Nunca fuimos solo amigos Capítulo 12
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Capítulo 12

Me senté en la cocina enfrente de mi padre.

Quería que nos viéramos las caras mientras hablábamos.

Ver sus expresiones mientras me contaba todo, estaba segura de que me dirían más cosas que sus palabras.

Me acercó la taza de café que estaba humeante y él agarró la suya.

—¿Desde cuándo está así, papá?

Mi padre suspiró, bebió un trago de café y apoyó los brazos en la mesa antes de empezar a hablar.

Me empezó a contar cómo, tras mi marcha, cosa que ya había supuesto, no solo yo lo pasé mal, sino que todos lo hicieron.

Él sintió mi marcha más que nadie, pero Lauren y Tucker también. Pese a lo que hicieron, me querían y lo pasaron fatal por haberme hecho daño y por obligarme con sus actos a dejar mi hogar y la vida que amaba en el rancho.

Los meses fueron pasando hasta que Lauren por fin dio a luz a Gus. Mi padre tenía la esperanza de que con la llegada del niño esa apatía que siempre parecía tener disminuyera un poco.

No fue así.

Con la llegada de mi sobrino, todos se sorprendieron porque desde el principio mi hermana parecía que no estaba contenta por haber sido madre, apenas miraba al niño, le costaba mucho hasta cogerlo y rechazó darle el pecho desde el primer día.

Mi padre y Tucker pensaron que serían los primeros días hasta que se adaptara a la nueva situación de ser madre.

Eso no pasó.

Tucker, muy preocupado por su comportamiento, la convenció para ir a un médico en la ciudad más cercana a nuestro pueblo. Allí, tras hablar mucho con ella y hacerle unas pruebas, les dieron el diagnóstico.

Depresión postparto.

Tanto a Tucker como a mi padre les explicaron que era algo que sufrían algunas mujeres, pero que acabaría pasándosele con el tiempo, que solo debían tener paciencia, ayudarla y no forzar la situación para que actuara como se esperaba de ella con respecto a su hijo.

—¿Se recuperó?

—Sí, o al menos eso pensamos. Pero fue cuando Gus ya tenía dos años. Fueron dos años durísimos. Al niño apenas lo miró y Tucker y yo nos tuvimos que ocupar de todo. Ella solo se dedicaba a la casa y a trabajar en la oficina.

—Y si se recuperó, ¿cómo ha llegado a esto?

Mi padre tomó el último trago de café y siguió contándome lo que había pasado.

Los dos años siguientes, todo parecía que se había calmado.

Lauren empezó a comportarse como toda madre debía hacerlo con su hijo y esa apatía que tenía desapareció.

Fueron dos años buenos.

Tucker y mi padre también recuperaron un poco la tranquilidad y se dedicaron al rancho como siempre habían hecho. Pero también estuvieron muy pendientes de Lauren por si los signos de depresión volvían a repetirse.

Todo se fue a la mierda cuando el año anterior mi hermana volvió a quedarse embarazada.

Tucker no quería tener más hijos; después de lo que habían pasado, tenía un miedo horrible de que volviera a ocurrir lo mismo.

Habló con varios médicos porque Lauren no dejaba de insistir en que quería ser madre otra vez, y le aseguraron que no tenía que volver a pasar por lo mismo.

Así que, como la amaba más que a nada y él, en el fondo, también quería aumentar la familia, cedió y no tardaron nada en recibir la noticia de que esperaban un nuevo hijo.

Pero todo iba bien durante el embarazo hasta que dejó de ir.

Estando de cinco meses, Lauren empezó a encontrarse mal y a sangrar una noche. Tucker, asustado, la montó en la camioneta y la llevó al hospital lo más rápido posible.

Cuando llegaron, ya no había nada que hacer. Mi sobrina, porque según me dijo mi padre que era lo que venía en camino, estaba muerta dentro del vientre de mi hermana y tuvieron que sacársela.

Ese golpe para mi padre y para Tucker fue horrible, pero para Lauren fue totalmente devastador.

Se tiró dos meses en la cama apenas sin levantarse.

La depresión volvió para robarle la vida.

A los dos meses se levantó una mañana y empezó el día como si no hubiera pasado nada. Ellos, preocupados, intentaron hablar con ella. Sabían que necesitaba desahogarse, sacar todo el dolor que tenía dentro, pero no hubo manera: no quería ni oír hablar del tema.

