Capítulo 18
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Solo sabía que mi respiración ya estaba totalmente controlada y que mi corazón ya latía a un ritmo normal. Incluso ya había dejado de llorar; no sabía si porque ya no tenía más lágrimas o porque mi cabeza me había dicho basta.
Una fuerte ráfaga de aire removió todo a mi alrededor incluido mi pelo ese que de la sofoquina estaba como el de una leona. Muchos mechones se me habían salido de la coleta que llevaba y me caían por la cara.
Con una mano y sin abrir los ojos poque así estaba muy a gusto me los retiré de la cara.
Pasados unos minutos oí un sonido inconfundible para mí.
Alguien a caballo se acercaba despacio hasta mi posición, así me lo indico el ritmo suave y constante de los cascos chocando con el suelo.
No abrí los ojos hasta que oí como se detenía a poca distancia de mí y me hablaba.
Había esperado que fuera Tucker que preocupado por mi tardanza había venido a buscarme o incluso mi hermana, pero al ver la persona que estaba a lomos del caballo de mi padre me llevé una buena sorpresa.
Era Clark Dawson, el sheriff.
—¿Vas a fingir que no me has oído? Porque eso sí que no me lo creería. Estoy seguro de que has distinguido el sonido de los cascos del caballo desde que estaba a buena distancia.
Abrí los ojos y lo observé unos segundos.
Lo había visto todos los días desde mi vuelta y varias veces.
Por las mañanas cuando venía a recoger a Gus, que, aunque yo misma había insistido en que podía llevarlo al colegio el no cedió y quiso seguir haciéndolo. Luego nos veíamos una segunda vez cuando volvía a traerlo a la hora de la comida.
Y había habido días que incluso nos habíamos visto una tercera vez cuando había vuelto a última hora de la tarde después de su turno para tomarse algo con Tucker en el porche mientras charlaban, o cuando se presentaba con una excusa tonta a cualquier hora.
Tucker al verlo aparecer solo me miraba sonreía y sin hablarme me decía «Te lo dije. Te dije que vendría más a menudo.»
Era cierto que no habíamos hablado mucho, o más bien diría que casi nada. Solo palabras de cortesía, saludos por educación y algunas frases sueltas casi todas relacionadas con Gus.
Pero lo que no podía negarme a mí misma es que miradas había habido muchas, quizá demasiadas, o quizá no, por parte de los dos.
Miradas de pasada, miradas cargadas de preguntas que queríamos hacernos en uno al otro, miradas acompañadas de sonrisas, pero sobre todo miradas cargadas de tensión y deseo.
—¿Qué haces aquí, sheriff?
Se bajó del caballo con destreza, esa destreza que solo se tiene después de haber cabalgado mucho y al parecer él lo había hecho mucho y en nuestras tierras junto a Tucker, porque por lo que me habían contado antes no sabía montar.
Al verlo caminar hacía mi hizo que ese cosquilleo que siempre aparecía cuando lo tenía delante apareció sin remedio en mi estómago.
—¿No vas a dejar de llamarme así?
—Eres el sheriff, ¿no?
—Lo soy, pero me gustaría que me llamaras Clark, al menos cuando estemos solos.
Eso de estar solos no solo lo dijo por decir si no que note como tenía un trasfondo que preferí ignorar por mi bien y mi paz mental, porque solo con pensar en los dos a solas en una situación… digamos que más íntima hacía que mi bajo vientre se contrajera.
—Clark…
—Mucho mejor —dijo antes de sentarse a mi lado.
—Y bien, Clark, ¿qué haces aquí?
—Dentro de mis funciones está la de comprobar que los ciudadanos estén bien y que no estén perdidos.
Sonreí a la vez que negaba con la cabeza.
—He nacido en estas tierras; me las conozco como la palma de mi mano; nunca podría perderme aquí.
—Eso ya lo había supuesto.
—¿Y aun así has venido?
Asintió.
Los siguientes segundos los pasamos en silencio. Pero no fue incomodo, los dos parecíamos estar a gusto así. Tragué saliva y suspiré mientras reunía el valor necesario para preguntarle algo que hacía días que me rondaba la cabeza.
—Sabes lo que pasó, ¿verdad? Me refiero a por qué me marché.
—Sí. Tucker me lo contó hace tiempo.
—¿Te contó todo?
—Lo suficiente y su versión.
Suspiré a la vez que cerraba los ojos un segundo. Su respuesta no me sorprendió ya que por cómo nos miraba algunas veces a los tres había supuesto que lo sabía.
—¿Y también sabes lo que ha pasado hoy?
—No todo, pero sí lo más importante.
—¿Tucker?
—No. Me lo ha contado Lauren.
Giré la cabeza avergonzada.
—No quería que nadie lo supiera.
—Lo supongo, pero la situación te ha llevado a soltarlo.
—Y soy una imbécil por no controlarme, ¿verdad?
Frunció el ceño y me miró sin entender.
—¿Por qué?
—Porque he vuelto después de seis años para ayudarles no para echarles más mierda encima. Lo que les he contado no ayuda en nada, solo les puede traer más dolor.
—Reagan, son tu familia; es justo que tú les ayudes y ellos hagan lo mismo de vuelta.
—¿Por eso estás aquí? ¿Te ha pedido Lauren que vinieras a buscarme?
—No ha hecho falta, antes incluso de que acabara de hablar, ya le he dicho que vendría.
—Para cumplir con tu deber.
—No. Porque quería saber cómo estabas.
—Estoy bien —dije demasiado rápido.
—No, no lo estas. Pero finges estarlo.
—Pero lo estaré.
