Nunca fuimos solo amigos Capítulo 13
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Capítulo 13

Casi dos horas después de haber bajado a la cocina para que mi padre me pusiera al día y me contara todo lo que había pasado le dejé descanso en el salón en el otro sofá que había junto en el que mi hermana seguía durmiendo, para salir a respirar.

Después de la dura conversación, necesitaba aire, necesitaba sentirme un poco yo, necesitaba sentir que había vuelto a casa y sabía la manera perfecta de conseguirlo.

Entré en las cuadras y fui directamente a por el caballo de mi padre; seguía siendo el mismo que cuando me marché.

El chico que se ocupaba de los caballos, el mismo que lo había hecho desde que era apenas un crío y que empezó a trabajar para nosotros, después de darnos un abrazo, se ofreció a ensillarme el caballo.

No le dejé hacerlo. Eso era algo que, siempre que salía a montar, me gustaba hacerlo a mí misma y, además, lo hacía casi con los ojos cerrados.

Al salir de las cuadras y montarme en el caballo, sentí tal paz que era difícil de explicar.

Mi cuerpo sabía perfectamente qué hacer, sin que mi cabeza tuviera ni que pensarlo. Para mí, cabalgar era como respirar, algo que hacía por instinto.

Salí despacio, al trote; necesitaba volver a ver las tierras del rancho con calma, necesitaba sentir que estaba en casa, en mi hogar.

Cuando el viento me dio en la cara, cerré los ojos durante unos segundos y respiré profundamente. El olor de mi hogar, ese olor con el que había crecido y que seguía grabado en mi memoria, me llegó enseguida.

Olía a tierra húmeda, a hierba, a ganado… Olía a hogar.

Miré de frente hacia el horizonte; todo seguía igual que había estado siempre. Las montañas al fondo. Los inmensos prados llegaban hasta donde me alcanzaba la vista.

Unos minutos después, varios grupos de reses pastando aparecieron delante de mí. Estaban pastando como si nada en el mundo importara, ojalá para todos fuera tan fácil como para ellas.

Había salido a cabalgar no solo para reconectar con mi hogar. También lo había hecho con un objetivo en mente.

Tucker.

No había venido a casa a comer. Según mi padre, la mayoría de los días comía un bocadillo que se llevaba a los campos antes de salir al amanecer y no volvía a casa hasta bien entrada la noche.

Él no sabía que había vuelto, ni siquiera que iba a hacerlo; mi padre no se lo había dicho a nadie cuando le dije que volvería. Y necesitaba verlo.

Ver a Tucker sería mi prueba de fuego para saber si de verdad había sanado y había podido dejar atrás el dolor que sentí. Además, quería que nuestro encuentro fuera en un lugar donde los dos estuviéramos en nuestro elemento, y no había uno mejor que los campos.

Cinco minutos después lo vi.

No estaba montado en su caballo; estaba agachado junto a una valla seguramente reparándola. Solo me hizo falta verlo de espaldas para reconocerlo; lo habría reconocido entre un millón de hombres.

Me acerqué. Noté cómo paraba un segundo al oír los cascos del caballo contra el suelo, pero no se giró; seguramente pensó que sería cualquier trabajador que pasaba por allí, y siguió a lo suyo.

Desmonté y me acerqué despacio mientras lo observaba.

Estaba cambiado. Sus hombros estaban más anchos, su pelo, que siempre lo había llevado un poco largo, lo llevaba más que nunca, pero lo que hizo que algo se me removiera por dentro fue ver su postura.

Esa postura nunca había estado en él. Parecía cansado o agotado más bien; era como si soportara el peso del mundo sobre sus hombros.

Cerré los ojos y cogí aire antes de hablar.

—Parece que, después de tantos años, no has aprendido a clavar una punta recta.

Su cuerpo se tensó entero. Había reconocido mi voz; de eso no había duda. Dejó caer el martillo al suelo y se giró con rapidez para mirarme.

—Reagan…

La sonrisa me salió sola al ver su cara de pasmo.

—Hola, Tucker.

Abrió la boca, volvió a cerrarla, parpadeó deprisa, se pasó dos veces la mano por la cara y volvió a mirarme fijamente para asegurarse de que de verdad era yo.

—Dios mío… Eres tú.

—Eso parece, sí —dije soltando una risa.

—¿Qué haces aquí?

—Ya iba siendo hora de volver. Pero al ver cómo has clavado esas puntas antes, tendría que haberlo hecho. Esa valla no aguantará una tormenta.

Soltó una risa y negó con la cabeza.

—Tú siempre fuiste mejor con el martillo.

—Y cabalgando también.

Giró la cabeza y vio el caballo de mi padre al que había dejado unos pasos atrás pastando tranquilamente.

—¿Has venido a caballo?

—Como no podía ser de otra manera.

Volvió a mirarme y soltó un suspiro.

—¿Qué haces aquí? —Repitió con la cara totalmente seria.

—Mi padre me llamó. Y después de todo lo que me ha contado, tenía que haber vuelto mucho antes.

Tucker apretó los labios y bajó la cabeza. Parecía avergonzado y totalmente abatido.

—Yo…

Empezó a hablar, pero tuvo que carraspear y tragar saliva antes de continuar.

—Reagan, yo… lo siento, lo siento muchísimo.

Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas y se me encogió el corazón al verlo así.

—Tucker…

—No, por favor, déjame hablar.

Asentí y esperé.

—Por mi culpa perdiste tu vida.

—No.

