Capítulo 9
Diez horas y media después de haber salido de Denver, el sol ya hacía un par de horas que había salido y dejado atrás esa oscuridad que me había acompañado casi todo el viaje.
Al frente, las montañas de Montana se veían con claridad.
Ya muchas millas atrás el paisaje había ido cambiando. Había pasado de ser solo carretera y terreno desierto para dar paso a una vegetación que me anunciaba que me acercaba a mi destino.
Los árboles se extendían a ambos lados de la carretera; el viento movía las hojas como si las azotara. Era extraño ver ese paisaje después de tantos años.
Allí todo era campo, aire más puro, tranquilidad. Nada que ver con lo que habían tenido que ver mis ojos los últimos años en Denver, donde todo era gris, edificios altos y una vida en la que la mayoría de la gente no se paraba a respirar ni siquiera unos minutos.
Había parado tres veces, conducido toda la noche en silencio, con la única compañía de la música a bajo volumen de la radio y mis pensamientos, todos dirigidos a mi pasado, a mi familia y al motivo por el que me marché.
Sorprendentemente, no estaba cansada ni tenía sueño; seguramente los nervios y la adrenalina que me recorría el cuerpo al saber que en nada tendría que enfrentarme a todo me tenía de lo más despierta y alerta.
Un cartel apareció delante de mí, un cartel que hizo que apretara con fuerza las manos en el volante a la vez que mi cuerpo se tensaba por el escalofrío que me recorrió de los pies a la cabeza.
«Bienvenidos a Big Timber»
No pude apartar la mirada desde que apareció delante de mí hasta que lo pasé.
Suspiré.
Ya había llegado. Ya estaba en casa después de seis largos años.
Y lo primero que pensé era que, aunque había estado toda la noche intentando convencerme a mí misma de que sí, solo con ver el cartel supe que no, que no estaba tan preparada para enfrentarme al pasado como había querido creer.
Disminuí la velocidad cuando las primeras casas empezaron a aparecer.
El GPS decía que tenía que continuar; solo quedaban apenas quince minutos para llegar al rancho, pero al girar en la siguiente calle decidí que sería mejor hacer una parada antes de enfrentarme al pasado.
Pensé que necesitaba algo intermedio; necesitaba un primer contacto con alguien de mi pasado con quien solo tenía buenos recuerdos.
Allison…
Mi amiga desde que éramos niñas. Durante esos seis años habíamos seguido manteniendo el contacto. Al principio nos llamábamos con más frecuencia, pero con el paso del tiempo, las llamadas y los mensajes se habían ido espaciando.
La vida y el hacernos mayores se hicieron presentes, pero estaba segura de que, aunque en los últimos tiempos hubiéramos hablado menos de lo que a las dos nos gustaría, en cuanto nos viéramos sería como si el tiempo no hubiera pasado.
Paré el coche en la acera de enfrente del bar en el que sabía que estaba Allison; ese bar era en el que ella se había criado, ya sirviendo cafés desde antes de llegar siquiera a la barra.
Era el bar de sus padres y cuando ellos se habían jubilado porque ya eran muy mayores, ella se había quedado con él. Nada sorprendente porque desde siempre fue algo que todos supimos.
Cogí aire antes de bajarme, pero no dudé.
Abrí la puerta y ese olor familiar de café, huevos y pan tostado me golpeó al dar el primer paso dentro.
Recorrí el bar con la mirada. No había mucha gente dentro. La hora punta de los desayunos, que era cuando se ponía a tope, ya había pasado. Solo había un matrimonio mayor en una mesa en la esquina tomando un café y un hombre leyendo el periódico junto a la ventana.
Caminé despacio y me senté en un taburete en la barra.
Allison estaba de espaldas colocando unos vasos; llevaba seis años sin verla, pero esa melena pelirroja la hubiera reconocido entre miles de personas.
—Buenos días, un desayuno completo por favor.
Contuve la risa al ver cómo su cuerpo se ponía rígido, como se había quedado con el vaso que tenía en la mano suspendida y el aire. Pasaron unos segundos. Dejó el vaso con un golpe seco y se giró como si lo hiciera a cámara lenta.
—Allison —susurré al ver que me miraba como si fuera una aparición.
