Nunca fuimos solo amigos Capítulo 24
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Capítulo 24

El colegio estaba a dos calles del centro del pueblo.

Lauren y Marta habían bajado con mi padre un rato antes. Tucker y yo habíamos tenido algunos problemas con una res que encontramos tirada en el suelo, al parecer, enferma. Y temíamos que hubiera otra plaga que contagiara a la demás.

Así habíamos esperado a que el veterinario la revisara; gracias a Dios, lo único que tenía era una fractura en una pata y todo había quedado en un susto, pero eso nos había hecho retrasarnos.

Cuando llegamos corriendo y sin aliento a la casa, todos estaban listos para salir. Lo hicieron y nosotros nos quedamos dándonos una ducha; no era plan de ir oliendo a reses y sudor a la función del colegio.

Bajamos de la camioneta que Tucker aparcó a tres calles del colegio porque no hubo manera de encontrar un sitio más cerca. Al parecer, medio pueblo había ido a ver la función y al llegar tarde no nos quedó más remedio que hacerlo así.

—Joder espero que no haya empezado.

Miré el reloj a la vez que me bajaba a toda prisa y negué con la cabeza.

—Tenemos diez minutos todavía.

—Entonces nos toca correr, vaquera, no podemos no estar allí antes de que empiece.

—Vamos, vaquero —dije echando a correr calle abajo.

Tucker me alcanzó enseguida y, al mirarnos cómo corríamos los dos, nos echamos a reír.

—Serás rápida con el caballo, pero corriendo eres lenta.

—Pero ¿qué dices, idiota, si voy al mismo paso que tú? —dije jadeando por el esfuerzo.

—Porque me estoy frenando para no dejarte atrás.

—Sí, claro.

—Pues sí. ¿Quieres ver cómo puedo ir más deprisa y encima tirar de ti?

—Ni que fuera yo una res a la que tengas que arrear.

—Pues o te arreo o no llegamos, Reagan —dijo mirando el reloj.

—Joder con la gente. ¿Si viven aquí porque coño han venido en coche? Que anden, leches, que es bueno para las piernas y nos dejen a los demás los aparcamientos cerca —dije ya casi sin aliento.

—Tarde para pensar eso —dijo a la vez que me agarraba la mano.

—¿Qué haces?

—Arrearte —dijo tirando fuerte de mí.

Muertos de risa y casi ahogados por la carrera, llegamos a la puerta del colegio agarrados de la mano.

Allí mismo Tucker tuvo que sujetarme por la cintura para que no me cayera y menos mal que lo hizo porque me temblaban tanto las piernas por el esfuerzo que si no lo hubiera hecho me hubiera ido al suelo de boca.

Al verme en ese estado más nos echamos a reír y así fue como nos encontró Clark, que había salido a la puerta justo en ese momento.

—¿Os lo pasáis bien?

Su pregunta no fue en plan de broma; la seriedad con la que nos la hizo nos hizo callarnos de golpe y mirarle confundida.

—Casi morimos corriendo —le dijo Tucker.

Miró primero a Tucker, después a mí y no sabría decir qué se le pasó por la cabeza, pero lo que vi en su mirada no me gustó. No sabría decir si fueron celos, enfado o una mezcla de los dos.

—La función empieza en dos minutos; será mejor que entremos —dijo dándose la vuelta y entrando sin esperarnos.

Tucker y yo nos miramos y fruncimos el ceño a la vez.

—¿Qué coño ha pasado?

—No tengo ni la menor idea; tendrá mal día —contesté encogiéndome de hombros.

No tenía tiempo para pararme a pensar en qué le pasaría a Clark para estar tan serio. Mi prioridad en ese momento era Gus así que aparte de mi mente esa mirada que nos había dedicado a ambos y apretando el paso entramos en el colegió yendo directamente al gimnasio que era donde los niños actuarían.

Entramos a lo justo para ver salir a todos los niños al escenario vestidos cada uno con un disfraz de motivos navideños.

No es porque fuera mi sobrino, pero Gus estaba espectacular y no solo por lo que brillaba su traje de estrella sino por cómo brillaba su sonrisa.

Al llegar tarde, no pudimos sentarnos junto al resto de la familia que estaba en primera fila.

Así que tuvimos que conformarnos con verlo de pie desde un lateral.

