Capítulo 21
Decir que estaba tranquila sería mentir.
Era sábado, el día que por fin tendría la cita con Clark y estaba absolutamente de los nervios. Hacía más de seis años que no estaba con un hombre, seis años que había estado a pan y agua.
Y por fin iba a tener una cita con un hombre que me gustaba muchísimo y al que deseaba.
Salí de la ducha, me enrosqué en una toalla, me puse otra en el pelo y salí a la habitación.
Abrí el armario y me quedé mirando las prendas que tenía allí colgadas, pasé una tras otras. Llegué al final y volví a hacer lo mismo un par de veces más.
—Menuda mierda.
Resoplé y volví a rebuscar. Saqué un pantalón lo miré fruncí el ceño y volví a colgarlo en su sitio.
Moví las perchas de nuevo. Saqué un vestido que tenía más años que mi sobrino, me fije en el bajo y vi que tenía una parte descosida, volví a resoplar y de mala leche volví a colgarlo donde estaba, aunque supe que lo mejor hubiera sido tirarlo a la basura.
—Esto es perfecto, simplemente perfecto joder.
La puerta se abrió sin que nadie hubiera llamado, solo dos personas harían eso y cuando giré la cabeza hacía la puerta comprobé que mi pensamiento era acertado.
Marta y mi hermana asomaron la cabeza a la vez.
—¿Qué te pasa, niña? Tus resoplidos y tus protestas se oyen desde el pasillo, pareces una res enfadada.
—La cita va a ser un desastre; no tengo nada decente que ponerme.
—Venga, hermana, no creo que sea para tanto.
—Lo es, compruébalo tú misma —dije señalando el armario.
Lauren pasó la primera y fue directamente hasta mi armario. Pasó percha tras percha y vio lo mismo que yo porque otra cosa no había, claro.
Vaqueros, más vaqueros, camisetas sin forma definida y muy normales, tres sudaderas que habían vivido mejores tiempos, un vestido que podría ponérselo una abuela para un funeral, camisas de cuadros adecuadas para los campos y el vestido descosido en el bajo.
Se retiró hacia atrás y, sin decir ni una sola palabra, se fue a la puerta.
—¿Dónde vas?
—Ahora vengo.
Marta y yo nos miramos y nos encogimos de hombros a la vez.
Tres minutos después, Lauren volvió con ropa en la mano. Era una falda vaquera con pliegues en la parte delantera y una blusa de media manga azul turquesa que era preciosa y, por último, una americana también vaquera entallada en la parte de la cintura.
—Toma, ponte esto —dijo, poniéndolo extendido sobre la cama.
—Lauren, no puedo ponerme tu ropa.
—¿Por qué? Está casi nuevo; solo me lo he puesto una vez hace ya mucho y además tenemos la misma talla.
—Es que…
No es que no quisiera ponérmela porque realmente la ropa estaba bien, más que bien, sino porque no me parecía justo que mi hermana me dejara ropa que ella misma tenía que ponerse para salir.
—Ni es que ni nada, niña, hazle caso a tu hermana y póntelo —dijo Marta sonriendo, pero con voz autoritaria.
Miré a mi hermana y al ver la ilusión con la que me miraba no pude negarme.
—Está bien.
—Genial. Pero no tardando, tenemos que ir de compras; yo también necesito comprar algunas prendas.
—Es una idea fantástica, Lauren, os vendrá bien pasar un día en la ciudad de compras.
—Nos vendrá no, que tú también vienes con nosotras.
—¿Yo? Y que pinto yo de compras.
Mi hermana y yo nos echamos a reír.
—Pues no te compres nada si no quieres, pero pasaremos un día de chicas.
—Eso sí me gusta, me apunto.
Me quité la toalla, me puse la ropa interior que ya había elegido, que menos mal que de esa sí tenía cosas prácticamente nuevas, muchas de ellas que me las había regalado Molly, que era una auténtica fanática de la ropa interior sexy, porque si no hubiera sido un desastre absoluto presentarme a la cita con bragas de abuela de cuello alto.
—Te esperamos abajo. Maquíllate un poco.
Resoplé ante la sugerencia de mi hermana.
—No.
—Vamos, niña, solo un poco.
—No sé maquillarme, Marta.
—Eso es mentira, no le hagas ni caso —contestó mi hermana a Marta.
—Está bien, mandonas.
Las dos salieron de la habitación riéndose y yo me quedé allí vistiéndome. Al final también me maquillé de forma muy sutil y me dejé el pelo suelto.
Me miré en el espejo y me vi guapa. Aunque también rara.
Hacía tanto que no me arreglaba y mucho menos para salir con un hombre que no estaba segura de si habría acertado, pero al ver el reloj y ver que Clark estaría a punto de llegar a buscarme no me quedó más remedio que conformarme con el aspecto que tenía.
Bajé a la planta de abajo y allí en el hall estaban todos esperándome.
—Tía, estás muy guapa, ahora ya no pareces una vaquera.
Solté una risa y negué con la cabeza.
—Tu tía seguirá siendo una vaquera, aunque se pusiera un saco encima; eso lo lleva en el corazón Gus —le dijo mi padre mirándome con cariño.
—Estás muy guapa, Reagan.
—Estoy de acuerdo —dijo Tucker, dándole la razón a su mujer.
—Tiene buena percha la niña —añadió Marta haciéndoles reír a todos.
Todos oímos el sonido de un coche fuera y no solo yo me giré para salir, si no que todos me siguieron.
—El sheriff ha llegado —dijo Gus, que adelantándome fue el primero en salir al porche.
