Nunca fuimos solo amigos Capítulo 25
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Capítulo 25

Con una manta sobre los hombros y un café bien fuerte y que estaba tan caliente que humeaba me senté en el balancín del porche a ver el primer amanecer del año.

Un año nuevo comenzaba.

Uno que prometía ser diferente al anterior.

Solo esperaba que todo lo que trajeran esos trescientos sesenta y cinco días que teníamos por delante solo nos trajeran cosas buenas, que malas ya habíamos tenido para cubrir siete vidas.

Porque el que había terminado me había traído cosas buenas como el volver al sitio que amaba, a mi casa, al hogar del que una vez hui y también a rencontrarme con mi familia, eso había sido lo mejor de todo y a conocer a Clark, también había traído otras malas como todos los problemas que había en casa o la propia mierda que yo traje conmigo al volver.

Soplé el café para templarlo un par de veces y di un sorbo pequeño.

Con ese sabor delicioso en la boca cerré los ojos y sonreí cuando los recuerdos de las navidades que ya acababan ese día volvieron a mi mente.

Habían sido unas navidades bonitas.

Quizá demasiado o quizá pero claro comparadas a las seis anteriores que me había tocado pasarlas sola en ese deprimente apartamento de

Denver, cualquier cosa por mínima o simple que fuera para mí había sido extraordinaria.

El primer recuerdo que me llegó porque era el que nos hizo a todos sonreír en todo momento fue Gus.

Recordé su cara de sorpresa y cómo chillaba y saltaba por todo el salón el día de Navidad cuando entró y vio alrededor del árbol regalos para todos perfectamente envueltos y colocados cada uno con su nombre.

Si alguien en ese momento hubiera estado dormido, que no fue así, estaba segura de que del susto por sus chillidos y esa risa escandalosa infantil que era mejor que cualquier medicina, se hubiera caído de la cama del susto.

Gus fue el que llevó el mando y leyendo aun de manera lenta los nombres fue repartiendo los regalos a todos los demás que, sentados en los sofás con una taza de chocolate en la mano, eso fue idea de Marta porque decía que no había mañana de navidad perfecta sin chocolate, le mirábamos divertidos al ver la ilusión enrome que le recorría su pequeño cuerpo.

La cara de felicidad de mi hermana mirándole a él y a todos no tenía precio.

Ese brillo que, por la malísima racha de años que había pasado, había desaparecido, me di cuenta en ese momento de que había vuelto, todavía no del todo, pero sí que para hacerme respirar tranquila porque mi otra mitad sí que estaba presente.

Gus volvió a mi mente y es que en los mejores momentos de esas navidades estaba él presente.

Recorriendo el pueblo todos juntos mientras él en el mercado navideño que ponían todos los años no daba abasto a señalar unas cosas y otras emocionado.

Y como con los ojos aguados miraba las luces de colores que decoraban las calles del pueblo.

Las risas hasta dolerle la barriga a él y a todos pasamos decorando el árbol, siendo él el que colocó la estrella en el pico del árbol, sentado en los hombros de Clark, porque, según él, era el más alto y con el que menos riesgo corría de armar un desastre si la estrella no quedaba recta por no llegar.

Pero sin duda uno de los mejores momentos fue en el que, la mañana, ya tres días atrás, al levantarse, vio cómo nevaba con fuerza.

No nos dejó ni desayunar.

Ni las protestas de Lauren, las advertencias de Tucker ni los consejos de Marta fueron suficientes para que cediera, así que tía y sobrino acabamos haciendo un muñeco de nieve deforme al que se le declaró el mejor de todo el contorno.

Mi hermana y Tucker fueron los siguientes en los que pensé.

A Lauren le estaba costando no beber, pero lo estaba consiguiendo y no había tomado una copa ni siquiera había hecho el intento de hacerlo en todas las navidades.

Estaba muy orgullosa de ella, y su marido también, porque así la miraba. Pero lo mejor de todo era que, al estar ella mejor entre ellos, las cosas habían vuelto a ser tan buenas como siempre.

En todos esos momentos que habíamos vivido Marta nos miraba con cariño uno que solo se consigue viviendo día a día lo bueno, pero también lo malo, nos quería y nosotras a ella, ya era una más de la familia y de nuestra casa no se iba a marchar como así se lo habíamos hecho saber todos.

Pero si había alguien que cada día nos miraba con orgullo, con un amor totalmente incondicional, y como si fuéramos, bueno, en realidad lo éramos, lo mejor que le había pasado en la vida y por quien daría la vida, era mi padre.

Nolan Robinson estaba feliz, muy feliz, de ver por fin a toda su familia reunida y más o menos enderezada.

Dio otro trago de café; ese ya me supo más amargo, no porque fuera el final que quedaba en la taza, sino porque, mientras lo hacía, pensé en la persona que se había convertido en poco más de dos meses en un imprescindible para mí.

Clark.

Mi amigo, pensé antes de soltar un largo suspiro.

—Amigo, claro —susurré para mí misma con dolor e ironía.

Esa amistad especial que teníamos cada vez me hacía más daño y en los últimos días había estado pensando seriamente en ponerle fin, pero solo con pensar que no volvería a besar sus labios o a sentir sus manos sobre mi piel o su risa contra mi cuello o su mirada intensa sobre toda mi hacía que me echara atrás y siguiera aguantando esa situación que sinceramente se sostenía con pinzas.

Otro de los motivos por los que no había querido dejar de verlo era porque para mi familia era ya uno más y cortar esa relación extraña que teníamos no sabía cómo podía afectar a los demás.