—Y ahí empezó a beber, ¿no? Hizo, como se suele decir, que ahogó las penas en alcohol.

—Así es. No fue algo de golpe. Fue poco a poco.

Mi padre me contó cómo empezaron las cosas.

Primero, una copa de vino durante la comida; a los pocos días, fueron dos. Una cerveza al terminar el día sentada en el porche. Esas acabaron convirtiéndose en dos o tres.

Luego llegaron las copas, mientras cocinaba o hacía un parón mientras hacía algo en la casa.

Una copa en el despacho mientras hacía las cosas de la gestión; esas copas pasaron a ser varias; incluso terminó siempre teniendo una botella en la oficina. Allí, estando sola, bebía sin control.

Las discusiones con Tucker empezaron. Él le quitaba las botellas, intentaba ayudarla; ella negaba que estuviera ebria en alguna ocasión cuando claramente ni podía tenerse en pie.

De Gus empezó a no poder ocuparse otra vez porque había llegado un momento en que su desayuno ya era una copa de whisky y, como había podido comprobar ese mismo día, una copa seguía a otra y a media mañana ya estaba totalmente borracha.

Luego solía quedarse dormida y cuando se despertaba que podía depender mucho de la cantidad que hubiera tomado estaba un rato bien, pero a mitad de la tarde las copas se hacían presentes de nuevo.

Si discutía con Tucker o se enfadaba por cualquier cosa, solía largarse y, al principio, iba al bar de Allison a beber.

Pero, según me dijo mi padre, mi amiga se había negado a servirle alcohol en su bar, al ver el problema que tenía; entonces se buscaba otro en el que sí lo hicieran o se compraba una botella en cualquier sitio y se la bebía sentada en cualquier parte.

Al terminar de contarme por todo lo que había pasado mi hermana, las lágrimas por la cara de mi padre caían sin control y por la mía tres partes de lo mismo.

Solo con imaginar el dolor por el que había tenido que pasar mi hermana al perder a su hija me destrozaba el corazón, pero lo hacía mucho más el pensar que había estado lejos.

Porque si hubiera estado en casa, podría haberla ayudado y no habría llegado a esa situación, porque, a riesgo de que me odiara, la hubiera atado a la cama si hubiera sido necesario, pero no la hubiera dejado hundirse de esa manera.

—Ni siquiera lo pienses —dijo mi padre adivinando mis pensamientos.

—Debería haber estado aquí.

—No, tú estabas donde tenías que estar hasta que sanaras.

—Pues ya estoy bien y ella lo estará también; de eso voy a encargarme yo, aunque sea lo último que haga.

Mi padre asintió a la vez que se limpiaba las lágrimas. No pude evitarlo y me levanté a toda prisa para abrazarle.

—Papá…

—Es que no es solo tu hermana, Reagan. Otras cosas tampoco van bien.

—¿El rancho?

Mi padre asintió muy abatido.

Empezó a contarme que hacía unos meses había habido una plaga y que habían perdido muchas reses.

A consecuencia de eso, no habían podido hacer dos ventas grandes de las que hacían siempre y habían quedado mal con esos clientes, eso sin contar todo el dinero que habían perdido.

No era que el rancho estuviera en la ruina, pero sí que habían tenido que hacer ajustes, sobre todo de personal, y habían tenido que dejar de dar trabajo a cinco de los obreros que solían tener a temporadas.

—Pero el trabajo es el mismo haya más reses o menos y sin esos cinco hombres…

—Tucker y yo estábamos trabajando más que nunca para cubrir esas ausencias. Sobre todo, él. Trabaja de sol a sol y temo que caiga enfermo, sobre todo ahora que con esta mierda —dijo señalando su pierna —no puedo ir a ayudarle.

Mi padre hizo una pausa y se mordió el labio.

—¿Qué más, papá?

—Lauren siempre ha hecho un trabajo estupendo con la gestión.

—Lo sé. Siempre fue lo que quería hacer; es buenísima organizando y con los números.

—Lo es. Pero desde que está así, ha dejado de lado el trabajo. Hace poco y a veces mal. Hay pagos retrasados porque se olvida de hacerlos y luego hay que pagar intereses; eso hace que perdamos más dinero. Dinero que no nos sobra precisamente.

—¿Tú puedes encargarte de la gestión?

