Capítulo 16
Los siguientes quince días fueron una lucha que nos puso a prueba a todos, pero más o menos conseguimos tener una rutina, en todo menos con Lauren.
Solo dos días después de acordar con mi padre que necesitábamos a alguien que nos echara una mano en la casa para nosotros poder dedicar nuestro tiempo a lo más importante, llegó al rancho como un huracán Marta.
Eran una mujer del pueblo que todos conocíamos y que la saber que buscábamos ayuda ella misma se ofreció a ser esa persona para ayudarnos en casa.
Sesenta años. Viuda desde bien joven. Sin hijos. Con una vitalidad y una energía que triplicaban la nuestra. Y con una sonrisa tan luminosa que era capaz de iluminar cualquier habitación en la que entraba.
El día que llegó, lo hizo cargada de bolsas con comida ya hecha, una lista de la compra escrita a mano con una letra tan perfecta como parecía ser ella y con unas instrucciones bien claras.
Nos dijo que no estaba allí para pedir permiso sino para hacerse cargo de todo y de todos.
Y eso era lo que había hecho desde entonces.
Limpiaba la casa, cocinaba como los ángeles, regañaba a mi padre si era necesario cuando le veía fumar a escondidas en el porche, estaba pendiente de Lauren y le pedía ayuda en cosas que no eran necesarias para mantenerla ocupada y que no pensara en lo que no debía y al hacerlo echara mano de la primera botella que pillaba.
A mí y a Tucker nos mantenía en orden. Solo con oír cómo nos acercábamos se asomaba a la puerta y con el dedo señalaba nuestras botas llenas de barro para que ni se nos ocurriera dar un paso dentro de la casa con ellas.
Todos en tan solo unos días empezamos a quererla y a necesitarla, aunque no lo supiéramos, o quizá sí que lo sabíamos, pero el que más encantado estaba con su llegada era Gus.
Y ella con él.
Lo trataba como si fuera su propio nieto. Hacían galletas juntos, leían cuentos y reían a carcajadas cuando Gus le hablaba de caballos y ella, fingiendo un miedo que no sentía, se echaba las manos a la cabeza y simulaba un desmayo.
Mi padre se dedicó a descansar su pierna y recuperarse mientras en el despacho improvisado que pusimos en el salón revisaba cuentas, contratos y facturas mientras le veía resoplar cada pocos minutos y desesperarse al ver el desastre que tenía delante.
Yo le preguntaba cuando me acercaba a llevarle un café, una limonada o simplemente a darle una caricia en la cabeza, cómo estaban las cosas.
No me contestaba con palabras; no hacía falta, solo negaba con la cabeza y eso era suficiente para que yo supiera que las cosas estaban peor de lo que pensaba, pero me decía que todo se arreglaría. No tenía claro si me lo decía para no preocuparme y darme ánimos o para dárselos a él mismo.
Tacker siguió ocupándose de su trabajo de capataz sin descanso, aunque mi padre y yo intentamos que frenara consiguiéndolo solo a ratos.
Salía antes del amanecer. Arreaba ganado, arreglaba vallas y daba las órdenes oportunas y precisas a los trabajadores que seguían en el rancho, que eran pocos, pero los que la situación permitía tener.
Yo había salido todos los días un rato por la mañana y otro por la tarde a los campos para ayudarle en todo lo necesario. Tucker no dejaba de agradecérmelo y yo le decía que dejara de hacerlo que ese trabajo para mí no era obligado si no algo que me nacía de dentro.
Ayudaba en lo que podía, pero yo tenía mi misión personal.
Ayudar a Lauren.
No estaba siendo nada fácil, pero yo no cejé en mi empeño por ayudarla como podía o como me parecía que podía ser la mejor manera.
Lauren estaba cerrada en banda. No quería hablar de sus problemas ni conmigo ni con nadie. No quería hablar de lo que le había pasado; cualquier pregunta por sutil que fuera la esquivaba de forma experta y te cambiaba de tema a una velocidad impresionante.
Ella quería seguir a su rollo, que no era otro que deambular por la casa buscando cualquier momento en el que estuviera sola para tomarse una copa.
Al ver que mis intentos de hablar durante los primeros días no funcionaban y que parecía querer huir de mí, sabiendo que mis intenciones eran sacarla de donde estaba, decidí cambiar de método.
Lo primero que hice fue revisar la casa de arriba abajo.
Era necesario hacer desaparecer el alcohol de la casa, para que la tentación al tenerlo en cualquier sitio y al alcance de la mano fuera disminuyendo.
Aluciné al encontrar botellas en sitios en los que nunca llegué a imaginar.
Había muchas. Debajo del sofá, en varios muebles de la cocina, en su habitación, en el armario debajo de su ropa y hasta en la ducha encontré una botella de whisky.
