Capítulo 11
Cargada con las dos maletas de ropa que había llevado, subí a la que años atrás fue mi habitación.
Al abrir la puerta me llevé una gran sorpresa. Para nada me esperaba encontrarla como lo hice. Estaba tal cual yo la dejé seis años atrás cuando me fui.
El edredón en la cama seguía siendo el mismo. La silla que me gustaba poner bajo la ventana para ver desde allí la parte trasera del rancho y desde donde se veía el ganado seguía en el mismo sitio.
Dejé las maletas y abrí el armario. La ropa que no me llevé seguía allí colgada. Todo, absolutamente todo seguía igual.
Pasé al baño. Las seis habitaciones de la casa tenían baño propio. Allí también seguían mis cosas. El maquillaje. El jabón y el champú de la marca que yo usaba.
Cogí uno de los botes y lo miré; estaba sin abrir.
Un calor extraño me recorrió todo el cuerpo. Habían mantenido mi cuarto tal cual yo lo había dejado años atrás y no solo eso, no habían tirado ni una sola de las cosas que dejé, y lo de tener los productos de aseo en el baño sin abrir solo podía significar una cosa.
Habían, o al menos mi padre porque no sabía si los demás también, mantenido la esperanza de que volviera.
Lo sabía porque, de no haber sido así, todas mis cosas no estarían allí.
Suspiré, dejé el bote en la poyata de la ducha y volví a la habitación.
Una hora después bajé otra vez a la planta de abajo. No había descansado la incertidumbre de saber qué narices estaba pasándole a mi familia y desde cuándo no me dejaba parar. La cabeza me iba a mil por hora.
Así que durante la hora que estuve en mi cuarto, coloqué la ropa que traía en el armario, guardé en los estantes de arriba la que estaba allí que sabía que no iba a ponerme, dejando la que sí y me di una larga ducha.
Fui directamente a la cocina. No había nadie. Ni rastro de mi hermana. Un olor raro me hizo fruncir el ceño así que me acerqué hasta la cazuela que estaba en los fogones que ya estaban apagados y miré que había dentro.
Era un guiso, pero no tenía muy buena pinta.
Lo removí con la cuchara y vi que la carne estaba, demasiado hecha, o más bien quemada, aunque su color negruzco se disimulaba con la salsa y las verduras que tenía encima, las que por cierto estaban cortadas tan grandes que dudaba que se hubieran cocido como deberían.
—Nunca fue una gran cocinera, pero últimamente eso que ves es de lo mejorcito que comemos. No presta atención y le salen las cosas regular.
Me sobresalté al oír a mi padre a mi espalda. Me giré y me estaba mirando disgustado.
—Papá este guiso está para tirarlo, estoy segura de que ni las reses se lo comerían.
—Lo sé por eso bien yo o Tucker al menos al niño solemos acabar haciéndole otra cosa.
El niño… solo de pensar en él, el nudo que tenía en la garganta que no había desaparecido desde que había llegado se me hizo aún más grande.
—¿Dónde está Gus ahora?
—En el colegio.
—¿Lauren lo lleva? —pregunté con miedo pensando en la imagen totalmente ebria conduciendo hasta el pueblo con el niño a su lado.
—Hace tiempo que no.
—¿Entonces quién lo lleva? Tú ahora no, claro. ¿Tucker para de trabajar para llevarlo y traerlo?
—No. Antes sí lo llevaba y lo recogía yo, pero desde mi caída no puedo y Tucker trabaja de sol a sol, así que un buen amigo se ofreció a llevarlo y traerlo hasta que nosotros podamos.
—¿Un amigo?
—Clark Dawson.
Me quedé unos segundos pensando en ese nombre. Pero ningún recuerdo de él llegó a mi cabeza. No recordaba a nadie de mi pasado que se llamara así.
—No lo conoces, Reagan, así que no te esfuerces en intentar recordar —dijo mi padre, adivinando lo que estaba haciendo.
—No, es cierto que no me suena.
—Llegó hace cuatro años al pueblo. Él y Tucker coincidieron varias veces en el bar de Allison; empezaron hablando un día y otro y otro.
Y con el paso del tiempo se hicieron buenos amigos y de Lauren también porque empezó a venir mucho por aquí.
Gus le quiere mucho. Es un buen muchacho que nos está ayudando mucho.
Asentí sonriendo, porque me alegraba que al menos alguien les estuviera echando una mano. Me apunté mentalmente darle las gracias a ese chico por estar ayudando a mi familia.