—No —dijo moviendo la cabeza como si no se creyera del todo que me tenía allí delante.
—Hola.
Al oírme hablar por tercera vez y ver que no estaba teniendo una alucinación, se llevó las manos a la boca a la vez que los ojos se le llenaban de lágrimas y a mí, al verla, inevitablemente me pasó lo mismo.
Nos quedamos mirándonos, solo unos segundos. Allison reaccionó primero, tiró al suelo el trapo que todavía tenía en las manos y con rapidez salió de detrás de la barra y vino flechada hacia mí.
—¡Reagan! Dios mío… Reagan, estás aquí, eres tú —dijo mientras corría.
Abrí los brazos antes de que llegara.
Nos abrazamos tan fuerte que estuvimos a punto de caernos al suelo. Lloramos la una en los brazos de la otra; fue inevitable: seis años sin vernos eran muchos años.
—Estás aquí —dijo entre sollozos al separarse para mirarme.
—Sí, estoy aquí.
—Estás aquí —repitió antes de darme otro abrazo y un par de besos.
Nos volvimos a retirar y nos sonreímos.
—Eres idiota.
Solté una risita y alargué mis manos para limpiarle las lágrimas.
—Yo también me alegro de verte.
—Seis años, Reagan —dijo con pesar.
—Lo sé.
—¡Seis putos años!
—Lo sé.
—¿Sabes cuánto te he echado de menos? ¿Sabes cuantas veces he mirado esa puta puerta cuando se abría esperando que fueras tú?
No estaba enfadada ni me lo estaba reprochando; ella sabía de sobra por qué me fui y lo mal que lo pasé. El día que todo salió a la luz fue a la que llamé, fue la que se quedó toda la noche conmigo abrazándome mientras lloraba y fue de la única que me despedí por teléfono el día que me marché.
—Yo también te he echado muchísimo de menos.
Y era cierto, Allison era de esas personas que solo con estar sin hablar siquiera te entendía la menos conmigo siempre había sido así. Con una sola mirada nos hablábamos sin abrir la boca.
—Déjame verte —dijo tirando de mi mano para que diera una vuelta completa.
—Estoy igual.
—Estás más delgada.
—De eso nada, lo que estoy es más vieja. Pero tú estás igual.
—Tenemos treinta años; ninguna de las dos está igual. Las arrugas no perdonan y alguna cana traidora tampoco.
Nos miramos y nos echamos a reír. Me encantó ese momento. Me sentí como si fuéramos las mismas de siempre, como si el tiempo no hubiera pasado.
—Siéntate, canija, voy a ponerte un pedazo de desayuno.
Volví a reír, pero obedecí. Me senté en el mismo taburete y, mientras Allison me ponía el desayuno, me preguntó cuándo había salido de Denver; se lo expliqué.
Minutos después resoplé al ver el plato a rebosar que me puso delante. Eso no era un desayuno completo; era un desayuno para elefantes, pero tenía todo tan buena pinta que no dije nada y empecé a comerlo con ganas.
No había jaleo en el bar, así que Allison se sentó a mi lado. Se me quedó mirando unos segundos y su sonrisa desapareció poco a poco.
—Has venido por tu padre, ¿no?
Asentí.
—Sí, me llamó hace tres días.
—Fue mala suerte; tu padre es un estupendo jinete. Pero ya verás cómo en nada está otra vez subido al caballo. ¿Cómo está?
—Lo sé. Ha cabezota no le gana nadie. Dice que está bien, así que conociéndole estará cinco veces peor de lo que me ha dicho.
—¿Y tú?
Fruncí el ceño porque no sabía qué quería decirme con eso.
—¿Yo?
—Sí, tú. ¿Cómo estás tú con esto de tener que volver?
Bajé la mirada al plato y pinché un trozo de salchicha antes de contestar.
—No lo sé —dije con sinceridad.
—¿Vas a quedarte en el rancho?
—Sí.
Allison suspiró y cerró los ojos un segundo, antes de seguir hablando.
—Lauren está allí.
—Lo sé.
—Y Tucker también.
Asentí porque bastante había tenido todo el camino pensando en ellos y en lo que pasó y no quería que mi primera conversación cara a cara con Allison después de seis años fuera de ellos. Con solo mirarme me entendió y no dijo más.