Desde allí pude ver a mi hermana totalmente emocionada al igual que lo estaban mi padre y Marta, al ver a Gus cantando y bailando, dándolo todo.

Aunque no fue lo único en lo que me fijé. Recorrí con la mirada todo el gimnasio buscando a Clark. Lo localicé en la parte contraria a la que nos habíamos puesto nosotros.

Estaba apoyado contra la pared, de brazos cruzados, serio y concentrado en la actuación. Aunque en un momento dedo giró un poco la cabeza y nuestras miradas se encontraron.

Le sonreí; no me devolvió la sonrisa, solo asintió con la cabeza y volvió a mirar al escenario. Pues sí que estaba raro, sí, pensé mientras volvía a mirar a Gus.

—¡¿Os ha gustado?!

Gus estaba totalmente eufórico cuando la actuación terminó y, como el resto de los niños, vino a buscarnos a todos que estábamos juntos esperándole en el patio del colegio.

—Has brillado más que cualquier estrella del cielo, cariño —dijo Lauren mientras le cogía en brazos.

—Y vaya pulmones, cuando crezcas, si no eres vaquero, puedes hacerte cantante de ópera.

Me miró arrugando la nariz y todos nos echamos a reír.

—Yo voy a ser vaquero, tía, aunque puedo cantarles a las reses si están vagas y no se mueven para que espabilen.

Su comentario hizo que todos nos echáramos a reír al imaginarle haciendo tal cosa.

Salimos hasta la calle comentando la actuación y allí estaba Clark esperándonos apoyado en su coche.

—¿Sheriff, me has visto?

—Claro que te he visto, campeón, lo has hecho perfecto —le contestó a la vez que le ofrecía la mano para que chocaran los cinco.

—Clark, vamos a casa a comer un guiso especial que ha preparado Marta, y hoy no acepto un no por respuesta. Tenemos que celebrar que tenemos en casa la estrella que más brilla.

Clark antes de contestar cruzó una mirada conmigo para no sé si saber si me parecía bien, para pedir mi permiso o para decirme que le importaba una mierda mi opinión porque iba a venir igual.

—Será un placer ir, pero antes tengo que pasar por la oficina a firmar unos papeles. No tardaré.

—Bien, pues nosotros nos vamos adelantando y preparando la mesa —dijo Lauren.

—Hija, acompáñale si quieres.

—Papá, va a trabajar; no quiero molestar.

—No me molestas —contestó muy serio—. Vamos, no tardaré —añadió pidiéndome con la cabeza que me montara en el coche.

Lauren, que había notado la seriedad de Clark, me interrogó con la mirada y, como no tenía ni la menor idea de qué era lo que le pasaba, solo me encogí de hombros antes de montarme en el coche.

El silencio en el coche los primeros minutos fue de lo más incómodo. Nunca desde que nos conocíamos habíamos estado en una situación así. Menos mal que por fin a cuatro calles de llegar a la oficina Clark rompió el silencio.

—¿Por qué habéis venido tan tarde?

No me gustó nada el tono que empleó para preguntar; era como si fuera más una acusación.

—¿Me está interrogando, sheriff?

—No, es una simple pregunta.

—Contigo nada es simple —murmuré entre dientes.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Entonces me lo vas a contar o no?

Resoplé antes de girar la cabeza hacia la ventanilla porque me estaba poniendo de los nervios, aparte de enfadarme antes de contarle lo que había pasado con las reses.

—¿Todo está solucionado?

—Sí.

Clark paró el coche, pero no me moví.

—Vamos.

—Te espero aquí, no creo que sea buena idea que me vean entrar contigo en la oficina. La gente puede pensar lo que no es.

—¿Que eres una delincuente a la que vengo a meter en el calabozo? —Me preguntó bromeando.

Le miré sorprendida porque no me podía creer el cambio de aptitud que había dado en tan solo dos minutos. Decir que ese día estaba raro era quedarme corta.

—No. Que puedan pensar que hay algo entre nosotros.

—Es que no estarían equivocados, Reagan. Lo hay. Somos amigos y, como mi amiga que eres, puedes entrar en mi lugar de trabajo.

Amigos, claro. Ahí estaba esa palabra que estaba empezando a odiar casi tanto como el olor de las galletas.