Mi padre lo veía como a un hijo más al igual que hacía con Tucker.

Mi hermana y Tucker eran sus mejores amigos, pero amigos de verdad, no como yo.

Gus le adoraba y hasta Marta le tenía un cariño especial.

Eso lo había visto desde el principio, pero lo había confirmado del todo durante las navidades al verlo moverse por la casa como si él también hubiera pertenecido allí siempre.

Nuestros encuentros los sábados sin falta y otros días al azar habían continuado y nuestra amistad también, o eso parecía porque yo pensaba que estaba todo estancado.

Y lo peor de todo es que había días en los que estaba de lo más raro, pero solo conmigo. Era como si algo que yo hacía, de lo que no tenía ni idea, le molestara.

Eso había sido así y a menudo desde aquel día en el que le vi mirarme con seriedad en la puerta del colegio de Gus cuando nos vio llegar corriendo agarrados y riendo a Tucker y a mí.

Lauren, cuando se lo conté, porque sí, ella había vuelto a ser mi mayor confidente, tenía la absurda teoría de que podían ser celos y que puede que pensara que yo seguía sintiendo algo por Tucker.

Cosa imposible, ¿cómo así se lo había hecho saber a mi hermana, ya que eso fue algo de lo que hablamos al principio de todo y yo le dejé bien claro que por mi cuñado solo sentía cariño uno por la amistad que nos unía y mucho más.

Incluso gracias a Clark y a lo que sentía por el que era muy fuerte me había dado cuenta de que de Tucker nunca había estado enamorada realmente y que como había sospechado había confundido una fuerte amistad por otra cosa.

Un dolor en el bajo vientre me hizo removerme en el balancín, pero pasó de forma rápida y tras dar otro trago seguí pensando.

Así que yo misma le había dicho a mi hermana lo que llevaba días sospechando.

Creía y cada día lo tenía más claro por su forma de mirarme, serio, a veces distante, sin cariño y muchas de forma vacía, que lo que quería era terminar y no sabía cómo decírmelo.

El sonido de la puerta al abrirse me hizo abrir los ojos y girar la cabeza.

—¿Estás loca que haces aquí con el frío que hace?

Fui a contestar a mi hermana, pero otra vez el mismo retortijón de hacía unos minutos volvió un poco más fuerte y me hizo fruncir el ceño y encogerme un poco.

—Por ver este amanecer —dije apuntando al cielo —merece la pena pasar un poco de frío.

Lauren parecía que no había oído lo que le había contestado; solo me miraba muy seria.

—¿Estás bien?

—Sí.

Pero fue terminar de decir el bien y otro dolor más fuerte esta vez hizo que volviera a encogerme.

—Joder no lo estás ¿Qué te pasa? ¿Qué te duele?

—Estoy con el periodo, Lauren, solo son molestias en la tripa.

—Tú nunca has tenido molestias, desde la primera vez que lo tuviste nunca te has enterado de él.

—Lo sé, pero al parecer este mes ha de ser distinto.

—Eso no es normal.

—A muchas mujeres les pasa.

—Pero a ti no.

En eso tenía razón, a mí no.

Nunca había tenido dolor de ovarios, ni en el pecho ni tampoco me dolía nunca la cabeza, la verdad es que mis periodos pasaban sin más, sin darme molestia alguna.

—Vamos dentro, quizás hayas cogido frío. Un chocolate de Marta te sentará bien.

Asentí y me puse en pie, pero no llegué a dar dos pasos cuando otro dolor me atravesó y me hizo doblarme. Pero no fue lo único que pasó. Bajé la cabeza y vi cómo el pantalón gris de deporte que llevaba se humedecía un poco de color rojo por la parte delantera.

—¡Reagan! —dijo mi hermana acercándose a toda prisa para agarrarme mientras me miraba con la cara totalmente desencajada.

—Tranquila, ¿será que este mes tengo más hemorragia que otros?

—Y una mierda tranquila. Esto no es normal, Reagan. Ahora mismo nos vamos al hospital.

Yo tampoco estaba muy tranquila, la verdad, pero me hice la fuerte para que mi hermana no lo notara. No quería que se alterara y se le pasara por la cabeza tomarse una copa.

—Lauren, no exageres, solo es el periodo que, al parecer, por ser el primero del año, ha decidido darme más guerra.

—¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué chillas, cariño? —dijo Tucker, que apareció por la puerta con la mirada llena de preocupación.

—Tucker, mírala, dile algo. Tiene que ir al hospital joder… hay sangre, eso no es bueno…

Mi hermana se alteraba más por momentos y sabía que verme así le estaba trayendo pensamientos malos de lo que no solo le había pasado a ella sino a mí.

—Reagan —dijo Tucker mirándome pálido—, hazle caso por favor.

—Está bien, ¿te quedarás más tranquila si me revisan y me dicen que es un periodo más fuerte?

—Sí.

—Pues vamos a desayunar y esperar un poco; si no se me pasa, iremos, ¿de acuerdo?

—Vale —contestó con la boca pequeña porque sus ojos me dijeron que no estaba de acuerdo.

—A papá y a Marta ni una palabra de esto, no quiero que se preocupen.

—Es que es para preocuparse, Reagan, te digo que eso no es normal, te digo que algo no está bien, lo siento aquí —dijo llevándose la mano al pecho.

—Ya verás cómo no —contesté dándole la mano para entrar dentro.

Ella estaba preocupada, pero yo también porque no me encontraba nada bien. Pero preferí callar.