—¿Lo traerá él luego?
—Sí. Al salir de la escuela a las dos, Clark lo recogerá y lo traerá.
—Bien.
—¿Has descansado?
—Sí —mentí para que se quedara tranquilo.
Negó con la cabeza sonriendo y mirándome como si fuera un desastre porque evidentemente no me creyó.
—¿Dónde está Lauren? ¿Ha ido a la oficina a trabajar?
Mi padre me retiró la mirada y movió un poco la silla de ruedas para acercarse al frigorífico. Seguí todos sus movimientos y cuando lo abrió para sacar una botella de agua se me cayó el alma a los pies al ver que el frigorífico estaba como un solar. Apenas había cuatro cosas dentro.
—¿Papá? —insistí.
—Está en el salón. Se ha quedado dormida en el sofá.
—¿Dormida? ¿A estas horas?
—No duerme mucho por las noches. Se queda hasta tarde y…
—Se queda bebiendo, ¿no es cierto?
—Algunas noches sí, otras viendo la televisión o dice que leyendo. Aunque sabemos que no es cierto, desde arriba se la oye llorar.
—¿No bajáis a…?
Mi padre no me dejó terminar la frase.
—Antes sí, Tucker y yo bajábamos, pero tuvimos que dejar de hacerlo. Se pone a la defensiva, dice que no entendemos su dolor y se altera. Chillaba y despertaba al niño. Gus es muy pequeño y no entendía por qué su madre se ponía así. Se asustaba, así que dejamos de hacerlo por su bien.
Dios mío… las cosas estaban mucho peor de lo que creía y eso que todavía mi padre no había empezado a contarme nada. Pero no pensaba dejarlo demorarlo más.
—Voy a ver cómo está y vuelvo. Nos sentaremos con un café y me contarás todo. Sea lo que sea lo que pasó o lo que está pasando, no puede continuar.
Mi padre me miró con tristeza y resignación y asintió con la cabeza.
—Ve, yo iré poniendo los cafés.
Asentí y salí de la cocina para ir al salón donde estaba mi hermana.
Al entrar, lo primero que noté fue el olor a whisky y no era de extrañar ya que encima de la mesa baja al lado del sofá había una botella abierta, que estaba a la mitad y un vaso al lado que había sido usado pero que en esos momentos estaba vacío.
Me acerqué al sofá y la miré.
No estaba en una postura muy cómoda. Cerré los ojos por el dolor que me recorrió en el pecho al verla en ese estado.
Estaba claro que se había quedado dormida, pero también estaba claro que no lo había hecho porque estuviera cansada o tuviera sueño.
Había caído desplomada y se había quedado k.o.
por culpa de todo el alcohol que había tomado.
Le subí los pies que tenía colgando y le coloqué la cabeza en un cojín para que tuviera la cabeza en mejor posición. Alargué la mano hacia el respaldo del sofá y cogí una manta que estaba allí doblada.
La tapé. Y me quedé mirándola.
Su respiración era rítmica y muy suave; estaba durmiendo plácidamente. Se la veía frágil, derrotada y totalmente hundida.
Alargué la mano y le coloqué un mechón de pelo que se le había caído hacia los ojos. Le acaricié la mejilla.
—Lauren, ¿cómo has llegado a esto? —Susurré conteniendo las lágrimas.
La arropé un poco más y me enderecé para marcharme, pero antes de hacerlo la miré una vez más.
—Vas a volver a ser tú. Voy a ayudarte, eso te lo juro, hermana. No dejaré que destruyas más tu vida.
Y no solo lo dije por decir. Fue un juramento que pensaba cumplir.
Me había traicionado. Se había quedado viviendo la vida que yo soñé para mí. Durante un tiempo pensé que la odiaba por todo el dolor que pasé, pero no fue así; era mi otra mitad; nunca podría odiarla.
La quería, claro que la quería y por eso no podía permitir que siguiera así; haría lo necesario para sacarla del pozo en el que se había metido.
Salí del salón con un objetivo, con una promesa no solo hacia mi hermana sino hacia mí misma.
Me quedaría para siempre o el tiempo que fuera necesario; eso ya se vería. Pero me quedaría para ayudarles en todo lo necesario.
Sí. Les ayudaría. A mi padre, a mi hermana, a mi sobrino, en el que pensaba y se me encogía el corazón e incluso a Tucker si era necesario. Sufrí, dolió y lo pasé horriblemente mal. Pero todo eso ya había quedado atrás y los quería. Eran mi familia y estaría para ellos.