—Dios… —susurré.
Lauren se acercó a mí, me agarró el brazo y pegó su cabeza a la mía para que al hablarme solo yo la oyera.
—Tranquila ¿vale? No pienses en nada, tú solo disfruta y pásalo bien. Lo que tenga que ser será.
Asentí a la vez que le susurré un vale. Me dio un beso en la mejilla y un apretón en el brazo para animarme y salimos fuera.
Levanté la mirada y allí enfrente apoyado en el coche estaba Clark. Me quedé sin respiración al ver lo guapo que estaba. No venía de uniforme y, si ese le quedaba bien, la ropa normal no se quedaba atrás.
Llevaba unos pantalones negros, botas y una camisa gris que llevaba remangada hasta los codos. Su pelo, ese que parecía que era rebelde, lo llevaba no despeinado, pero sí con los mechones cada uno para un lado, le quedaba fenomenal.
Estaba guapísimo.
—Pásalo bien, hija.
—Sí, pásalo bien, cuñada —añadió Tucker levantando las dos cejas.
—Oh, callaros, panda de cotillas —dije antes de bajar los escalones para reunirme con Clark, que al verme también había echado a andar hacia mí.
Me saludó con un beso corto en los labios y luego se separó para darme un repaso de arriba abajo.
—Estás preciosa.
Un rubor me subió hasta las mejillas al ver que lo estaba diciendo completamente en serio y no para cumplir.
—Tú tampoco estás nada mal.
—Nada mal, ¿eh? —contestó riéndose.
—Estás muy guapo, pero hoy no podré llamarte sheriff; no llevas el uniforme.
—Eso no importa, hazlo. Ya sabes cómo me pone que lo hagas —dijo con la voz ronca.
—Lo haré —contesté coqueta.
—Bien, estoy deseando que lo hagas. ¿Nos vamos?
—Sí.
Nos despedimos de mi familia con la mano porque allí seguían todos en el porche como los buenos cotillas que eran vigilando todos nuestros movimientos.
Nos montamos en el coche y los primeros minutos ninguno de los dos dijo nada. Yo miré por la ventanilla el camino del rancho hasta que nos incorporamos a la carretera.
Por el rabillo del ojo vi cómo Clark se había puesto serio de repente y cómo apretaba el volante con más fuerza de la necesaria. Se le notaba un poco incómodo y era como si quisiera decir algo, pero no supiera cómo.
Decidí ponérselo fácil y ser yo la que preguntara.
—¿Qué pasa, Clark? Si te has arrepentido y no quieres ir a cenar, solo dilo y ya está.
—No es eso, sí que quiero cenar contigo.
—¿Entonces qué pasa? Sea lo que sea, dilo.
—Reagan, me gustas mucho y te deseo, eso lo sabes.
—Tú también me gustas y también te deseo, eso creo que también lo sabes.
—Lo sé, pero… no sé cómo decir esto sin que suene mal.
Y ahí estaba un, pero, un maldito, pero. Negué con la cabeza porque, claro, tenía que haber un pero, pero no podía ser que por una vez algo en mi vida saliera perfecto y no hubiera peros de por medio, pensé con tristeza.
—Solo dilo y ya.
Vi cómo cogía aire antes de hablar.
—Reagan, yo no estoy preparado para tener una relación y tampoco quiero una.
El corazón me dio un vuelco al oírle decir eso. No es que me hubiera esperado que me pidiera matrimonio ni mucho menos, pero tampoco me había esperado que solo quisiera divertirse, salir, follar y ya. Porque eso es lo que me estaba diciendo.
Sentí cómo dentro de mí se instalaba una pequeña decepción. Había pensado, tonta de mí, que aquella cita, que ya de cita tenía poco, podía significar algo más, pero claramente me había equivocado.
Porque siendo sincera conmigo misma, los tres días que llevaba esperando salir a esa cena con él sí que me habían hecho ilusiones, pequeñas, pero me las había hecho, de que quizá podíamos acabar juntos.
Pero, más sincero, no había podido ser así, así que por mi parte solo me quedaba aceptarlo.
—Está bien —dije aceptando lo que me ofrecía, sabiendo que, como había pensado todos esos años atrás, yo nunca acabaría encontrando a nadie que me acabara queriendo como Tucker quería a mi hermana, por ejemplo, así que si solo podía tener diversión, pues sería lo que tendría.
—Reagan…
—De verdad, está bien. Podemos ser amigos.
Intenté hablar con la voz más tranquila posible para que no se me notara esa decepción que estaba sintiendo.
Clark giró levemente la cabeza sin perder del todo la vista de la carretera.
—¿Amigos?
—Sí —contesté forzando una sonrisa que él no llegó a percibir.
—Amigos que cenan, que se besan, que lo pasan bien —en eso se refría al sexo, claro—. Amigos que comparten momentos.
—Sí, esa clase de amigos —dije encogiéndome de hombros.
—¿Estás segura?
Pues no, no estaba segura de nada. Porque quería estar con él, pero sabía de sobra que, aunque en ese momento no estaba enamorada todavía, o eso creía, no tardaría en estarlo y me llevaría una buena hostia cuando se cansara de esos encuentros y se buscara otra «amiga», pero aun así algo dentro de mí, algo estúpido, no me dejó que me negara.
—Sí.
—Bien, me alegro de que todo esté claro desde el principio.
Sí, yo también me alegraba, así, cuando llegara el palo, porque llegaría; de eso estaba segura, al menos no me pillaría desprevenida.