Capítulo 14
Tucker insistió en acompañarme hasta la casa.
No puse ninguna objeción; él mismo quería presentarme a su hijo y me pareció estupendo.
Para mí iba a ser impactante, pero supuse que para Gus también.
Llegamos a las cuadras y dejamos los caballos al chico para que los desensillara y les diera agua y comida.
Caminamos juntos a la casa mientras hablábamos de la situación en la que estaba el racho y del plan que le había propuesto a mi padre para que todo fuera poniéndose en su sitio.
Tucker protestó y me dijo que no podía permitir que yo me cargara con tanto; le rebatí y le dije que, de todos, era la que estaba más fuerte, tanto física como mentalmente, y que me había puesto al mando para levantar todo y que ni me rechistara.
Se echó a reír y levantó las manos en señal de que aceptaba. Sabía de sobra lo cabezota que era y que, cuando me proponía algo, me dejaba la piel por conseguirlo.
Entramos en la casa.
Fuimos directamente al salón.
Lauren seguía tal cual la había dejado, dormida en el sofá, y mi padre estaba sentado en su silla al lado de la ventana, leyendo un libro mientras la miraba cada pocos segundos de reojo, vigilándola.
Al vernos entrar, primero miró a Tucker. Vi cómo le interrogaba con la mirada; mi amigo asintió con la cabeza.
Giró la cabeza, buscando mi mirada, y me preguntó mentalmente cómo había ido todo. Mi respuesta fue la misma que la de Tucker, un asentimiento de cabeza acompañado de una sonrisa.
Mi padre soltó el aire que estaba conteniendo y asintió también aliviado.
Tucker, con pasos cansados, se acercó a Lauren.
Mi padre y yo cruzamos una mirada y pensamos lo mismo al ver cómo la miraba y cómo, con toda la delicadeza del mundo, le colocaba bien la manta que se le había caído un poco y, a continuación, le acariciaba el pelo. Mi hermana lo estaba pasando mal, pero Tucker, mucho peor.
—Pronto estará bien —le dije poniéndole una mano en el hombro para darle ánimos.
Se giró para decirme algo, pero el sonido de un coche fuera dejó su frase en el aire.
—Ya está aquí nuestro pequeño —dijo mi padre sonriendo.
—¿Sí?
—Sí. Vamos a recibirle —dijo Tucker a la vez que empezó a andar hacia la salida.
Los tres salimos al porche y nos quedamos allí viendo cómo un coche se acercaba por el camino.
—¿Quién lo trae?
—El sheriff.
—¿El Sheriff? —Pregunté sorprendida.
—Clark Dawson es el sheriff de Big Timber desde hace cuatro años. Es un buen amigo que nos estaba ayudando mucho.
Esperamos sin decir nada más un par de minutos hasta que el coche paró un poco antes de llegar a la puerta. La puerta se abrió y cuando vi bajar al sheriff se me cortó la respiración.
Era el mismo hombre con el que me había cruzado en la puerta del bar de Allison, el de los ojos verdes más bonitos que yo había visto en mi vida.
No dejé de observar todos sus movimientos; me había quedado tan impactada que no pude apartar los ojos de él.
Rodeó el coche, abrió la puerta y alargó la mano para ayudar a bajar a mi sobrino del coche y juntos caminaron hasta nosotros.
Gus levantó la cabeza y su mirada fue directamente hacia Tucker.
—¡Papá! —dijo a la vez que soltaba la mano de Clark y echaba a correr.
Tucker lo pilló al vuelo.
—Hola, campeón. ¿Qué tal el cole?
—Ha estado genial; hemos hecho un mural enorme.
Desde que había hecho correr, mi atención se había centrado totalmente en él. Un nudo se me puso en la garganta al verlo tan de cerca.
Me dio la sensación de retroceder en el tiempo; era como ver a Tucker siendo niño. El mismo pelo, los mismos ojos negros, la misma sonrisa e incluso la misma manera de moverse. Era una pasada lo mucho que se parecían padre e hijo; era como si Gus fuera una fotocopia de Tucker.
Me hizo gracia cómo iba vestido.
Llevaba una camisa roja de cuadros, unos pantalones vaqueros y unas botas diminutas; era un mini vaquero. Solo le faltaba el sombrero para completar el look.
Me llevé una mano al pecho sin poder dejar de mirarlo y contuve las lágrimas.
—Es igual que tú —susurré.
Tucker y mi padre se echaron a reír.
—Eso dice todo el mundo.
Gus, al oírme hablar, se separó un poco del pecho de su padre y me observó con atención.
—¿Quién es?
—Gus, quiero presentarte a tu tía Reagan.
El niño abrió mucho los ojos y miró todavía con más atención.
—¿De verdad?
—Sí, de verdad —le contestó su padre.
—¿De verdad? —Volvió a preguntarme a mí.
