Capítulo 6
Oí cómo llamaban a la puerta, pero seguía tan inmersa en mis pensamientos que no fui capaz ni de dar paso ni de levantarme para abrirla.
La puerta se abrió despacio y al notarlo mi mirada se fue hasta allí. Por la rendija de la puerta vi cómo Molly asomaba la cabeza y debía de tener un aspecto horrible seguramente por haber llorado porque entró con rapidez y cerró la puerta tras ella.
Dio las tres zancadas que nos separaban y sin decir ni una palabra hizo lo que más necesitaba en ese momento.
Me abrazó.
El abrazo duró un par de minutos, los justos que me faltaban para terminar de tranquilizarme. Se retiró y me miró directamente a los ojos.
—¿Qué ocurre, Reagan? ¿Tu padre está bien?
—Se cayó del caballo —susurré.
—¡¿Qué?! ¿Está bien? ¿Qué le ha pasado?
—Dice que está bien, que solo se ha roto una pierna, pero sé que me lo ha dicho para no preocuparme de más, seguro que tiene el cuerpo todo magullado. Le ha tenido que operar.
—Joder Reagan cuanto lo siento, espero que se recupere pronto.
—Yo también. Sé que lo hará. Es un hombre fuerte, el más fuerte que yo haya conocido. Y cabezota también, si él dice que andará cuanto antes, es que lo hará.
—Pues si lo dices tú que le conoces mejor que nadie, lo hará.
Asentí sonriendo. Pero la sonrisa no me llegó a los ojos por la preocupación que tenía dentro, pensando en qué más sería lo que pasaría en casa.
Molly me conocía lo suficiente y notó enseguida que no solo estaba así por el estado de mi padre.
—Reagan, ¿qué ocurre? ¿Pasa algo más?
—Sí, me ha pedido que vaya. Pasa algo en casa.
—¿El qué?
—No lo sé, no ha querido contármelo por teléfono. Pero si lo ha hecho, tiene que ser algo importante.
—Después de lo que pasó, sí que tiene que serlo para que quiera que vuelvas.
—Eso pienso yo.
—Vas a ir, ¿no es cierto?
—Tengo que ir, Molly, me necesita. Sonaba desesperado. Pero es que ir allí…
—Reagan, ir allí te hará mucho bien. Te hará darte cuenta de que dejaste todo atrás, que lo has superado: que tu corazón a sanado.
—Eso me ha dicho él también, pero no tengo yo muy claro que eso sea así, tendré que verlos y…
—Y nada, no sentirás nada. Tu enfado, la decepción y el dolor que sentiste durante mucho tiempo ya no están. Será duro verlos quizá, pero no porque no los hayas superado sino por el impacto de verlos después de tantos años.
—¿De verdad lo piensas?
—Sí que lo pienso. Ya no hablas de ellos ni de lo que pasó hace años. Ahora lo haces como quien cuenta una mala experiencia de su vida, con dolor, sí, pero un dolor distinto. Uno que ya no es reciente, uno que fue necesario para que entendieras que no eras tú.
—Lo sé. Me costó mucho entender lo que pasó. Pero lo hice.
—Lo hicieron fatal; eso está claro. La traición estará presente siempre, pero el dolor, aunque lo hubieran hecho bien, ese lo hubieras sentido igual.
Tenía razón en todo. Me había costado verlo, entenderlo y aceptarlo. Pero al final lo había hecho.
—Reagan, los sigues queriendo; eso lo sabes. Te hicieron daño, sí. Se equivocaron también. Pero ya es hora de perdonarles, ¿no crees?
Cerré los ojos un segundo y busqué dentro de mí. Y la respuesta vino sola a mi cabeza.
—Lo hice, hace tiempo que lo hice. Los perdoné porque los entendí.
—Pues no pienses más en lo que pasó. Ve a casa. Estate con tu padre y con los demás; ya se irá viendo cómo van las cosas. Nadie te pide, estoy segura de que ni ellos, que hagas como si nada hubiera pasado, pero han pasado seis años y son tu familia.
Asentí porque una vez más y como casi siempre Molly tenía razón.
—Lo haré.
—Esa es mi chica. Fuerte y decidida. Eso sí, quiero que me llames no a diario si no puedes, pero sí con mucha frecuencia para contarme cómo va todo. Y si algo se descontrola no dudes que iré cogeré la escopeta de tu padre y repartiré los tiros que sean necesarios.
Me hizo reír, y ni ella se imaginaba lo bien que me vino hacerlo.
—Vaya panorama que tenemos las dos.
—Es lo que nos ha tocado. Pero no nos quejaremos; hay gente que está peor. Que sí, que eso no es consuelo, pero siempre hay que intentar sacar algo bueno de lo malo.
—Últimamente tienes razón en todo.
—Siempre he tenido razón en todo, pero tampoco quería abusar.
—¿Y cuándo te vas?
