Nunca fuimos solo amigos Capítulo 19
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Capítulo 19

Fue un beso lento, prudente como si ninguno se atreviera a hacerle más intenso porque queríamos conocer cada parte de muestra boca con calma.

Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no pensé en nada; solo me permití sentir.

No pensé ni en lo que pasó en el pasado, ni en Tucker, ni en Lauren, ni en el bebé que perdí ni en todo el dolor que había arrastrado durante años. Solo pensé en lo bien que me sentía mientras me besaba.

El aire pareció cambiar y el beso lo intensificamos los dos al tiempo.

Clark alargó sus manos, me agarró de la cintura y me pegó a su cuerpo. Mis manos se fueron solas hasta su camisa y la agarré con fuerza como si necesitara sentir que no se iba a ir.

El remolino que siempre estaba en mi estómago cuando estaba cerca se volvió mucho más fuerte, incontrolable. Mi corazón empezó a bombear a toda velocidad y por fin después de tantos años mi cuerpo despertó indicándome que estaba muy excitada.

Durante quince días había intentado ignorar el deseo, la atracción y el reconocerme incluso a mí misma que Clark me gustaba no solo mucho, sino muchísimo.

Pero ya no podía ignorarlo ni negarlo más.

Cuando empezó a faltarnos el aire, fue Clark el que se separó primero, pero no del todo. Solo lo justo para apoyar su frente en la mía.

—Reagan…

—No… no digas nada. No ahora.

Me hizo caso.

Nos quedamos en silencio respirándonos el uno al otro hasta que conseguimos calmarnos.

—Creo que es hora de que vuelvas a casa.

Sí yo también lo creía. Sabía que tenía que enfrentarme a mi familia y hablar con ellos. Estaba segura de que estarían muy preocupados pensando en cómo estaría desde que me marché corriendo.

—Sí, vamos.

Clark se levantó y me ofreció su mano para ayudarme. La cogí, claro que la cogí y sin soltarle nos acercamos al caballo.

Él fue el primero en montar, pero cuando me ofreció el brazo para ayudarme a subir detrás de él, negué con la cabeza.

—En mis tierras yo llevo.

Soltó una risita.

—Me parece bien, sube delante entonces.

Lo hice. Con agilidad puse el pie en el estribo y me subí para sentarme delante suyo. Agarré las riendas y espoleé despacio al caballo para ponernos en marcha.

Clark me rodeó la cintura con sus manos y se pegó a mí más de lo necesario.

No me importó esa cercanía; es más, me gustó y mucho.

Sentí su respiración en mi cuello y un escalofrío me recorrió entera cuando me dejo un suave beso detrás de mi oreja antes de hablar.

—Reagan, en casa lo estás haciendo muy bien. Pero también necesitas un respiro.

Cerré los ojos un segundo y suspiré.

—No me puedo permitir tomarme un respiro, Clark.

—¿Por qué?

—Hay muchas cosas que arreglar.

Guardó silencio unos segundos y volvió a hablar después de dejarme otro pequeño beso en el cuello.

—Y se arreglarán. Pero todo el mundo necesita un respiro de vez en cuando para desconectar.

Giré la cabeza por encima de mi hombro y le miré levantando una ceja.

—¿Me estás proponiendo algo, sheriff?

—Sí —contestó con seguridad.

—¿Una cita? —Pregunté sin apartar la mirada de sus ojos.

—Una cena. Tú y yo solos el sábado.

Me quedé pensando unos segundos.

Sabía que empezar algo con él, lo que fuera, podía complicarme la vida y ya bastantes complicaciones tenía. Pero también sabía otra cosa. Que desde que me había besado quería sentir algo que no fuera dolor.

Quería volver a sentir algo que no fuera dolor. Porque después de seis años en los que mi cuerpo y mi corazón habían estado en pausa o dormidos, él y solo él había sido el único capaz de hacerme despertar.

Así que no pensé en que podía salir mal, no pensé en que diría nadie. Solo pensé en lo bien que me sentía entre sus brazos y en que quería seguir sintiendo eso.

—Vale.

La sonrisa de Clark ante mi respuesta y acercó su cara para dejarme un suave beso en los labios.

—Entonces tenemos una cita.

—La tenemos, sheriff.

—Si vuelves a llamarme sheriff, no respondo —dijo a la vez que me apretaba más contra él para que no solo notara su pecho contra mi espalda si no también esa otra parte que estaba abultada en su cuerpo un poco más abajo.

—Guarde su arma, sheriff, que tenemos espectadores y no estaría bonito desenfundarla aquí —dije señalando con la cabeza al frente donde toda mi familia estaba en el camino esperando a que llegáramos.

