Capítulo 7
Las primeras millas solo me dediqué a conducir y estar atenta a las salidas que me indicaba el GPS del móvil para coger la carretera que me llevaría hasta casa.
A casa…
Solo con pensar en esa palabra, un escalofrío raro me recorría todo el cuerpo.
Tenía miedo de volver, miedo a enfrentarme al pasado, a las miradas de la gente, esas que en el pasado todas fueron de pena y compasión hacia mí.
Pero mientras el coche seguía recorriendo millas, aparte de ese miedo también sentí emoción al saber que en unas horas volvería a ver el rancho en el que me crie y a todas las personas que dejé atrás cuando me fui.
Aparte de mi padre, al que más ganas tenía de volver a ver, también estaba nerviosa por ver a otras dos: a mi mejor amiga desde que éramos niñas, a la que, aunque habíamos hablado de vez en cuando, había echado muchísimo de menos.
Y al que también tenía ganas de ver y no solo eso, sino también de conocer, era a una personita a la que no había visto nunca en persona, solo en foto.
Fotos que mi padre me mandaba desde que nació y que yo le pedía para verlo crecer.
Mi sobrino…
Ese pequeñajo al que quería con todo mi corazón aún sin haberlo visto nunca.
Miré por el retrovisor y vi cómo las luces de Denver ya se habían quedado muy atrás.
Eran más bien unos puntos lejanos.
No sentí dolor ni tristeza por dejar esa ciudad atrás, solo sentí dejar allí a Molly.
Denver había sido el lugar al que llegué cuando hui del dolor, un lugar en el que había vivido seis años, pero al que no podía considerarle un hogar.
Había vivido bajo rutinas, entre galletas, y había conocido a personas con las que había compartido turnos, autobús, bailes y salidas, pero aparte de mi amiga y su familia no había estrechado lazos con nadie más.
Así que no, no iba a echar de menos Denver.
Recorrí unas millas más y la oscuridad de la carretera me envolvió. Solo podía ver las líneas blancas de la carretera, los faros de algunos coches que iban en mi dirección o en la contraria, pocos porque, como había supuesto, siendo de noche, el tráfico era muy escaso.
Bajé la música de la radio para poder concentrarme mejor en la carretera, y lo hice, pero a la misma vez que llevaba las manos en el volante y la vista fija en la carretera, fue inevitable que recuerdos del pasado llegaran a mi cabeza.
Recuerdo de mi vida pasada, una vida que amaba y que nunca pensé que cambiaría de la noche a la mañana.
El primer recuerdo que me llegó y que dolió, aunque no tanto como esperaba, fue la imagen de mi hermana.
Lauren y yo habíamos nacido el mismo día con solo unos minutos de diferencia; yo exactamente doce minutos antes por eso era la mayor de las dos.
Mellizas, y tan diferentes por fuera como por dentro.
Lauren era morena como mi madre, pero había heredado los ojos azules de papá; en cambió mi pelo era dorado como el de mi padre y mis ojos eran negros, grandes y expresivos como los de mi madre.
Nos habíamos repartido por completo sus rasgos. En lo único que nos parecíamos era en el cuerpo; las dos siempre tuvimos la misma estatura y un cuerpo delgado, aunque con alguna curva donde había que tenerla.
En el carácter también éramos distintas.
Mi hermana era más callada, más tímida y calmada. Yo en cambió era habladora, un culo inquieto y mucho más sociable que ella.
Desde nuestro nacimiento fuimos inseparables hasta que dejamos de serlo.
Dormíamos en el mismo cuarto, fuimos a clase juntas, compartíamos los ratos de estudio y juegos, aunque al tener caracteres distintos también solíamos pelear, no mucho, pero si lo justo para dejar constancia de lo distintas que éramos.
Yo, desde que era muy pequeña no tuve problemas en mancharme las manos ayudando a mi padre en cualquier tarea del rancho. Me encantaba salir a caballo con él para arrear el ganado, arreglar una valla o dar de comer a los animales.
No me importaba madrugar, llegar a casa llena de barro hasta las orejas o quedarme horas esperando para ver nacer un ternero. Para mí, eso no era trabajo, era vida.
La vida que desde niña supe que sería la mía, una vida que me encantaba.
En cambio, Lauren siempre, no solo ella, si no todos, supimos que ella era de otra manera.
Le gustaban los libros y estudiar y quería ir a la universidad. Siempre dijo que ella llevaría la gestión del rancho. Hacía cuentas con la mente que yo ni en papel era capaz de sacar y su capacidad de organización era admirable.
Éramos diferentes, sí, pero nos complementábamos a la perfección.
Mi madre, desde que empezamos a despuntar cada una para un lado, decía que éramos dos mitades de una misma persona perfecta.
Mi madre… Elaine.
De ella solo pudimos disfrutar los diez primeros años de nuestra vida. Un catarro en invierno. Los días pasaron sin mejoría. Empeoró y ese mismo mes, un día frío de febrero después de una semana en el hospital llegó la llamada que cambiaría nuestras vidas.
La neumonía que acabó teniendo le ganó la partida. Dejándonos huérfanas a los diez años y a mi padre Nolan viudo y con dos niñas pequeñas a su cargo.
