Capítulo 10
Me monté en el coche, arranqué y salí despacio del aparcamiento.
La visita a Allison había sido todo un acierto, sentada en coche mientras recorría el poco camino que me quedaba hasta casa me sentía mucho más tranquila y preparada para enfrentarme a ver a los míos. Mi amiga había sido el puente que necesitaba para el reencuentro.
El camino hacia el rancho seguía siendo el mismo. Justo a las afueras del pueblo a unas cuatro millas tras dejar atrás la última casa.
Tomé la entrada y ya a lo lejos pude distinguir la que había sido mi casa durante veinticuatro años.
Estaba tal cual la recordaba. Grande, imponente. Toda la fachada seguía siendo blanca y las ventanas estaban pintadas de azul clarito, como le gustaba a mi madre, y en el porche dos balancines, los mismos que hubo siempre.
Mientras recorría el camino de tierra que me llevaba hasta la entrada, no pude apartar la mirada y un nudo se me puso en la garganta.
Parecía que me había marchado el día anterior; parecía que no habían pasado seis años. Sonreí con tristeza al darme cuenta de que lo único que no había cambiado era la casa; todos los demás sí que los habíamos hecho.
Yo había cambiado; seguramente era la que más lo había hecho. Pero el resto de mi familia también, y no solo por lo que pasó, sino porque en seis años pasan muchas cosas y la gente va cambiando, adaptándose a las circunstancias.
Cuando me acerqué un poco más, le vi y sin avisar mis ojos se llenaron de lágrimas por la emoción. En el porche con la pierna escayolada sentado en una silla de ruedas estaba mi padre.
Sonreí al ver cómo se llevaba la mano a la frente. El sol le daba de cara y hacía eso para poder distinguir de quién era el coche que se acercaba. Era un gesto muy típico suyo, uno que incluso hacía cuando no había sol.
No me pude aguantar las ganas. Apreté más el acelerador. Llegué hasta la entrada y di un frenazo. Abrí la puerta y sin pararme a cerrarla salí corriendo para llegar hasta él.
Solo me faltaban dos pasos para llegar a él cuando me reconoció.
—Reagan…
Se le quebró la voz y un sollozo salió de su garganta.
—Papá…
Abrió los brazos y no me lo pensé, di el paso que me quedaba y me lancé a sus brazos.
—Mi niña… —dijo mientras lloraba y me apretaba fuerte contra su pecho.
—Papá —repetí llorando como no lo había hecho nunca.
—Ya estás aquí.
—Ya estoy aquí.
Lloramos el uno contra el otro sin soltarnos. No queríamos hacerlo o quizá no podíamos. Era como si con ese abrazo quisiéramos recuperar todos los que nos debíamos, esos que no nos habíamos dado en seis años.
Cuando nos calmamos un poco, mi padre me retiró un poco hacia atrás para mirarme. Levantó su mano y con su pulgar me acarició la mejilla para limpiarme las lágrimas que tenía.
—Te dije que me avisaras.
—Quería darte una sorpresa.
—Y me la has dado, pero casi me da un infarto.
Solté una risita y mi padre hizo lo mismo.
—No estaba segura de si iba a llegar hoy.
Giró la cabeza y miró el coche que seguía arrancado y con la puerta abierta.
—¿Has conducido desde Denver hasta aquí?
—Sí, durante toda la noche.
Abrió los ojos como platos.
—¿Estás loca? Eso es mucho camino.
—Quizás lo esté un poco. Pero tranquilo, no se me ha hecho ni largo ni pesado. La música me ha hecho compañía y he parado varias veces —dije para que se quedara tranquilo.
Negó con la cabeza y volvió a reír.
Vernos así en ese momento me hizo olvidarme de todo porque sentía que volvíamos a ser nosotros. Solos él y yo, como lo habíamos sido siempre. Fue como si no hubiera pasado el tiempo, como si nada hubiera pasado.
Pero ese momento se rompió cuando a nuestra espalda el sonido de la puerta al abrirse nos hizo girar la cabeza a los dos.
Allí, a solo dos pasos de mí, estaba mi hermana.
El mundo pareció detenerse al verla por fin después de seis años, después de lo que pasó.