Clark soltó una carcajada que amortiguó contra mi cuello.

—La tendré enfundada hasta que estemos solos —contestó con voz ronca.

—¿Entonces el sábado es una cita y lo que surja?

—Surgirá, ya te adelanto que surgirá, porque no te imaginas lo que te deseo.

Dios… oírle decir eso hizo que me removiera en la silla y él lo notó, claro que lo notó y volvió a reír contra mi cuello.

—Veo que no soy el único que le pasa.

—Calla, por favor.

—Con eso ya me has contestado. Tres días faltan para el sábado. Qué largos se nos van a hacer vaquera.

Tuvimos que dejar la conversación porque llegamos junto a mi familia. Todos estaban serios y había mucha preocupación en sus caras.

Bajamos del caballo y nos acercamos hasta ellos.

—Reagan, hija… —dijo mi padre moviendo la silla para acercarse, pero fui yo la que me adelanté hasta él.

Lo abracé.

—Estoy bien, papá, el paseo me ha venido bien. No quiero que te preocupes más, hablaremos, pero otro día si quieres.

—Estoy aquí para todo, siempre.

—Lo sé.

Me separé y mi vista se fue hasta mi hermana, que estaba nerviosa retorciéndose las manos.

Nos miramos, dimos los dos pasos que nos separaban y nos abrazamos con cariño. Como no lo habíamos hecho en años. No hizo falta hablar, no hizo falta nada más que ese abrazo para saber que volvíamos a ser la otra mitad de la otra.

Sin separarme de ella noté como otros brazos unos grandes nos envolvían a las dos.

Tacker.

Él tampoco dijo nada; solo con ese gesto nos dijo que estaba para las dos, para lo que hiciera falta.

Nos separamos y nos miramos los tres. Teníamos los ojos aguados, pero nos sonreímos y asentimos para saber que todo estaba bien. Nos quedaba mucho por hablar y un largo camino por recorrer, pero por fin estábamos en la dirección correcta.

—Tía, yo también quiero un abrazo —dijo el pequeño tirándome de la camiseta.

—A ti, el más gordo de todos, voy a darte —dije levantándolo en volandas para apretarlo contra mi pecho.

—¿Vamos a salir luego a montar?

—Sí como todos los días.

—Pues vamos a comer, que Marta ha hecho un guiso que olía de maravilla.

Fruncí el ceño y miré a los demás.

—¿No habéis comido todavía?

—No, hija, te estábamos esperando.

—Sí, y yo tengo hambre.

Gus lo dijo a la vez que se pasaba la mano por la barriga en círculos para darle más veracidad a sus palabras.

—Pues vamos, no sea que el león hambriento que tienes en la barriga salga y nos muerda a todos.

—¿Clark, te quedas a comer?

—Gracias, Tucker, pero no puedo; tengo lío en la oficina, pero te tomo la palabra para otro día.

—Sí ven pronto, sheriff.

—Lo haré pequeño.

Gus se bajó de mis brazos y los seis fuimos hasta la casa.

El pequeño entró corriendo como un vendaval llamando a Marta para que empezara a poner la comida en los platos y todos nos echamos a reír.

Pensé erróneamente que Clark se despediría con un hasta mañana como el resto de los días, que sí, que también lo hizo, pero eso fue después de acercarse a mí allí con todo su descaro, agarrarme por la cintura, pegarme a su cuerpo y plantarme un buen beso en los labios.

—Hasta mañana, familia.

Todos contestaron lo mismo, pero sin dejar de mirarme alucinados.

—Pero ¿qué ha pasado en los campos?

—Nada —le contesté a mi hermana encogiéndome de hombros.

—¿Nada? Una mierda. Menudo besazo te ha dado.

Mi padre y Tucker se echaron a reír.

—Solo ha pasado lo que tenía que pasar; saltaban chispas entre ellos y al final la llama se ha prendido.

La contestación de Tucker me hizo poner los ojos en blanco.

—Joder, y menuda llama.

—No es para tanto.

—Que no, dice. ¿Sois pareja o qué?

—No somos nada, Lauren, solo nos hemos besado y me ha pedido una cita nada más.

—¿Una cita? —preguntó mi padre ilusionado.

—Papá solo es una cita joder, sonríes como si me hubiera pedido matrimonio.

—Bueno por algo se empieza, así que…

—No vais a dejarlo estar, ¿no?

—No —contestaron los tres a la vez antes de echarse a reír.

—Pues suerte con vuestras conjeturas porque no pienso contaros nada cotillas —dije antes de sonreír, darme la vuelta y entrar con rapidez en casa. Mientras los oía reírse a carcajadas desde dentro.