—Sí, yo te robé la vida que amabas, por mi culpa tuviste que irte de tu hogar. Y lo siento, lo siento en el alma, de verdad que lo siento… —dijo antes de agachar la cabeza y echarse a llorar.

Alguna vez, en Denver, había imaginado cómo sería volver a vernos, si es que eso pasaba.

Había pensado que habría reproches, gritos y una fuerte discusión. Incluso había pensado que no sería capaz ni de mirarlo a la cara ni de hablarle.

Pero nada de eso había pasado.

Lo tenía allí delante de mí, totalmente hundido y arrepentido, y no vi en él al hombre que creía que era el amor de mi vida. Solo vi a mi amigo, uno que me necesitaba, uno al que seguía queriendo, pero no como lo hice en el pasado.

Joder, no pude quedarme quieta viéndolo así. Di los dos pasos que nos separaban y con una mano le agarré la cara para que la levantara.

—Tucker, mírame.

Lo hizo, le costó, pero lo hizo.

—Reagan.

—Lo que pasó tenía que pasar.

—No.

—Sí, en el corazón no se manda. El destino así lo quiso y contra él no se puede hacer nada —dije a la vez que subía la otra mano y le limpiaba las lágrimas de las mejillas.

—Te hice daño.

—Sí, mucho —dije sincera porque no quería mentirle—, pero fue inevitable. Pero no significa que debamos arrastrar el pasado para siempre.

—Yo te quería, Reagan; aún lo hago, pero…

La voz se le quebró y negó con la cabeza.

—Lo sé.

—De verdad que te quise muchísimo, pero mi corazón…

—La eligió a ella.

Apretó la mandíbula y, por la boca, soltó un sollozo.

—Dolió, pero con el paso del tiempo dejó de hacerlo. Lo acabé entendiendo y, pese a todo, no creo que pudieras elegir una mujer mejor. Me costó verlo, pero lo vi; vi que estabais hechos el uno para el otro.

Era cierto que lo había pensado, pero solo con verlo allí, en ese momento, delante de mí, lo supe con total certeza.

—No deberías ni mirarme a la cara y estás aquí mirándome como si me hubieras perdonado.

—Porque lo he hecho, Tucker, a los dos. Ya no estoy enfadada. Enamoraros era inevitable, pero lo que no debió de pasar fue la tradición.

—Lo sé, lo hicimos fatal. Te hicimos daño y te perdimos.

—Pues vas a tener que aguantarte porque he vuelto. Y quiero a mi hermana y a mi mejor amigo de vuelta.

Rio y lloró a la vez.

—Te he echado muchísimo de menos.

—Yo también.

Nos miramos solo unos segundos y lo inevitable, lo que los dos necesitábamos, pasó por sí solo. Nos abrazamos.

Esperé unos segundos mientras me tenía envuelta entre sus brazos. Esperé para ver esa prueba de fuego al tocarle y ver si la pasaba.

La pasé con nota.

No sentí nada de lo que había sentido en el pasado, no había mariposas en mi estómago, mi cuerpo no se estremeció, no sentí deseo ni atracción.

Solo sentí cariño, el mismo cariño que había sentido en el pasado cuando solo era mi amigo.

Sentí que le quería, pero como podía querer a Allison o a Molly.

Mi amor, ese que una vez sentí por él, si es que realmente era lo que había sido, había desaparecido por completo, dejando solo amor filial.

Nos separamos, nos miramos y nos echamos a reír mientras ambos limpiábamos las lágrimas del otro.

Nos apoyamos en la valla y empezamos a hablar como dos viejos amigos que hace tiempo que no se ven.

De mi vida en Denver, de mi trabajo, de mi odio a las galletas, eso le hizo reír a carcajadas, del ganado, del pueblo, de algunos trabajadores del rancho.

Hablamos de todo un poco hasta que la seriedad se impuso y tocamos el tema que me había llevado de regreso a casa.

—¿Entonces tu padre te llamó?

—Sí, hace tres días.

—¿Te ha contado todo?

—Así es. Pero además he podido verlo con mis propios ojos.

No me hizo falta explicar el qué; desde críos, con la mirada nos entendíamos, y sabía que le estaba hablando de Lauren.

—Ya no sé qué hacer, Reagan. La estoy perdiendo; no se deja ayudar.

—Está perdida.

—Mucho. Todo empezó con tu marcha; luego vino el nacimiento de Gus, la depresión y dos años de descanso. Su obsesión por tener otro hijo. Y cuando lo perdimos, fue el principio del fin.

Se pasó las manos por la cara de forma desesperada.

—Ya no es ni la sombra de lo que era. La sigo amando con todo mi corazón, pero esa que está en casa no es la Lauren de la que yo me enamoré. Apenas me habla; de tocarla ni hablamos. Creo que me culpa de todo.

—No te castigues, no es así. Solo está llena de dolor y muy perdida. Pero volverá a ser la misma.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo voy a traerla de vuelta, aunque tenga que perderla del todo, aunque tenga que hacer que me odie, pero la voy a ayudar, aunque no quiera.

—Todos sufrimos al verla así y Gus, el que más.

Apreté su brazo para darle ánimos.

—Pues eso se acabará; la haremos volver, entre todos lo conseguiremos.

Miré el reloj y me bajé de la valla de un salto.

—¿Tienes que hacer algo? —Me preguntó al ver que miraba la hora.

—Sí. Tengo que conocer a mi sobrino; ya llego cinco años tarde.