La repasé con la mirada; ella hizo lo mismo conmigo. De arriba abajo hasta que nos detuvimos para mirarnos a los ojos. Y al verla bien apenas reconocí a la mujer que tenía delante.
Era mi hermana, sí, de eso no había duda, pero no era ni la sombra de la chica que llevaba seis años sin ver.
Sus ojos eran los mismos, su cuerpo también, pero estaba muy cambiada.
Estaba mucho más delgada que la última vez que la vi. Su rostro estaba demacrado y sus ojos, esos ojos azules que siempre habían estado llenos de luz, no tenían brillo y bajo ellos había profundas ojeras.
Su pelo, ese que siempre, daba igual la hora del día que fuera, lo llevaba perfectamente peinado, ahora lo llevaba recogido de cualquier manera. Era como si llevara días sin peinarse.
La ropa le quedaba grande. Y ella, a la que siempre le gustó vestir impecable, tenía un aspecto lamentable, con ella toda arrugada y con varias manchas, sobre todo en la camiseta que llevaba.
Sabía que habían pasado seis años y esperaba ver algún cambio en ella, sobre todo sabiendo que había sido madre, pero desde luego que no me esperaba encontrarla así.
Nos mantuvimos la mirada unos segundos más.
Sus ojos se aguaron, los míos también. Ninguna fue capaz de decir nada.
No sabría decir quién dio el primer paso. Puede que fuera ella, o yo, o las dos al mismo tiempo. Pero un par de segundos después, sin saber cómo ni por qué estábamos abrazadas.
Cerré los ojos cuando nuestros cuerpos se juntaron. Y durante los primeros segundos en que la abracé y ella se aferró con fuerza a mi ropa no existió nada más.
El pasado desapareció y volvimos a ser solo las dos. Las dos mitades de una misma persona, como siempre decía mi madre.
Lauren se apretó más a mí y giró un poco la cabeza y entonces noté algo raro. Un olor inconfundible. Un olor que no estaba en sus ropas sino en su aliento.
Whisky.
Pero no olía un poco. Sino que era un olor fuerte, muy fuerte.
Me quedé inmóvil, mi cuerpo se tensó y solo pude pensar en una cosa que eran las putas once de la mañana y mi hermana había bebido whisky.
Me separé ligeramente, ella también y volví a mirarla a los ojos. Brillaban, pero no por la emoción del momento sino por el estado en el que estaba.
—Seis años, Reagan —susurró.
Tragué saliva y apreté los puños contra mi cuerpo sin que me viera.
—Seis años, Lauren.
Retiró la mirada y pude ver que era por vergüenza. Seguía conociéndola bien al menos en sus gestos.
—Reagan yo… lo que pasó…
—No —dije con firmeza, cortándola.
Lauren cerró la boca al instante.
—No quiero hablar del pasado.
—En algún momento tendremos que hacerlo.
Claro que tendríamos que hacerlo; eso lo sabía yo desde que le dije a mi padre que volvería a casa.
—Lo sé, pero no será hoy.
—Vale —dijo antes de soltar una risita.
Pero no fue una risita cualquiera, ni porque le hiciera gracia; fue una risa que le salió sin más. Una risa que solo le sale a la gente porque está en un estado en el que no es dueño de sus actos.
Y al oír esa risa lo entendí, no solo había bebido, es que estaba borracha.
Borracha a las once de la mañana.
Busqué la mirada de mi padre sin decirle nada; él tampoco lo hizo.
No hizo falta. Lo vi en sus ojos. Vi que esa era una de las cosas que no me había querido contar por teléfono.
Una de esas que me dijo que no iban bien.
Y en su expresión supe que no era lo único que pasaba, sino que había mucho más.
Se me removió todo por dentro, porque por más cosas que había pensado desde que me llamó para ver a mi hermana en ese estado, desde luego que no era una de ellas.
—Bueno, yo… vuelvo dentro. He dejado el fuego encendido —dijo sonriendo de más mientras se pasaba la mano por la cara para retirarse un mechón de pelo que se le había caído en la frente.
Mi padre y yo asentimos a la vez.
—Reagan, bienvenida a casa.