—Lo sé. Eres una mujer fuerte.
Agaché la cabeza y negué.
—No lo soy.
—Sí que lo eres. Todo por lo que has pasado sola demuestra que eres fuerte y muy valiente.
Volví a negar con la cabeza.
—No fui valiente.
—Sí que lo fuiste, mucho más de lo que crees.
—Solo seguí porque no podía hacer nada más.
—Pues ahí es precisamente cuando se demuestra la valentía. Seguiste, aun estando rota, lo hiciste, no te hundiste.
Cogí una bocanada de aire y levanté la cabeza para mirar al frente, porque a él, en esos momentos, no me atrevía a mirarle.
—Cuando caí, solo pensé que, si no me levantaba, que, si me hundía con eso, solo haría daño a mi padre y no quería que sufriera más por mi culpa.
—Ahí lo tienes, fuiste fuerte y no solo por ti sino por la gente que querías.
Asentí porque al verlo como lo estaba viendo él pensé que quizás tenía razón.
Todo lo mal que me había sentido desde que empecé la discusión con mi hermana, parecía que, aunque no había desaparecido porque el dolor seguía latente dentro de mí, sí que se estaba apaciguando al hablar con Clark.
No sabía por qué, pero me hizo sentir comprendida.
Con él podía seguir rota, porque lo estaba, podía estar triste porque también lo estaba en esos momentos, pero a su lado no tenía que fingir no estarlo porque no me estaba presionando, ni juzgando, ni mirando con lástima o pena como haría cualquier otra persona al saber mi historia.
No, él simplemente estaba allí y para mí solo con eso fue suficiente.
Giré la cabeza y entonces sí lo miré directamente a los ojos.
—¿Y tú qué?
—¿Yo que?
—¿Cuál es tu historia?
Sabía que tenía una, no porque en casa nadie me hubiera dicho nada, sino porque me lo decían sus ojos.
Había momentos en los que su mirada se quedaba fija unos segundos como si le viniera a la mente algún recuerdo. Unas veces no parecían ser buenos porque sacudía la cabeza rápido como si quisiera desprenderse de ellos con rapidez y otras veces buenos porque sonreía sin darse cuenta.
—¿Mi historia?
—Sí, todos tenemos una y tú no eres la excepción, ¿no es cierto?
Soltó una risita.
—No lo soy. Sí que tengo una historia. ¿Quieres saberla?
—Solo si tú quieres contármela.
—Sí que quiero, es lo justo. Yo sé la tuya, aunque no contada por ti, pero espero que un día sí me la cuentes, así que te resumiré la mía.
Se acercó un poco más y se acomodó contra el árbol casi rozando mi brazo antes de empezar.
Lo primero que me dijo fue que él también sabía lo que era sufrir por alguien.
Clark tenía treinta y ocho años y había estado con su novia Megan desde que los dos tenían dieciocho. Empezaron juntos un poco antes de que él ingresara en el ejército.
La relación iba muy bien. Tanto que seis años después se casaron. Y las cosas siguieron bien, o eso pensaba él los años siguientes. Por su trabajo, en el que estaba varios meses fuera de casa, no se veían todo lo que quisieran, pero eso nunca fue un problema; lo llevaban bien.
Pero hacía cinco años que su mujer sí pareció verlo como un problema porque cuando un día él volvió de una misión una semana antes de lo previsto se la encontró en su casa, en su cama acompañada por su mejor amigo.
Y encima no fue algo de una vez; llevaban al menos dos años juntos.
Según me contó, no hubo una gran discusión y pocas explicaciones por parte de Megan; simplemente le dijo que estaba harta de tener un marido ausente y que había encontrado el amor en alguien que estaba a su lado.
Clark lo pasó muy mal durante una temporada, pero me dijo que, al igual que yo, cayó, pero se levantó porque supo que, aunque dolido, tenía que seguir.
Después de eso, decepcionado con todo, decidió cambiar su vida totalmente. Dejó el ejército y unos meses después le ofrecieron el puesto de sheriff en Big Timber y no dudó en cogerlo.
—¿Aún duele?
—Duele pensar en todo lo bueno que tuvimos y en cómo ella lo tiró por la borda porque no fui suficiente.
—¿Aún la quieres?
—No.
Fue un no dicho con mucha seguridad y totalmente sincero.
—¿Lo has superado?
—Así es. Me costó. Pero lo hice hace ya bastante tiempo.
Asentí y él hizo lo mismo, sonriendo y mirándome a los ojos para que viera que lo que me estaba diciendo era totalmente sincero.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Has superado a Tucker?
Su pregunta me sorprendió porque desde luego que no me esperaba que me preguntara algo así y de manera tan clara.
—Sí.
Ni siquiera tuve que pensar la respuesta; me salió tal cual la sentí.
—¿Estás segura?
—Lo estoy. Lo sé porque hace tiempo que me di cuenta de que había confundido amor con otra cosa y cuando he vuelto si es que podía quedarme alguna duda al verlo desaparecieron de golpe.
—¿Con qué?
—Con una amistad muy fuerte. Siempre fuimos inseparables y yo pensé lo que no era y creo que a él le pasó lo mismo hasta que mi hermana volvió.
—¿Así que no sientes nada por él? —Me preguntó sin dejar de mirarme a la vez que fue acercándose un poco más a mí.
—Solo amistad —susurré.
—Bien.
Después de su bien, que al parecer fue el broche final para que ambos supiéramos que no teníamos a otras personas en nuestra cabeza, no sabría decir quién fue el que acabó acercándose del todo al otro; el caso es que unos segundos después nos estábamos besando.