—¿Te quedas?
Volví a levantar la cabeza para mirarla, para que viera la verdad en mis ojos.
—No lo sé, Allison.
—Eso no es una respuesta
—De momento es la única que tengo. No sé lo que me voy a encontrar, no sé cómo están las cosas. No solo está lo de mi padre; hay algo más, por eso he venido.
Allison apartó la mirada y supe que sabía algo de lo que pasaba en mi casa, pero prefería que no me lo dijera; quería que fuera mi padre quien me lo contara. Él me había llamado y él tenía que ser quien me pusiera al corriente de todo.
—Lo hay, lo verás en cuanto llegues al racho —dijo sin darme más explicaciones.
La siguiente media hora, mientras me terminaba el desayuno, que me costó un triunfo hacerlo, hablamos de otras cosas.
De mi trabajo en Denver, de lo mucho que había acabado odiando el olor al dulce de las galletas. De sus padres, que, aunque mayores, estaban muy bien.
De gente del pueblo, gente que yo recordaba perfectamente. Me habló de quien se había casado, quien se había separado, quien había tenido hijos y también de los que ya no volvería a ver porque habían fallecido.
—Tengo que irme; no le dije a mi padre que llegaba hoy, así que se sorprenderá. Y tengo unas ganas locas de conocer a mi sobrino.
—Sí que ya es hora; él no tuvo culpa de nada y se ha perdido conocer a su tía. Es un niño estupendo y lleva el rancho en la sangre; oírle hablar de reses y caballos es como verte a ti con su edad.
Eso lo sabía; mi padre me lo había contado.
—Entonces nos llevaremos bien.
—Reagan llámame, da igual la hora, o sí tienes que salir de allí ven a mi casa ni se te ocurra subirte a un puto autobús.
Asentí agradeciéndoselo con la mirada. No era un ofrecimiento sin más, era una salida que me daba por si no era capaz de digerir todo y necesitaba hacerlo poco a poco.
—Lo haré, no voy a desaparecer. Ya no soy aquella Reagan; han pasado años. Me costó, pero lo entendí.
—Más te vale, porque esta vez si te vas te perseguiré y te traeré de vuelta arrastrándote por los pelos si hace falta.
—Te llamo mañana.
—Hazlo.
Asentí. Saqué dinero del monedero para pagarle el desayuno, pero con la mirada fulminante que me echó lo guardé otra vez deprisa mientras me reía.
Le di los besos que me devolvió y mientras ella recogía mis platos, yo me giré para marcharme.
No me dio tiempo a abrir la puerta porque alguien desde fuera la abrió antes. Me aparté un poco para dejar pasar a quien fuera, pero esa persona debió de pensar lo mismo porque sujetó la puerta para que fuera yo la que saliera primero.
Mi mirada fue recorriendo su cuerpo desde sus pies hacia arriba.
Era un hombre vestido de uniforme.
En seguida reconocí el traje, era de la policía local de pueblo, pero no supe distinguir si era el sheriff u ayudante o quien. No le conocía, así que supuse que había llegado al pueblo después de marcharme.
Levanté la cabeza del todo para mirarle a la cara; él bajó la suya para hacer lo mismo. No me fijé en ningún rasgo, solo en sus ojos. Verdes. De un verde muy claro, eran preciosos. Pero no solo por el color, sino por las largas pestañas que los rodeaban.
—Hola —dije por educación.
—Buenos días, señorita —me contestó inclinando su sombrero un poco con la mano.
Tenía una voz grave, serena, de esas que inspiran calma.
Salí, pero solo llegué a dar dos pasos. Algo dentro de mí me hizo girar la cabeza. Él seguía mirándome. Levantó la cabeza un poco más y cuando nuestras miradas se cruzaron sentí un cosquilleo extraño en el estómago.
Ninguno dijo nada; pasaron unos segundos en los que ninguno fue capaz de dejar de mirar al otro. Yo fui la que lo hice a la vez que sacudía la cabeza porque no entendí que acaba de pasarme. Pero con el panorama que me esperaba en un rato, tampoco quería pararme a pensar en ello.