—Gracias —dije forzando una sonrisa.
Se dio la vuelta y entró en la casa y esperé unos segundos. Me giré hacia mi padre que me miraba con cara de circunstancias.
—¿Qué está pasando?
Bajó la mirada y resopló con cansancio.
—¿Papá?
—Reagan…
—¿Desde cuándo está pasando esto?
—Desde hace un tiempo —contestó a la vez que sus ojos se aguaban otra vez.
—Son las once de la mañana y está ebria.
—Lo sé, Reagan, lo sé.
—¿Esto pasa a menudo?
No me hizo falta que contestara; su mirada de dolor me lo dijo todo.
—¿Todos los días?
Asintió lentamente y en ese momento se me retorció el corazón.
—Dios mío, papá, ¿cómo ha llegado a esto?
Mi padre soltó una bocanada de aire y se pasó una mano por la cara de forma desesperada.
—Han pasado muchas cosas. Cosas que no sabes.
—Cuéntamelas.
—Ya tendremos tiempo.
—Papá —protesté.
—Reagan, acabas de llegar. Has conducido toda la noche. Coge el equipaje, sube a tu habitación, date una ducha que seguro que estás deseando y duerme un rato si quieres.
Sí claro para dormir estaba yo, con lo que acaba de ver ni sueño, ni hambre ni nada tenía. Solo ganas de saber qué eran esas cosas que habían pasado para que mi hermana hubiera terminado siendo una alcohólica.
—Me da igual el equipaje, papá. La ducha y todo lo demás. Quiero saber qué está pasando.
—Y lo sabrás, pero primero quiero que descanses un poco, hija. Has conducido toda la noche. Por favor —me rogó —si no quieres dormir, vale, pero date una ducha al menos y luego baja a sentarte.
Asentí con la cabeza al oír su ruego. Al parecer, mi padre necesitaba un tiempo para recuperarse del impacto de verme tras tantos años separados antes de enfrentarse a una conversación que parecía ser que iba a ser muy dura.
Me acerqué a él, me agaché y volví a abrazarle.
Suspiró contra mi pelo.
—Siento haberte hecho venir.
—No digas eso, tenías que haberme llamado antes.
—Ya no sabía qué hacer. Ninguno sabe cómo arreglar todo lo que está mal.
Sabía que ese ninguno se estaba refiriendo a Tucker aun sin decir su nombre.
Un nudo se me puso en la garganta al pensar en él. En cómo estaría viendo a mi hermana así a diario, eso contando con que él no estuviera peor, aunque tenía la esperanza de que no fuera así.
—Ya no es la misma, y que el niño tenga que verla así…
Dejó la frase en el aire, pero no hizo falta que la acabara.
Había dolor en sus ojos, el mismo que estaba sintiendo yo en esos momentos al pensar en Gus, que así se llamaba mi sobrino, en cómo lo tendría que estar pasando al ver así a su madre.
Porque era pequeño, pero no tonto y estaba segura de que se daba cuenta de que su madre no estaba bien.
—Quiero que me lo cuentes todo.
—Todo te lo prometo —dijo conteniendo las lágrimas.
—Tranquilo ¿vale? Ya estoy aquí. Y no voy a irme, da igual lo feas que se pongan las cosas.
—Reagan, yo te quiero, lo sabes, ¿verdad?
—Claro que lo sé. Yo a ti también.
—Quiero que sepas una cosa —dijo cogiéndome las dos manos y yo esperé a que siguiera hablando.
—Yo no te eché.
—Lo sé.
—No quería que te fueras.
—Lo sé.
—Solo quería protegerte. Alejarte del dolor. No quería que sufrieras más de lo que ya lo estabas haciendo.
—Lo sé, papá. Me costó un tiempo entenderlo, pero lo hice —dije a la vez que apretaba sus manos.
—¿De verdad?
—De verdad. Sé que lo hiciste para protegerme, sé que lo hiciste porque me querías.
—Espero que algún día puedas perdonarme.
—No tengo nada que perdonarme.
—Te hice marcharte de aquí. De tu casa. Te alejé de todo y de todos.
—Me salvaste, papá, así que solo puedo decirte gracias —dije antes de volver a abrazarle.