—De verdad. Soy tu tía Reagan.
Me sonrió y Dios… era la sonrisa más bonita, más sincera y más pura que yo había visto en la vida. Ahí, en ese momento, aun sabiendo que ya lo quería desde que había nacido, aun sin conocerlo, al ver la alegría sincera con la que me miraba, me robó totalmente el corazón.
—Papá me ha hablado de ti y el abuelo también.
Me eché a reír a la vez que le acariciaba el pelo.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué te han contado?
—Que te gustan mucho los caballos.
—Es cierto, me encantan.
—A mí también.
—Lo sé, el abuelo Nolan me lo ha dicho.
—Pero papá no me deja montar —dijo frunciendo el ceño.
Tuve que contener una carcajada porque hasta en eso se parecía a su padre. Fruncía el ceño de la misma manera que Tucker cuando algo no le gustaba.
—¿En serio? Pero eso no es posible —dije llevándome las manos al pecho de forma dramática.
—Reagan tiene cinco años —dijo Tucker.
—Tucker, yo a su edad ya montaba sola.
—Lo sé —contestó con resignación.
—Entonces esto hay que solucionarlo. Un vaquero no es vaquero si no monta.
Al oírme decir eso, Gus abrió los ojos, esos que le empezaron a brillar de emoción, como dos platos.
—¿Tú me dejarías montar?
—Yo voy a hacer algo mejor. Voy a enseñarte a hacerlo. Serás el mejor jinete de estas tierras.
—¿De verdad?
—Claro que sí. Primero hay que buscarte un sombrero; todo vaquero que se precie lleva uno.
—Yo tengo uno; me lo compró mamá.
—Pues perfecto, ya tenemos una cosa hecha. Te pondrás el sombrero y primero montarás conmigo en mi caballo y en unos días, cuando estés listo, elegiremos un potro para ti y lo harás tú solo, pero a mi lado.
Gus giró la cabeza tan deprisa buscando la mirada de su padre que casi se dieron un cabezazo; todos contuvimos la risa.
—¿Papá? —dijo buscando su permiso.
—Dos contra uno, creo que ya no tengo nada que decir; no hay nadie mejor en el mundo para enseñarte a montar que Reagan; es la mejor jinete que conozco.
—¿Mejor que el abuelo?
Mi padre soltó una carcajada.
—Sí, pequeño, la aprendiz superó al maestro hace muchos años. Así que sí, ella es la mejor; te enseñará de maravilla.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Sí, quiero ir contigo, tía. Sí, quiero que me enseñes.
—Además, somos tres contra uno; tu padre no puede contra todos —dijo mi padre detrás de nosotros, con la mirada llena de emoción al ver a su nieto tan contento—. Estoy totalmente de acuerdo con mi hija; tienes que aprender ya.
—Pues con tres contra uno creo que ya no hay más que decir.
—¿Cuándo empezamos? —dijo entusiasmado.
—¿Traes tarea de la escuela?
—Sí.
—Pues cuando comas y hagas la tarea, saldremos un ratito solo por ser el primer día y luego cada día iremos aumentando el tiempo.
—¡Qué bien! —dijo antes de separarse de su padre y extender los brazos hacia mí para que lo cogiera.
No dudé, ni siquiera lo pensé ni un segundo, alargué mis manos, lo cogí en brazos y lo estreché contra mí. Lo besé en la mejilla y olí su pelo, ese que olía a colonia de niño y a inocencia. Lo estreché un poco más sin poder contener mis sollozos.
—Lo siento, pequeño.
—¿Por qué, tía?
Le separé un poco y me limpié las lágrimas mientras sonreía.
—Por tardar tanto en venir a conocerte.
Y lo sentía de verdad. Me había perdido sus cumpleaños, sus primeros pasos, sus primeras palabras, todos esos primeros momentos que todos los niños tienen y que una vez pasados nunca vuelven.
Él no había tenido la culpa de nada de lo que pasó y me pesaba más que nada no haber vuelto antes para verlo crecer.
—Pero ahora ya estás aquí —dijo contento y eso terminó de romperme.
—Sí, ahora ya estoy aquí.
—Y no vas a irte otra vez, ¿verdad?
Noté cómo Tucker y mi padre contenían el aliento esperando una respuesta por mi parte.
Desde que había decidido volver después de la llamada de mi padre, no tenía claro si mi regreso sería provisional solo hasta que las cosas mejoraran o definitivo, pero en ese momento, con mi sobrino en brazos, lo supe con una certeza aplastante: no podría irme, no después de haberlos vuelto a ver a todos, no después de sentirme otra vez en casa.
—No, pequeño. No voy a irme más. He vuelto para quedarme.
—Genial —dijo antes de volver a abrazarme, darme un beso y bajarse de mis brazos.
Mi padre y Tucker soltaron el aire a la vez y sonrieron satisfechos al mismo tiempo.