Capítulo 8
Di el último tragó de café que me quedaba en el vaso que me había comprado en la gasolinera que paré para tomar algo y estirar las piernas y lo tiré en la papelera.
Antes de salir pensé que me costaría más conducir porque me entraría sueño, aunque adelantándome había dormido por la tarde bastante, pero no había sido así, iba despejada.
Volví a montarme en el coche para seguir.
Solo llevaba unas millas más en plena oscuridad cuando los recuerdos de lo que pasó desde que descubrí la traición de mi hermana y de Tucker llegaron a mi mente sin ni siquiera pedirme permiso.
Las dos semanas siguientes a ese día fueron una completa tortura no solo para mi si no para todos.
Yo no estaba enfadada además de hundida si no furiosa.
Furiosa con ellos sí, pero lo estaba mucho más conmigo misma por haber sido tan idiota de no haberme dado cuenta de lo que pasaba delante de mis narices.
Que mi hermana sentía algo por Tucker incluso antes de irse a la universidad nunca fue un secreto para mí, aunque ella no me lo dijera. Veía cómo lo miraba, cómo se sonrojaba en su presencia y cómo hasta su tono de voz cambiaba cuando hablaba con él.
Pero en Tucker nunca había notado nada y ese fue mi error, porque mucho tiempo después y pensándolo en frío sí me di cuenta de detalles que antes se me habían pasado desapercibidos.
Sí que la miraba, pero de una manera muy diferente a como me miraba a mí, y claro, ahí estuvo la clave de todo, eso que yo pensé que eran miradas de cariño realmente era de amor.
Por eso, los siguientes días, tener que ver cómo se miraban como interactuaban entre ellos, aunque tuvieron la decencia de dejar para cuando estaban solos las muestras de cariño, se volvió para mí un auténtico suplicio.
Nos pasábamos el día discutiendo.
Tucker conmigo.
Lauren conmigo.
Y yo con los dos.
Ahora, echando la vista atrás, puedo asegurar que el que peor los pasó esos días fue mi padre y no yo. Vernos así a todas horas, sin intervenir ni por unos ni por otros, tuvo que ser para él un auténtico calvario.
Pero esa tensión, esas discusiones y ese ambiente totalmente irrespirable solo duraron hasta la mañana del decimosexto día.
Ese día marcó un antes y un después en mi vida.
Hasta ese día guardé la estúpida esperanza de que Tucker se hubiera equivocado, que lo suyo solo hubiera sido algo del momento, algo que surgió y que se daría cuenta de que a la que quería era a mí.
Pero eso solo fueron pensamientos de una cría de veinticuatro años que tenía el corazón roto.
Pero esa mañana, esa que lo cambió todo, fue por una conversación entre mi hermana y mi padre.
Yo pasaba por el pasillo. La puerta de la cocina estaba entreabierta. Los dos estaban dentro hablando. Casi entre susurros. Pero los oí. Los oí perfectamente.
Y esa conversación o más bien la confesión de mi hermana fue la estocada final para terminar de rematarme.
Embarazada.
Eso fue lo que le dijo a mi padre. Estaba esperando un hijo de Tucker.
No me hizo falta oír el resto de la conversación. Subí corriendo a mi habitación y me encerré allí todo el día y toda la noche. Lo único que hice fue llorar y llorar tumbada en la cama.
Verlos a ellos juntos ya sabía que iba a ser un suplicio para mí, pero tener que ver el fruto de ese amor, verlos formar la familia que yo había soñado, ya no solo sería un suplicio, sería total y absolutamente insoportable.
La criatura que mi hermana llevaba en su vientre no tenía culpa de nada; él no había pedido venir, pero yo en ese momento no lo entendí así y lo odié. Odié a ese bebé con todas mis fuerzas.
Pasado el tiempo, eso me hizo sentir una persona horrible, porque el bebé no tenía culpa de nada y no se merecía mi desprecio.
Y sentir eso hacía que él fuera una de las cosas que más me habían atormentado durante años.
A la mañana siguiente mi padre entró en mi habitación. Se sentó con cansancio en un lateral de mi cama y me miró. Tenía la mirada llena de tristeza. No alzó la voz; mi padre nunca lo hacía. No me exigió; ese no era su estilo. Y tampoco me dio un discurso ni me dijo muchas palabras.
El recuerdo de esa breve conversación llegó a mi mente palabra por palabra.