—No lo sé, de momento voy a terminar hoy el turno y cuando salga pensaré cómo y de qué manera lo hago.
—Pues vamos —dijo poniéndose en pie y ofreciéndome la mano —un poco de olor, ese que te encanta de las galletas, te calmará la mente y cuando salgamos yo te ayudaré con lo que necesites.
Cogí su mano, me levanté del banco y me dejé arrastrar por el vestuario, pero antes de salir del todo hice que se frenara.
—Molly, gracias por todo. Por estar siempre ahí, por ser una amiga estupenda y por aguantar mis bobadas mañaneras con tanta paciencia.
—No me tienes que agradecer nada, Reagan; tú también has estado ahí para mí y doy gracias todos los días porque el destino te puso en mi camino. Y las bobadas mañaneras, ni te imaginas lo que las voy a echar de menos.
—No sé cuándo volveré.
—Reagan, no vas a volver.
La miré con las dos cejas alzadas porque en eso no había pensado; yo solo había pensado que podría ir unos días los que hicieran falta y después volver a Denver.
—Solo voy unos días a ayudar con lo que sea que esté pasando.
—No vas a volver, lo sé. Y aunque te vaya a echar mucho de menos, estoy muy contenta por ti. Vas a regresar a tu hogar del que nunca debiste salir y allí serás muy feliz.
—No sé yo…
—Pero yo sí. Lo presiento. Allí encontrarás la felicidad que una vez perdiste.
—Ya veremos —contesté, no muy convencida.
Cuatro horas más viendo galletas pasar me dieron la oportunidad de pensar con calma. Lo primero que tenía que arreglar era el tema del trabajo y eso fue lo que hice al terminar el turno.
Subí a la planta de arriba, que era donde estaba el departamento de personal y hablé con la mujer que se encargaba de ello.
Le dije que tenía un problema familiar, sin darle más explicaciones, y que no podía trabajar más. Mi idea era pedir la cuenta y marcharme, y si por una casualidad Molly no tenía razón y tenía que volver, pues buscaría otro trabajo.
Pero la mujer que era una maravilla de persona y no sabría decir si por empatía, por ternura al verme tan abatida o porque fue que me dio una salida mejor.
Me ofreció la posibilidad de coger tres meses de excedencia. Eso me garantizaba que tendría un puesto en la fábrica al acabar el tiempo, aunque, como bien me dejó claro, no podía asegurarme de que fuera el mismo en el que estaba.
Lo del puesto era lo de menos; daba igual en un sitio que en otro. Había galletas en todos, así que ¿qué más me daba?
Ni siquiera tuve que pensarlo, acepté.
Pudiera ser que las cosas fueran bien en casa y pudiera quedarme, pero también que no lo fueran y me tocara volver incluso antes de que se acabara el tiempo de la excedencia y hacerlo sabiendo que tenía un trabajo me dejó mucho más tranquila.
Con lo del trabajo arreglado porque firmé los papeles de la excedencia ese mismo día y que empezarían a correr desde el día siguiente, me quedaba arreglar lo demás.
Los siguientes dos días decidí con la ayuda de Molly todo lo demás.
El apartamento lo dejaría, total estaba harta de estar allí y ya llevaba tiempo buscando para irme a otro sitio, así que llamé a mi casero y le dije que me iba con efecto inmediato.
Vino ese mismo día a casa a hablar conmigo y también me trajo los tres meses de fianza que le entregué seis años atrás cuando se lo alquilé.
No era mucho dinero, pero sí el suficiente para tomar la siguiente decisión.
Viajar en avión estaba descartado; en autobús también se quedó en descarte porque, aunque no tenía una cantidad excesiva de cosas, sí que eran demasiadas para llevarlas conmigo en un viaje en autobús tan largo.
Así que con el dinero de la mudanza y con la ayuda del hermano de Molly, ya que fue él el que me llevó a un taller donde vendían coches económicos de segunda mano, cogí uno que estaba bastante decente y para el que me llegó el dinero que tenía.
Era pequeño, pero como viajaba sola, fue suficiente para meter entre el maletero y los asientos traseros las dos maletas que llevaba y el resto de las cosas en bolsas.
El viaje desde Denver hasta Big Timber, en Montana, que era de donde era, duraba en coche, haciendo un par de paradas o las que necesitara, unas once horas.
Sabía que sería un palizón, pero no me importaba; descansaría por el camino si fuera necesario.
No quería llegar a casa cuando fuera de noche, así que decidí, en vez de salir al amanecer como lo hubieran hecho otras personas, hacerlo con la caída del sol y conducir toda la noche para llegar a casa por la mañana.
Además, que prefería hacerlo así porque de noche había menos tráfico e iría más tranquila.
La despedida con Molly fue dura. Hubo lágrimas, abrazos, promesas y muchas palabras de ánimo por parte de las dos.
Y así dos días y medio después de la llamada de mi padre, me senté en el coche, cerré los ojos y arranqué para poner rumbo al que un día fue mi hogar.