La lloró, de eso estaba segura porque la amaba con locura, pero jamás lo hizo delante de nosotras. Saco fuerzas y nos crio, a su manera, pero lo hizo muy bien a mi modo de ver.
Mi padre nunca había sido un hombre de muchas palabras; decía las justas en el momento preciso y eso no había cambiado con los años.
Apreté con un poco más de fuerza el volante al llegarme el siguiente recuerdo de mi infancia o más bien de otra persona.
Tucker Wilson.
Él entró en nuestras vidas cuando teníamos cuatro años y empezamos el colegio.
Sus padres vivían en el pueblo. Eran dueños de la tienda de comestibles más grande que había. Su madre era amiga de la nuestra y nosotros enseguida acabamos siéndolo también.
No tardó en descubrir que solo le hicieron faltas unas cuantas visitas al rancho, que le gustaba la misma vida que a mí, entre animales pasando el mayor tiempo posible al aire libre. Y eso hizo que pasara más tiempo en nuestro rancho que en su propia casa.
Con el paso del tiempo y compartiendo tantas cosas, no solo el rancho sino las clases, los líos en los que nos metíamos y las largas horas cabalgando, hizo que nos convirtiéramos en los mejores amigos.
Y eso es lo que fue durante años, mi amigo, mi persona favorita, al que le contaba todo al igual que él a mí y con el que más tiempo pasaba.
Pero en algún momento ya siendo casi adultos las cosas empezaron a cambiar entre nosotros, las miradas empezaron a ser distintas, el deseo se hizo presente y así estuvimos meses hasta que un día viendo un atardecer nos dimos nuestro primer beso.
Desde ese día seguimos siendo amigos, pero también pareja. Y lo fuimos desde que ambos teníamos dieciocho.
Tucker, al acabar el bachillerato al igual que yo no quiso estudiar así que ambos empezamos a trabajar en el rancho bajo las órdenes de mi padre.
Lauren en cambio se marchó cuatro años fuera para estudiar la carrera de ADE que le serviría para al volver tener la formación y los conocimientos que según ella eran necesarios para administrar el rancho de mejor manera.
Así que mientras ella se formaba, Tucker y yo compartimos nuestros días en el rancho siendo pareja.
Todo el mundo dio por hecho cómo acabaríamos, yo la primera que lo hice. Era el hombre que amaba con el que quería vivir mi vida, casarme y formar una familia.
Y pensé que él quería lo mismo, y realmente fue así hasta que dejó de serlo.
Lauren volvió de la universidad cuando teníamos casi veintitrés años, apenas nos faltaban cuatro meses para eso.
Volvió cambiada, pero no para mal. Volvió menos tímida, más madura y más mujer.
El día que volvió, lloré como nunca al saber que por fin volvía para quedarse y tomar, como siempre había querido, las riendas del rancho desde el despacho que mi padre había mandado hacer para ella.
La había echado muchísimo de menos y me alegré mucho de su vuelta, sin imaginarme en ese momento que su regreso lo cambiaría todo.
El siguiente año, tras su regreso todo fue bien o al menos eso pensé yo. Lauren se dedicaba a sus números y papeles y Tucker y yo a estar en los campos con mi padre.
Era una vida perfecta, una vida que amaba, y la vida que había elegido una que cambiaría para siempre una tarde de uno de los días del final del verano.
Ese día entré en el establo como tantas veces había hecho durante toda mi vida, y en la misma puerta me quedé paralizada.
Allí dentro no solo estaban los caballos esos que aún recuerdo cómo relinchaban. O el olor a heno ese que desde entonces tengo grabado en mi memoria. Allí dentro estaba la escena que partiría mi vida por la mitad.
Tucker tenía agarrada a Lauren por la cintura, ella a él por el cuello y, apoyados en la puerta de uno de los cubículos que estaba vacío se estaban besando apasionadamente.
Al oír mis pasos, se separaron y a ambos se les fue el color de la cara. Mi hermana agachó la cabeza avergonzada y Tucker fue incapaz de sostenerme la mirada.
Allí mismo pregunté qué coño estaba pasando, les pedí explicaciones.
Lauren no fue capaz de abrir la boca fue el que yo pensaba que era el amor de mi vida el que me las dio, destrozándome por completo.
Al parecer ese beso no era el primero; llevaban un tiempo juntos, no quise saber cuánto. Lo peor de todo fue escuchar que no lo habían podido evitar, que estaban enamorados.
Mi hermana salió corriendo de allí llorando al ver el dolor reflejado en mis ojos por su traición.
Tucker se quedó unos minutos más.
Allí llorando también me dijo que me quería, pero no como hay que querer a la mujer de las que estas enamorado, que lo suyo hacía mi era cariño y amistad, pero no amor, no estaba enamorado de mí y eso lo había descubierto al enamorarse de mi propia hermana.
La amó, eso fue lo que me dijo antes de pedirme perdón por haber sido un cobarde y o habérmelo contado antes alegando que no sabía cómo hacerlo para no hacerme daño.
Pues dio igual porque el daño no solo me lo hizo el si no los dos.
Los dos me traicionaron, que seguramente me hubiera sentido igual si me hubiera dejado para irse con ella, pero no era lo mismo que durante un tiempo hubieran estado juntos a mis espaldas.
Llevaba ya cuatro horas conduciendo, así que paré para hacer un descanso.