está bien entonces?
—De momento, sí, y eso no tiene por qué cambiar. Por tus antecedentes vendrás más veces a revisiones que otras mujeres, pero nada más.
Respiré un poco más tranquila y vi a mi hermana haciendo lo mismo. Nos miramos y las dos teníamos lágrimas en los ojos.
—Reagan un hijo… —dijo muy emocionada—. Joder que me vas a hacer tía —añadió mientras reía y lloraba a la vez.
—Bueno, eso no es del todo cierto —dijo la doctora, haciendo que la miráramos a la vez frunciendo el ceño.
—¿Qué?
—Hay dos sacos amnióticos —contestó sonriendo.
—¿Qué? —Repetí a la vez que mi hermana se echaba a reír a carcajadas.
—¿Está segura?
—Muy segura.
—Estoy perdida —dije mirándolas a una y a otra.
Mi hermana se adelantó a la doctora y fue ella la que me dijo que era de lo que se estaba hablando.
—Reagan, que no hay un bebé, hay dos. Vas a tener mellizos, como nosotras.
—No.
—Sí, aunque aún no sabemos si serán dos niños, dos niñas o uno de cada. Es pronto para saberlo —me explicó la doctora.
—¿Dos?
—Dos.
—Dios, Lauren, me estoy mareando. ¿Qué hago yo con dos bebés?
—¿Enseñarles a montar a caballo?
—Muy graciosa, estoy hablando en serio.
—Anda, coño, y yo también.
—Dos… —repetí llevándome las manos al vientre.
—Dos mitades de una misma persona —me susurró mi hermana recordando aquella frase que mi madre siempre nos decía al ver lo bien que nos complementábamos.
Nos montamos en el coche y, en el camino, apenas dijimos nada.
Lauren iba contenta pero preocupada, aunque intentaba disimularlo. Saber de mi embarazo y de cómo había empezado con un sangrado que no debería haber existido, estaba segura de que había hecho que todo se le removiera por dentro.
Y yo iba pensando en muchas cosas y sintiendo otras tantas.
Sentía miedo, felicidad, angustia, incertidumbre y muchas otras emociones mezcladas entre sí.
Y pensaba que llevaba dos vidas creciendo en mi interior.
Que después de que la vida me quitara una vida, el destino acaba de poner en mis manos dos pequeños corazones que, como había oído minutos atrás, latían fuerte y muy rápido.
Pero en quien pensé mucho fue en Clark, en que no podía decirle nada porque, si no quería pareja, mucho menos querría hijos, y eso me entristeció más que nada.
Porque, para que él no tuviera que enfrentarse a algo que no deseaba, no me iba a quedar más remedio que, por segunda vez en mi vida, tomar un rumbo que no quería.
Aunque quizá…
Quizá las cosas podían cambiar, pensé sin perder esa esperanza de que me quisiera, que había estado dentro de mí.
Eso, sin saber que las cosas iban a dar un giro inesperado.