No le quité todas de golpe. Lo que hice fue ir haciéndolas desaparecer poco a poco, no tenía ni idea que repercusiones podía tener en su cuerpo quitarle todo de golpe así que pensé que era mejor hacerlo despacio.
Eso sí, las botellas que dejé a su alcance iban con engaño. Uno del que mi hermana no parecía haberse dado cuenta o simplemente no había dicho nada.
Lo que hice fue tirar la mitad del whisky y rellenar la botella con agua.
No sabía si estaba funcionando, pero parecía que sí porque al menos los últimos días ya no parecía un muerto viviente totalmente ebrio.
Lo que hice también fue obligarla, no, pero sí pedirle que me acompañara a montar o al pueblo a comprar algo y a sentarse en el porche a tomar una taza de café al atardecer.
Cualquier excusa era buena con tal de distraerla.
En esos ratos que pasábamos juntas, hablábamos mucho, pero nunca de ella, ni del pasado que nos separó, ni de todo lo que había pasado para llegar a estar en el estado en el que estaba.
Hablábamos de Denver, de mi trabajo en la fábrica de Molly, de Allison. Ella me hablaba de Gus y me enseñaba fotografías explicándome cuándo y dónde estaban hechas. También me hablaba de cosas que habían pasado, pero siempre de los dos años buenos que tuvo, nunca del resto.
Todo, aunque despacio, parecía marchar, hasta que ese día, al entrar en la cocina porque era la hora de comer, las cosas se descontrolaron.
Lauren estaba de espaldas. Tenía una botella de whisky en la mano y estaba llenando un vaso que estaba apoyado en la encimera.
Ni siquiera pensé en lo que hacía, di con rapidez los tres pasos que me separaban de ella y le arrebaté la botella de la mano.
—Se acabó.
Lauren se giró con rapidez y alargó la mano para coger la botella. Eché la mano hacia atrás para que no llegara a alcanzarla.
—¡Devuélvemela!
—No.
—Reagan, dámela —exigió.
—No. Delante de mí no vas a beber ni una copa más.
Su mirada se endureció y sus ojos brillaron de rabia.
—Tú no sabes nada.
—Sé lo suficiente.
—Solo iba a tomarme una copa.
Solté una risa sin humor.
—¿Una copa? No, Lauren no es solo una copa, es una detrás de otra desde que te levantas hasta que te acuestas o hasta que caes en coma porque no te entra más.
—Eso es mentira.
—No lo es y lo sabes. Pero esto se termina hoy. No vas a beber más.
Apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos y también apretó los dientes de una manera que pensé que se le partirían.
—¡Déjame en paz y dame la puta botella!
—No.
—¡Te he dicho que me la des joder! —Chilló intentando agarrarme sin éxito porque fui más rápida.
—Y yo te he dicho que no —dije a la vez que daba la vuelta a la botella y la vaciaba en el fregadero.
—Tú no eres mi madre ni nadie para decirme lo que tengo que hacer.
Su comentario dolió, bastante la verdad, pero decidí ignorarle porque supe que quien estaba hablando era su sed de alcohol y no ella.
—Soy tu hermana, la que está viendo cómo te estas destrozando la vida con esta mierda —dije levantando la botella vacía antes de tirarla con fuerza en el cubo de la basura.
—¡No tienes ni puta idea de lo que hablas!
Verla tan alterada, ver su insistencia, ver el daño que se estaba haciendo hizo que yo también me alterara.
—Ah, ¿no? Claro que lo sé. Sé que estás echando tu vida a perder y sé que con ello haces sufrir a todos los que estamos a tu alrededor.
—¡Déjame en paz! Y métete en tus asuntos.
—Es que tú eres asunto mío. ¿No te das cuenta de que estás perdiendo a tu marido?
Se quedó clavada en el sitio mirándome fijamente sin decir nada. Pero yo sí seguí; estaba tan enfadada, no con ella, sino con la situación, que ya no podía callarme más.
—¿No ves lo que papá está sufriendo al ver cómo su hija se está matando? ¿Y no ves cómo te mira Gus?
Eso la hizo dar un paso atrás y mirarme con más atención.
—Tu hijo solo tiene cinco años, pero se da cuenta de todo. Te mira con pena, Lauren, y otras veces con miedo. Él solo quiere a su madre y esta que tengo delante está muy lejos de serlo.
—¡Cállate!
—¡No!
—¡He dicho que te calles!
—No pienso callarme, no pienso dejar que sigas matándote. Se acabó, Lauren, esto se acabó.
—Tú no sabes lo que me pasa, no tienes ni idea de cómo me siento. No tienes ni puta idea.
—Sé perfectamente lo que te pasa y sé cómo te sientes.
—¡No! ¡Tú no sabes lo que es sufrir! ¡No sabes lo que es perder un hijo!
El silencio durante unos segundos llenó la habitación. Uno denso, pesado, doloroso, uno que iba a terminarse para dar lugar a algo peor.