Allí sentada en el coche fue como sí volviera a estar tumbada en esa cama con los ojos rojo por llorar durante un día entero, un cansancio no solo físico si no también metal del que tardaría en recuperarme, recordé todo como si estuviera allí.
—Reagan.
No le contesté, no podía ni hablar. Solo le miré y vi cómo tragaba saliva. Como sus ojos estaban llenos de tristeza, de desesperación y de un dolor que hasta tiempo después no entendí por qué estaba ahí.
Era el dolor por haber tenido que tomar la decisión más dura de su vida.
—Tienes que irte.
Ahí sí que reaccioné. Me senté de golpe en la cama.
—¿Dónde?
—Donde sea, pero lejos de aquí.
—Papá…
—Recoge tus cosas; te llevaré a la estación.
—¡Papá!
—Hazlo, Reagan.
Esas fueron sus últimas palabras antes de salir de la habitación, con los ojos llenos de lágrimas.
Si hasta ese momento había estado enfadada y furiosa, ahí eso se multiplicó.
Pensé que mi padre me estaba echando, que no quería tenerme en casa para que el ambiente no se volviera más hostil de lo que ya estaba, pensé que me estaba diciendo que yo ya no tenía sitio ni en esa casa ni en esa familia.
Pensé que me echaba para que todos ellos vivieran en paz. Para ser una familia tranquila. Pensé que me sacaba de su vida para que no le diera problemas. Pensé que me echaba porque allí les sobraba.
Me equivoqué por completo.
Me pidió que me marchara no para hacerme más daño, sino para protegerme.
Pedirme que me marchara fue su manera de quererme.
Lo hizo para que sanara, para apartarme de lo que me hacía daño, lo hizo para que tuviera tiempo de asimilar y de comprender lo que había pasado.
Quería que entendiera que el amor no siempre es justo y eterno. Que supiera que las personas que te quieren también te pueden hacer daño.
Porque sí, mi hermana y Tucker habían hecho las cosas mal, fatal de hecho. Pero nadie elige de quien se enamora, el corazón no pide permiso para hacerlo o no hace caso a los deseos que uno tiene simplemente dice esta, esta es mi persona.
El corazón no entiende de familias, no entiende de planes ni de promesas, ni de qué persona llegó primero, solo entiende lo que siente, y los de ellos se sintieron y se eligieron el uno al otro, sus corazones no se pararon a pensar el daño que a mí me podían hacer.
Daño que solo con el paso del tiempo, entendí que, aunque no fuera necesario pasar por él sí que fue inevitable.
Porque si ellos no hubieran dado el paso de estar juntos, aunque eligieran una mala forma de hacerlo, habríamos sido infelices los tres el resto de nuestras vidas al no estar con la persona que el destino nos tenía elegida.
Así que, haciendo caso a mi padre, enfadada y con un dolor en el corazón que pensé que nunca desaparecería de ahí, esa misma mañana metí cuatro cosas en una mochila, salí de la casa, me monté en la camioneta de mi padre y dejé que me llevara a la estación.
De mi hermana y Tucker ni siquiera me despedí.
Durante el camino hasta la estación ni mi padre ni yo dijimos una sola palabra; el silencio en el coche fue desolador.
Ya en la estación, después de comprar el billete y en la misma puerta del autobús, abrió mi mochila y me metió un sobre. Supuse que era con dinero; lo era, pero lo vi horas después: bastante dinero para que pudiera empezar en otro sitio.
La despedida solo fue un abrazo contra su pecho, un beso en mi cabeza, ninguna palabra por mi parte y pocas por la suya, solo una frase.
—Regan, con el tiempo lo entenderás, perdonarás y volverás.
Y lo entendí.
Tuvo que pasar mucho tiempo para que lo hiciera. Tuve que llorar muchas noches sola en la soledad de ese apartamento cochambroso. Tuve que ser fuerte, tuve que seguir.
Tardé meses en hacer la primera llamada a mi padre. En esa solo cruzamos cuatro palabras; hubo llanto claro por mi parte y contenido por la suya.
En perdonar, tardé bastante más, mucho más.
Y en volver y no porque saliera de mí, porque sinceramente no lo había hecho porque no me atrevía, lo iba a hacer seis años después porque mi padre me lo había pedido.
Porque si lo había hecho, tenía que haber una razón de peso y pese a todo seguía queriéndolos a todos y no era capaz de mirar hacia otro lado.