Cada día me pesaba más esa situación, pero ese día lo hacía un poquito más seguramente porque la conversación a horas intempestivas que había tenido con mi hermana y Tucker me había afectado más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

—Está bien, amigo, pues vamos, enséñame tus dominios —dije abriendo la puerta para bajarme.

Entré detrás de él y lo seguí hasta su oficina.

Nada más cruzar la puerta, la cerró y, sin darme cuenta siquiera, me acorraló con su cuerpo contra la puerta y se lanzó a besarme.

Cuando se separó después de casi dejarme sin aire con la respiración acelerada y excitada, cosa que siempre me pasaba solo con que me besara, le hablé con la voz entrecortada.

—¿Qué haces? ¿No tenías que firmar algo?

—Después.

—¿Después de qué?

—Después de hacerte mía, hace días que no estoy dentro de ti y echo de menos tu calor, tus jadeos, el cómo me aprietas la polla y cómo chillas mi nombre cuando te corres.

—Clark, estamos en tu trabajo.

—Exacto, estamos en mis dominios, así que aquí mando yo.

Como si en otros sitios no lo hiciera, pensé antes de que volviera a besarme a la vez que me metía las manos por debajo del jersey para masajearme los pechos con energía.

—Quiero tu boca en mi polla antes de darte duro tumbada en mi mesa.

—¿Es una orden, sheriff?

—Es una necesidad. Me encanta cómo me engulles, ya lo sabes.

Llegados a ese punto, como siempre que estábamos solos, el deseo me cegó y no pude pensar en nada más.

No pensé lo que lloraría cuando todo acabara, no pensé lo mucho que echaría de menos esos momentos de sexo salvaje ni a él ni a sus bromas o charlas, solo pude hacer lo que estaba deseando que le hiciera y para qué negarlo yo también porque me gustaba mucho darle placer.

Le empujé hasta el sillón que tenía al lado de la mesa y antes de hacer que se sentara le desabroché los pantalones que se bajó lo justo para dejarme ver su miembro.

Ese que estaba durísimo y de lo más ansioso porque le prestara toda mi atención.

Me arrodillé entre sus piernas y agaché la cabeza.

Primero pasé su lengua por toda su largura y al llegar a la punta lo succioné con ganas con mis labios como sabía que le gustaba.

Tres pasadas más de la misma manera antes de meterme todo su miembro en la boca y empezar a mover la cabeza adelante y atrás a buen ritmo.

—Joder, Reagan qué boca tienes…

Seguí unos minutos más antes de que sin avisarme me agarrara por los hombros y me hiciera levantarme.

—Gírate.

Lo hice y él me agarró por los hombros para que me tumbara boca abajo encima de su mesa. Sin perder el tiempo, me bajó los pantalones y las braguitas de un tirón y se arrodilló detrás de mí.

Pasó la lengua por toda mi vagina llegando hasta mi puerta trasera.

—Para esta no tenemos tiempo, pero el sábado no lo perdono; me gusta darte por aquí casi tanto como por delante —dijo, pasando uno de sus dedos por esa puerta que hacía días que, concretamente el segundo que estuvimos juntos, había profanado.

Se concentró en darme el mayor de los placeres moviendo su lengua con destreza hasta que consiguió que me corriera en su boca mientras me llevaba la mano a la boca para que no me oyeran chillar los compañeros que estaban fuera.

Sin darme tiempo a recuperarme, se levantó, acercó su miembro a mi entrada y me penetró de una sola estocada.

—Agárrate a la mesa porque voy a follarte muy duro.

Y lo hizo. Más duro de lo que lo había hecho nunca. Sus embestidas, cada vez más fuertes y más duras, me dieron la sensación de que eran como si cada una de ellas fuera un castigo.

—Vamos, Reagan, los dos.

Tres embestidas después, ambos nos corríamos a la vez.

En completo silencio, como siempre pasaba al terminar de tener un encuentro y cuando recuperamos la respiración y el ritmo normal de nuestro corazón, nos vestimos.

Clark firmó los papeles que tenía pendientes y, diez minutos después, nos fuimos a mi casa a comer con toda la familia.

Él, durante el camino, fue de lo más normal. Hablando como siempre y yo forzando en todo momento una sonrisa porque cada vez me sentía peor.

Me sentía usada, triste y una completa idiota por querer a un hombre que nunca me miraría como yo deseaba que lo hiciera.