—Sabes que sí, antes de que Lauren lo hiciera era yo el que lo llevaba. Es más, desde la caída me he metido en el despacho, pero está todo manga por hombro y tardaré un tiempo en poner todo en orden.

Me quedé pensando unos momentos. Mi cabeza fue a toda velocidad. Teníamos varios problemas que no podían solucionarse en un día, pero había que ir atajándolos ya para que no fueran a más.

—Vale, vamos a ir por pasos. Tú harás lo del despacho y lo harás en casa. Así Lauren no estará sola todo el día.

—Eso puedo hacerlo. ¿Y tú qué harás?

—Yo haré todo lo demás.

Mi padre me miró con los ojos abiertos como platos.

—Reagan… ¿Qué significa todo lo demás?

—Sacaré a mi hermana de ese pozo en el que se ha metido, eso te lo juro. Y hasta que nos recuperemos, iré a los campos con Tucker.

—Reagan… hace años que no montas a caballo.

—Oye… —dije riéndome— No pensarás que se me ha olvidado cómo se arrea el ganado o cómo arreglar una valla.

—No, pero…

—Papá, aprendí a arrear ganado a tu lado antes casi de que me salieran los dientes y a clavar puntas cuando el martillo casi pesaba más que yo. Puede que esté oxidada, pero te aseguro que en dos días estaré al día, subida en un caballo.

Mi padre se emocionó y me agarró la mano con fuerza.

—Naciste para ello.

—Exacto, así que ya es hora de que vuelva a retomarlo.

—Estarás con Tucker muchas horas y…

—Y nada, papá. Lo superé, entendí que me quería, pero no como un hombre debe querer a la mujer de su vida, sino como un amigo. A mí nunca me miró como a Lauren. ¿Será impactante verlo? Eso no te lo niego. Pero no por ver al hombre que una vez quise, sino por ver al amigo que perdí.

—Eres maravillosa, el hombre del que te enamores de verdad, porque siempre he pensado que lo de Tucker tú también lo confundiste por amor y era amistad, tendrá la mayor suerte del mundo.

—No creo yo que si existe un hombre destinado a mí, aparezca pronto. No he tenido mucha suerte hasta ahora. Primero, lo de Tucker y en Denver las cosas tampoco han ido muy bien. Creo que mi destino es quedarme soltera, papá.

En eso había mentido.

No es que en Denver las cosas no me hubieran ido muy bien. Es que no habían ido, punto. No había salido con nadie en seis años.

Y no fue porque no quisiera, simplemente no había encontrado a ningún hombre que me atrajera lo suficiente para querer tener algo con él, aunque hubiera sido solo sexo de una noche o de forma ocasional.

—No digas bobadas, ese hombre llegará y lo mismo lo hace antes de lo que crees.

En ese momento, ni mi padre ni yo sabíamos cuán ciertas eran sus palabras. Y que pronto mi corazón iba a latir de forma desbocada.

—Sé que, como has dicho, las cosas no van muy bien. ¿Pero podemos permitirnos un sueldo más?

—¿Un sueldo? ¿De un obrero? Pues no lo sé, pero supongo que, ajustando un poco, podría ser posible. Tenemos dos ventas previstas para el mes que viene si todo va bien y Dios lo permite. Eso no nos hará recuperarnos del todo, pero sí nos permitirá respirar un poco más tranquilos.

—No, de un obrero, no. Yo había pensado en alguien para la casa. Alguien que cocine algo decente, que nos eche una mano con Gus y que nos ayude también con Lauren, porque que deje de beber va a ser difícil.

Mi padre se llevó una mano a la barbilla y se la frotó varias veces mientras lo pensaba.

—Eso sería estupendo. Una mujer que viniera a ayudarnos nos facilitaría mucho las cosas. Tú, si vas a estar en los campos, no puedes hacer lo demás.

—Además que la que tiene buena mano en la cocina es Lauren, aunque ahora esté un poco perdida. Con todo y con eso, como tenga yo que cocinar, comeremos todavía peor; la cocina nunca fue lo mío.

Mi padre se echó a reír porque sabía que era totalmente cierto.

—Me parece lo más acertado. Yo mismo la buscaré. En el pueblo hay mujeres que necesitan trabajo.

Nos miramos y nos sonreímos. En la mirada de los dos había lo mismo. Esperanza.

—Entonces, ¿tenemos un plan?

—Tenemos un plan —le contesté antes de volver a abrazarle.